Mujeres de carne y sueños: La plaza de la soledad

cine
| 5 May 2017

Mujeres de carne y sueños: La plaza de la soledad

| 5 May 2017

Por Miguel Cane

Maya Goded es, ante todo, el ojo en la cámara y así ha sido por muchos años: su manera particular de percibir al mundo a través de una lente y plasmarlo en fotografías, no sólo le ha valido reconocimiento en ese oficio, también es una de las principales razones para que exista — y se estrene en salas de cine — un proyecto que le ha tomado muchos años ver consolidado, y que es más que el fiel retrato de un lugar (¡y un ambiente!) específico de esta ciudad; también es una historia de profundo interés humano, de pesar y de ternura, de sinsabores y de esperanzas.

 

La plaza de la soledad es un documental que podría considerarse un compañero legítimo del formidable trabajo realizado por María José Cuevas en Bellas de noche, aunque es el reverso del espejo que aquél presentaba. Las protagonistas del documental de Maya Goded nunca conocieron el glamour ni el aplauso ni bebieron champagne ni tuvieron cosas bonitas: Carmen, Lety, Esther y Ángeles son mujeres que ya dejaron atrás la mediana edad —sus edades oscilan entre los cincuenta y tantos y los setenta— y lo que tienen en común es que ejercen lo que eufemísticamente se conoce como “el oficio más antiguo del mundo”, son prostitutas que laboran en la zona de La Merced, en los márgenes del centro de la ciudad y que, al ya no ser jóvenes, se ven relegadas a una condición que estruja el corazón del espectador, mas no se dejan derrotar por sus circunstancias.

A lo largo de 85 minutos, Goded nos guía en un recorrido por las vidas cotidianas de estas mujeres, en su trabajo y también en sus ratos de ocio; observamos sus rituales: ponerse uñas postizas, comprar un vestido, ir a que les “echen las cartas”, rezar ante la Guadalupana para pedirle protección; contarse unas a otras sus sueños y sus desencantos. Los espectros de la violencia y el abuso están presentes en sus conversaciones, al igual que la esperanza ya no de un futuro —estas mujeres son realistas, a estas alturas del poema— sino de un presente, aunque también se hacen ilusiones, también tienen su “corazoncito”.

Estas cinco mujeres tienen fracturas en sus huesos, y también en sus almas; algunas fueron violadas de niñas, otras se convirtieron en madres siendo prácticamente unas niñas, algunas abortaron, y a otras sus hijos les fueron arrebatados; han contraído enfermedades venéreas y algunas no han sanado del todo; son mujeres que viven en la pobreza y que, por sus edades y aspecto físico, por no decir nada de su ocupación, son rechazadas por la sociedad e incluso algunos clientes; aun así, Goded no juzga al objeto de su cinta y ellas se abren ante sus preguntas y revelan las capas que las conforman; es así como surgen opiniones crudas y realistas

todo esto es una farsa, un ambiente tan hostil y tan duro porque los clientes han matado a mis compañeras. He visto cómo sufren con ellos y para mí un cliente es un loco psicópata que desea satisfacer sus bajos instintos. 

Donde algunas lamentan dónde han ido a caer, y las circunstancias que las llevaron a ello, hay otras que afirman disfrutar del vértigo de dedicarse “al talón”; historias contrastantes que Goded captura sin filtros, al natural, sin emitir juicios, con una consciencia sobre el ámbito social al que pertenecen las mujeres que observa, a lo largo de cinco años: así es como el espectador entra y sale de las distintas narrativas, compartiendo sus lágrimas y sus alegrías.

La plaza de la soledad es más que un lugar, es un personaje en la cinta; es el hogar, el punto de reunión; tal como lo dice una de las entrevistadas:

Llevo más de 38 años en este oficio y el día que me muera quiero que mis cenizas las tiren aquí, porque aquí es donde soy yo misma, donde no tengo que fingir nada ni tengo que sonreír a nadie si no quiero. Para mí esta es mi casa y las mujeres son mi familia.

Y es precisamente esa sensación —la de haber sido parte de las vidas de esta familia de mujeres hechas de carne y sueños— la que permanece en el espectador; no hay morbo, no hay condena. Es sólo la vida como es vivida, y uno es testigo de ella.

***

Miguel Cane es narrador, periodista cinematográfico, crítico y dramaturgo –desde hace 20 años vive de escribir y no se explica todavía cómo le hace. Es autor de las novelas Todas las fiestas de mañana y Corazón caníbal y las obras Somos eternos, Laura Dieste y Almas perdidas. También del inclasificable Pequeño Diccionario de Cinema para Mitómanos Amateurs. Tiene un gato llamado Llewyn y su película favorita es El bebé de Rosemary (Polanski, 1968).

Twitter: @aliascane

Fotos: YouTube