Viernes, 9 diciembre , 2011

Acciones, no reacciones: combatir o no el fenómeno Peña Nieto

peñaazcárraga

Debo confesar que estoy francamente cansada del asunto de Peña Nieto, de su ignorancia, que algunos preferirán llamar “Pifia Literaria”. El vuelo y revuelo que causó la actuación de Enrique Peña Nieto en la FIL, ha pasado ya del enojo a la broma, y de la broma a la indignación en las redes sociales.

Estamos a casi una semana del suceso, y en el transcurso de estos días vi, y volví a ver, los mismos chistes, los comentarios agrios, miles de personas compartiendo el mismo video y engrandeciendo un par de falsas alarmas que, desde mi punto de vista, le restaron impacto a los errores de Peña Nieto, como los supuestos tweets de @Angélica_Rivera.

El hecho de que Enrique Peña Nieto, pre-candidato a la presidencia de un país, haya demostrado su falta de cultura en un evento que está organizado para fomentar la lectura y para impulsar la literatura en un país que no lee; no es, ni será, un hecho menor. Es por eso que nos indigna ver la forma en que Televisa intenta aminorarlo.

Un ejemplo de eso es la encuesta que publicó hoy en su portal de Primero Noticias, una pregunta tramposa que obligaba a los votantes a elegir entre las propuestas de un candidato y los conocimientos literarios:

Si bien, un Presidente no necesita ser un erudito únicamente en el área literaria, o dándole mínimo crédito a Adela Micha: “Ser un lector voraz es completamente irrelevante a la hora de gobernar bien o mal”, esto no quiere decir que quien se acerca a ser el líder de millones tenga la posibilidad de no tener cultura general, lo que, según tengo entendido, incluye a la literatura.

Es importante, sí, destacar su incapacidad para la improvisación, pero es inaceptable que Televisa pretenda decirnos que ese es el principal problema que demostró Peña Nieto el sábado pasado. La pregunta que se le hizo durante la presentación de su libro, es un cuestionamiento común que se le hace a la mayoría de los autores en las jornadas literarias: ¿Quiénes son tus influencias? ¿Qué libros te inspiran? ¿A quién estás leyendo?

Independientemente de que un político se acerque a la literatura de forma recreativa, es indispensable que un hombre que quiere gobernar a México, conozca a algunos, por lo menos a tres, de los autores más representativos del país. Esto, además de entristecerme profundamente, me hace temer por el futuro de la educación en un lugar que le abre la posibilidad de una pre-candidatura a un hombre que no conoce –y por lo tanto no se interesa– la literatura nacional o internacional y, en general, las humanidades.

Si Enrique Peña Nieto no tiene el tiempo para leer, como dijo en una entrevista al día siguiente de su escándalo, yo me pregunto ¿de dónde sacó el tiempo para escribir un libro? Para el más básico de los escritores, el redactor incluso, dejando de lado a lo creativo, la lectura es un acto indispensable. La buena redacción nace de un buen hábito de lectura: ¿Cómo es que un hombre que no puede recordar tres libros fue capaz de escribir uno? La respuesta es clara, y esto no hace sino despertar una mayor desconfianza en la nueva cara del PRI, que continúa tratando de montar escenarios repletos de clichés para engañar a las mayorías desinformadas.

El problema es que en un país de no lectores, el común denominador identifica a los libros inmediatamente con la literatura, y sabemos bien que esto no necesariamente sucede. Enrique Peña Nieto bien pudo haber contestado con bibliografía política, legislativa y hasta económica –pudo haber dicho que admiraba a Maquiavelo, a Aristóteles y a Smith–, y así el impacto de su ignorancia se habría reducido considerablemente. Pero Peña Nieto no pudo responder lo básico. Quiero decir con esto que no se trata de ser un genio literario o no, sino estar mínimamente preparado para ejercer un puesto tan relevante: ¿Qué importancia daría a la cultura un presidente que no lee?

