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Jueves, 29 noviembre , 2012

Tres inolvidables adúlteras de la literatura

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Cuando Juan García Ponce recibió el premio Juan Rulfo, dijo que “la literatura debe abrir el campo de la experiencia, y por eso su ámbito obligado es el de la transgresión”. Las letras transgreden porque la realidad es su materia prima y al pasarla por el filtro de la creación la ponen en duda, muestran sus costuras, la critican necesariamente.

El adulterio es uno de los temas que la literatura se ha regocijado en presentar y muchos libros han abordado la espinosa cuestión. El adulterio, todavía hoy, está penado por la ley, por afanes monogámicos ha sido condenado al limbo de lo inmoral, sobre todo, cuando es la mujer quien decide aventurarse a lo prohibido.

Aquí está un recuerdo de tres mujeres que rompieron con lo establecido, que no obedecieron una moral hipócrita y siguieron la más honesta (por inevitable) pasión por lo negado.

Constance Chatterley, la línea entre lo físico y lo espiritual.

D.H. Lawrence publicó su Lady Chatterley’s lover, en 1924. La novela cuenta la historia de una mujer acomodada cuyo marido ha quedado paralizado por una herida de Guerra. Lady Chatterley, frustrada porque su esposo no puede satisfacerla en su estado, conoce entonces a Oliver Mellors, un guardabosques y tiene con él un apasionado romance.

La trama, aquí tristemente reducida, ya nos propone transgresiones por las que se escandalizaron en la época y que desde luego van más allá del simple adulterio. Digamos primero que el simple hecho de que Lady Chatterley se haya enredado con alguien que no pertenecía a su clase ya constituía un escándalo pero lo hacía más el hecho de que ella hubiera estado insatisfecha sexualmente, esto ponía sobre el papel las necesidades puramente físicas de una mujer que además se atrevió a satisfacerlas ¡y de qué madera!

La novela de Lawrence está llena de imágenes de una poética transgresión, sí, sexo y más sexo desenfrenado: Lawrence escribe:

“Ella yacía con sus manos inertes sobre su cansado cuerpo, su espíritu parecía mirarla por sobre su cabeza, las colinas que eran sus caderas le parecían ahora absurdas y la especie de ansiedad del pene por llegar a esa pequeña crisis de evacuación le pareció ridícula. Sí, eso era el amor, ese ridículo balanceo de las nalgas y el marchitarse del ahora insignificante pene húmedo”.

El esposo de Lady Chatterley no la satisface sexualmente, la esposa de Mellors no lo satisface espiritualmente. Lawrence propone la lúcida e intrigante idea de que el amor es más que fidelidad, es también animalidad. Lady Chatterley busca un equilibrio entre mente y cuerpo, pero ese equilibrio está prohibido para ella, convirtiendo el pecado en materia de deseo.

Madame Bovary, la vorágine de lo prohibido.

Emma Bovary es una mujer casada, interesada en la moda pero que se aburre fácilmente. El tedio señores, el tedio es motor de adulterio. Emma conoce a Rudolph, joven interesante que la seduce y consuman su amor al aire libre.

Madame Bovary es una novela llena conflictos morales. Emma luchará constantemente con su propia conciencia pero regocijándose en la vorágine que le provoca romper con la rutina: “¡Tengo un amante!” se repite como repiten los locos sus brillantes verdades.

El problema es que su amante la abandona y Emma no puede ya dejar su vida adúltera, tiene otros amantes y todos la dejan; Madame Bovary queda insatisfecha con su matrimonio y queda insatisfecha con sus aventuras, ella representa la búsqueda de una felicidad que sin embargo siempre resulta estar manchada. Dice Vargas Llosa que la novela de Flaubert inaugura lo modernidad y no se puede negar que esa insatisfacción casi crónica es completamente actual, cuántas veces, luego de luchar tanto por aquello que creemos necesitar (incluso más cuando es prohibido) el resultado nos deja en un limbo espiritual.

Emma termina como se supone que debían terminar las adúlteras; su pecado es abandonar a su familia y centrarse en sí misma (por ello nos recuerda tanto a Nora de Casa de muñecas). Es la mujer triste que abandona y es abandonada.

Anna Karenina, el centro de las miradas.

 Anna Karenina la más bella de Rusia, envidia de las mujeres, hechizo de los hombres. Anna está casada con un excelente partido, tiene un hijo amoroso y nunca ha deseado nada más que eso. Pero lo prohibido no se anuncia y de la nada aparece Vronsky; desde el primer momento en que se ven quedan prendados y ya ninguna ley les importará.

Anna es la tragedia del señalamiento; la sociedad rusa la castiga desde su hipócrita asiento. Tolstoi, en esa excelsa novela que es Anna Karenina, nos muestra a una alta sociedad que ve el adulterio de las mujeres como una terrible falta pero como un logro necesario para los hombres, claro, siempre y cuando no pase de una aventura, pero Anna y Vronsky lo dejan todo, posición social y logros profesionales para poder huir juntos. Anna es la mujer que está en el centro de las miradas, es separada de su hijo y su inseguridad logra que su amante pierda el interés en ella.

Todos saben que la hermosa Anna es inteligente y seductora pero debe ser, necesariamente condenada; la marea de la pasión se lleva las últimas señas de su cordura y llega a un punto donde no puede soportar más las miradas que imponen una culpa hipócrita, la cual termina por interiorizar.

 

 Estas mujeres logran plasmar en sus actos una crítica a la institución del matrimonio pero también a las pasiones desbordadas. ¿Vale la pena o no dejarlo todo por los afectos? Lo cierto es que estas adúlteras han pasado a la historia como aquellas que sufrieron la felicidad de transgredir.

Por: Luis Miguel Albarrán

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