¿Qué hacen las palabras con nuestra percepción y sentidos?

cultura
| 12 Jun 2017

¿Qué hacen las palabras con nuestra percepción y sentidos?

| 12 Jun 2017

Por Mariana Pedroza

«¿Cuál es tu palabra favorita?», me han preguntado por lo menos una decena de veces. Hay cierto consenso en las respuestas. Si respondo, por ejemplo, «burbuja», todo mundo entiende por qué. Alharaca. Bribón. Susurro. Incluso el Instituto Cervantes hizo un concurso hace unos años para encontrar la palabra más bonita del español y, después de una larga votación en la que participaron personas de 40 países, ganó la palabra «Querétaro». Repitámosla en voz baja para saborearla un poco: Querétaro. Independientemente de las razones por las que elegimos una palabra u otra, parece que estamos de acuerdo en algo: hay vocablos que se sienten rico en la boca. ¿En la boca o en la corteza cerebral? ¿Por qué gustan tanto, por ejemplo, los poemas de Girondo que construyen alrededor del sonido más que del sentido?

El No

el no inóvulo

el no nonato

el noo

el no poslodocosmos de impuros ceros noes que noan noan noan

y nooan

y plurimono noan el morbo amorfo noo

no démono

no deo

sin son sin sexo ni órbita

En neurofisiología, se le denomina sinestesia a la asimilación mezclada de sensaciones que pertenecen a distintos sentidos, como puede ser oír colores, ver sonidos o saborear texturas, no por asociación o por metáfora, sino literalmente, así lo sienten. Las personas sinestésicas tienen este tipo de experiencias de manera regular, mientras que las personas «normales» –o eso se afirma– las pueden tener sólo en situaciones extraordinarias, como bajo el efecto de algún psicodélico.

Sin embargo, Vilayanur S. Ramachandran y Edward Hubbard, ambos de la Universidad de California en San Diego, hicieron una investigación en 2001 que parece refutar la exclusividad de la experiencia sinestésica: en nuestra relación con el lenguaje hay atisbos que sugieren que mezclar experiencias sensoriales es una característica del cerebro humano.

El experimento que realizaron para dar cuenta de ello, compartido recientemente por la BBC, consistió en mostrar dos figuras, una curvilínea y una puntiaguda, y preguntar cuál era «kiki» y cuál era «bouba».. En un 95% de los casos hubo consenso: la curvilínea era «bouba» y la puntiagua «kiki». Con este sencillo experimento se mostró no sólo que la gente promedio vincula de forma automática al menos dos sentidos diferentes, el de la visión y la audición, sino también que lo hacen de forma similar, lo que nos llevaría a pensar que, contrario a lo que afirmaba el lingüista Saussure, el lenguaje no es del todo arbitrario.

De igual manera, así como hay asociación entre sonido y sensación, también la hay entre disponibilidad conceptual –es decir, las palabras que tienes a la mano– y percepción. Lera Boroditsky, investigadora de ciencias neurocognitivas de Stanford y MIT, hizo una serie de estudios comparativos entre diferentes lenguas para ver cómo el lenguaje intervenía en niveles básicos de percepción y descubrió, por ejemplo, que los rusos al tener dos palabras distintas para nombrar el color azul («goluboy» para el azul claro y «siniy» para el azul oscuro) podían distinguir una cantidad mayor de tonalidades de azul, y los oriundos de Pormpurraw, Australia, que en vez de utilizar palabras como «derecha» o «izquierda», «atrás» o «adelante», utilizan direcciones cardinales como «noroeste» o «sur», eran mucho mejores orientándose en cualquier contexto. «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», ya lo decía Wittgenstein.

Uno de los cuatro acuerdos toltecas es ser impecables con nuestras palabras, porque las palabras tienen una injerencia directa en la forma en la que habitamos el mundo. Lo sabíamos desde antes, pero de pronto, me parece, adquiere otro cariz: saber el poder de las palabras no se reduce sólo a evitar insultar o cosa semejante, sino en saber que estamos permanentemente tocando la realidad, sintiéndola, trastocándola y dotándola de textura y de sabor.

El musgo empieza a sentirse como musgo desde que lo pronunciamos y cuando decimos «shh» no estamos simplemente callando a alguien, estamos apelando a un arrullo ancestral probado desde el primer bebé que, sinestésicamente, sintió eso como una caricia y suspendió su llanto.

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Mariana Pedroza es filósofa y psicoanalista.

Twitter: @nereisima