Por otra parte, como dijo Juan Villoro en la columna que publicó en el portal de Terra el día de hoy: “[En México, los libros] son como talismanes que otorgan un poder desconocido”. ¿Qué poder le habría otorgado a Peña Nieto la publicación de México, la gran esperanza, si no hubiera errado terriblemente a la pregunta literaria? Sin duda, la comunidad intelectual no se habría asombrado por semejante publicación; pero el resto, los millones que “jamás han leído a Rulfo” como decía Carlos Marín en defensa de Peña, durante el tendencioso Tercer Grado, seguramente le otorgarían cierto poder “intelectual”–además del poder mediático y político que ya tiene– y eso, a sabiendas de su ignorancia, sería francamente trágico.

Todo lo anterior, la encuesta y Tercer Grado, sumado a la defensa que Carlos Loret de Mola ejecutó en su columna de El Universal, devela una estrategia descarada que intenta defender, cueste lo que cueste, al “candidato” del PRI. ¿Cómo es posible que Loret se haya atrevido hablar de una “guerra sucia” contra Peña Nieto con pruebas tan débiles como los videos relacionados en el portal de Youtube? ¿Dónde queda la investigación periodística, la moral que los medios deben tener según expresa Televisa en sus comerciales?

Qué ganas de ver a un país, en el que los medios, en lugar de descalificar a la literatura –y a la lectura en su más amplia definición– como algo indispensable, la demandaran, la fomentaran y la enaltecieran. Qué ganas de ver un país en el que como exigencia reinara la educación, la oportunidad de terminar con esa enorme desigualdad que nos pinta indeleblemente títulos tan despreciativos como “asalariado”.

En lugar de eso, vemos al monstruo que controla la opinión de masas tratando de reparar la fisura que crearon los pocos que han encontrado una herramienta para expresar su opinión.

Como decía en el principio de este texto, estoy cansada de ver a Peña Nieto y su chiquero en todos los medios –en unos siendo defendido y en otros atacado–, pero como decían aquellos a los que acusamos de comprados en Televisa, es difícil que el fenómeno que hemos vivido intensamente esta semana llegue a reflejarse lo suficiente en las urnas y es por eso que no debemos quitar el dedo del renglón: nos convoco a ser críticos, mucho más críticos con todos y cada uno de los que pretenden representarnos. Un candidato no es “cualquiera” de los mexicanos, debería ser–y es absurdo siquiera escribir esto– un ciudadano culto, preparado, en extremo sobresaliente, un ciudadano que se interese por las humanidades.

Aunque parezca que las cosas van mal para Enrique Peña Nieto habría que comparar el número de registros en el padrón electoral –hay cerca de 84 millones de votantes– con las menos de cinco millones de cuentas que Twitter, por ejemplo, registra en nuestro país. Aún somos minoría, hay que estar consientes de eso.

Está muy bien hacer bromas, ponernos creativos, explotar el error del reprobable a favor del pueblo; pero hace falta más, hace falta avergonzarnos de lo que vimos en ese hombre del peinado perfecto y repararlo en nosotros y en quienes nos rodean. Y hace aún más falta recordarle al país todo lo que Enrique Peña representa más allá de su “pifia”: 72 años de fracasos económicos y de corrupción, que los mexicanos hemos tenido que pagar; el terrorismo de estado que se vivió hace casi 6 años en Atenco; hay que recordar el caso de Agustín Estrada, el profesor que por ser homosexual tuvo que pedir asilo político tras ser ultrajado y perseguido por el gobierno priísta del Estado de México; hay que recordar el clasismo y el desprecio por la mano de obra que florece en su propia hija; por decir algunas cosas.

No nos conformemos con ser #ForeverProle, hagamos cambios, hagamos todo lo que esté en nuestras manos para que nuestra lucha por un mejor país no sea una broma en las redes sociales acerca de un candidato ignorante.

Por Tania Carrera

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