Jueves, 15 diciembre , 2011

Las proezas de Battles

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Para hablar de la presentación de ayer de Battles en México, debo confesar algo primero: “Africastle” fue mi canción predilecta durante el 2011.

Cuando supe de la partida de Tyondai Braxton entristecí pensando que Battles había llegado a su fin; luego, cuando escuché “Ice Cream”, el primer sencillo de Gloss Drop, pensé que el giro que habían tomado tras la salida de su vocalista, era muy desafortunado. Pero cuando escuché Gloss Drop desde el inicio, “Africastle” me trastornó, por días la escuché moviendo la cabeza aceleradamente, al ritmo violento y perfecto que John Stanier me marcaba. Si para algo iba yo ayer al José Cuervo Salón, era para escuchar esa canción en vivo y ver cómo resolvían ese oleaje de riffs mezclándose, superponiéndose, entre sólo tres personas.

Tras 45 minutos de espera, la gente gritó al ver a Ian Williams salir con una copa en la mano. Para mi fortuna “Africastle” comenzó a retumbar en los techos del recinto, con un arranque alargado en el que poco a poco, de entre las tarolas surgió Stanier, mientras Williams nos guiaba hacia la canción con su guitarra y Konopka grababa en vivo los loops que pueblan las capas de la canción; “Africastle” cumplió con la misma función que tiene en el disco: dejarnos muy claro que Battles es una alineación consolidada, inténsamente perfeccionista, que puede tocar limpiamente, pero que decide no hacerlo en pro de una exploración más orgánica.

En el concierto, al igual que en Gloss Drop, las canciones que sucedieron a “Africastle”, formaron en su conjunto una gran onda que subía y bajaba, y que por momentos perdía esa tensión tan bien lograda en la primer canción del disco, dando lugar a ligerezas como “Sweetie & Shag” o “Ice Cream” que divirtieron e hicieron saltar al público, que coreaban los sampleos de vocalistas fantasma que nos miraban desde un par de pantallas. Entre esa euforia melódica, la banda regresaba a los puntos álgidos con los que más los identifico, canciones como “Futura” o “Wall Street” –y la memorabilísima “Atlas” que va a caballo entre las dos cosas–lograron llevarnos a una intensidad que por momentos superponía tantos elementos que saturaba el sonido.

Luego del encore –que de no ser porque últimamente las bandas hacen muy obvio su próximo regreso al escenario, no creí que sucedería– Ian Williams y Konopka regresaron para comenzar lo que parecía una enrarecida versión de “Sundome” en la que Williams jugaba con la voz de Yamantaka Eye. Durante los largos minutos que pasaron sin que Stanier regresara al escenario, alguien atrás de mí dijo que “esperaban a que el baterista se limpiara la sangre de las manos”; luego, cuando finalmente llegó, con el rostro desencajado, confirmé una teoría que ya venía formulando desde el inicio del concierto: ver a Battles tocar es como presenciar una hazaña, como visitar las costumbres de un viejo coliseo en donde se veía a hombres desempeñarse como héroes: ver la energía y la fuerza de Stanier, su precisión rítmica combinada con la habilidad casi supernatural de Williams para tocar múltiples instrumentos a la vez; los impecables, minuciosos, loops que Konopka graba mientras está preparando lo que viene; la inclinación por este entendimiento matemático, microscópico de la música; apelan todo el tiempo al asombro, que por momentos no se da cuenta de algunos errores de tiempos, problemas con el sonido, etc. Delante mío se abría un mar de sombras que, entre un baile concentrado, alzaban el cuello para ver cómo hacía el trío para sonar como sonaba.

El concierto de ayer es para mí la confirmación de que Battles no es una banda común, no fuimos ayer para corear los greatest hits, fuimos con la curiosidad que se merece una banda que logra un sonido singular, subjetivo. Battles es, con toda su rareza y su pretensión (no lograda a ratos), una banda única, y eso, en estas épocas, es algo muy difícil de encontrar.

Fotos por Guro

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