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400 pesos hacen la diferencia

Lunes 05.dic.11
Desigualdad social

Tomé un taxi hoy por la mañana. El taxista preguntó entrecortadamente la dirección a la cual me llevaría. Su voz llamó a mi vista que en el retrovisor encontró a un hombre llorando. Me preguntó si me dirigía ya al trabajo y, siendo el terrible lunes, yo torcí el gesto.

No tuve que decir una palabra. El hombre continuó con la conversación: me contó, tomando como pretexto el desencanto laboral y la crisis, la triste historia que le azotaba: su hija, de 14 años, tenía cáncer de estómago. El día de hoy se suponía tendría su última sesión de quimioterapia, antes de que el 17 de diciembre se le operara.

Según el testimonio del hombre, el costo de las medicinas para la quimioterapia que tenía programada hoy era de $3200 hasta el mes pasado. Hoy llegó a la clínica con dicha cantidad y se encontró con la sorpresa de que las medicinas habían subido 400 pesos de un mes al siguiente.

400 pesos. Había llamado a su jefe, “un personaje con 200 taxis” y este le contestó que no tenía dinero para prestarle. El hombre no tenía como conseguir los 400 pesos para la salud de su hija.

Me dejó en la oficina y le dije que se quedara con mi cambio. Me sentí mal por no tener más dinero conmigo, los 400 pesos tal vez. Me sentí terriblemente mal por no tener la confianza en el otro como para ir a un cajero, sacar los 400 pesos y dárselos. Por no tener semejante cantidad para regalársela a un hombre en serios apuros; por quedarme con la espantosa sensación de que podrían haberme robado los pocos pesos de cambio que le regalé; por pensar siquiera en desconfiar de un hombre llorando por su hija enferma.

Llegué a la computadora y lo que encontré en las primeras planas respondía inmediatamente a la situación que vi en el taxista. La noticia en el mundo, en el top de relevancia periodística, es la desigualdad. Hoy se publicó el estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, en el que se mostró el crecimiento de la desigualdad entre clases en cada uno de los 34 estados miembros.

Entre ellos se encontró a México y a Chile como los países que presentan mayor diferencia entre los ingresos de las clases más altas y las más pobres: en México, durante los últimos 25 años, los ingresos reales de los hogares crecieron un 1.7 por ciento para el 10 por ciento más adinerado y un 0,8 por ciento para el 10 por ciento más pobre. Lo anterior significa que los ingresos de ese 10 por ciento adinerado son 26 veces mayores a los del 10 por ciento pobre. En otros países como Italia, Japón, Corea y Reino Unidos, la proporción es de 10 a 1, en Israel, Turquía y E.U.A. es de 14 a uno. En los países más igualitarios la proporción ha crecido de 1980 a la fecha, si en aquella década los ingresos de los ricos superaban 5 a uno a los de los pobres, hoy ese 5 se ha convertido en un 6.

Lo anterior significa que los ingresos de ese 10 por ciento adinerado son 26 veces mayores a los del 10 por ciento pobre. Esta diferencia es la más grande en los últimos 30 años.

El mundo ha perdido la estabilidad. Si Europa, el viejo y estable continente hoy toma medidas extremas–el nuevo tratado que Merkel y Sarkozy pretenden imponer en la Zona Euro, que implica fuertes sanciones a los estados que violen las “reglas de oro”, tales como no respetar el umbral del 3 por ciento de déficit–; si los E.U.A. se han enfrentado este año a la ampliación de su techo de deuda; si las potencias se encuentran patas hacia arriba cuando de economía se trata, entonces ¿Dónde está el dinero del mundo?

En un país que alberga, mantiene y enriquece al hombre más adinerado del planeta, sería difícil que esas desigualdades no se mostraran de una forma tan burda como la opinión de la hija de Enrique Peña Nieto calificando a la gente de “prole”, comparada con el llanto de un hombre en su taxi por no tener 400 pesos para atender a su hija.

La clase alta de este país la miseria ajena no parece ser un tópico más que para resaltar su opulencia. Las deudas parecen ser de todos; las medicinas suben, los alimentos suben, las rentas suben dos veces más rápidamente que los salarios. Nuestro gobierno gastará 140 millones de pesos en los aguinaldos y las gratificaciones de los 669 altos funcionarios del Gobierno Federal este fin de año.

Me pregunto si alguno de ellos, de todos nuestros legisladores, el que menos trabajó en el año, el que tenga más remordimientos de conciencia, se ofrecería a pagarle los gastos médicos a la hija del taxista que me trajo a la oficina el día de hoy. Me gustaría pensar que aquél que gana hasta 26 veces más que el pobre, trabaja 26 veces más que él y por eso lo gana, sin embargo todos sabemos bien que el mundo es y será de unos cuantos.

Mientras algo cambia, mientras un rayo cae sobre los techos de los injustos, nos queda seguir tratando de ayudar a quien tenemos a la mano.

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