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Lunes, 7 enero , 2013

Ya no me gustan las Tortugas Ninja, o de cómo sí puede haber un cambio político y social

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Un singular estudio llevado a cabo por sicólogos de la universidad de Harvard descubrió cómo es que nuestros gustos y valores cambian drásticamente con los años, pero, cuando pensamos el futuro, no creemos que podamos cambiar mucho, revelando algo más que sólo un problema de sicología personal.

Los sicólogos llamaron a su estudio “el final de la ilusión histórica”; descubrieron que la gente tiende a subestimar cuánto cambiará en el futuro. El estudio es monumental: 19 mil personas de entre 18 y 68 años participaron, demostrando que esta ilusión persiste sin importar la edad.

A los pacientes se les preguntó acerca de sus características personales y sus preferencias (comidas favoritas, vacaciones, hobbies y bandas) en los pasados años y en el presente, al mismo tiempo, se les pidió hacer predicciones sobre su futuro. Aquí es donde el estudio se torna interesante: la gente más joven reportó cambios drásticos en la última década pero cuando se les preguntó sobre cómo serían sus personalidades y gustos en diez años, la gente de todas las edades subestimó radicalmente las posibilidades de cambio en el futuro. Piensa por ejemplo en los gustos que tenías hace diez años, luego piensa en tus gustos actuales, tal vez la diferencia es enorme, pero ¿crees que cambios tan grandes operarán en ti en los próximos años? Tal vez no.

¿Pero por qué ocurre este fenómeno? Los sicólogos explican que creer que hemos alcanzado el punto más alto de nuestra evolución personal nos hace sentir bien. Tal vez por ello, con su necesaria dosis de soberbia, pensamos que escuchamos la mejor música o vemos las mejores películas y por lo tanto no dejaremos de hacerlo, es decir pensamos que no dejaremos de escuchar un determinado tipo de música o usar determinada vestimenta.

Existe una frase que podría ejemplificar el dilema sicológico: “Ojalá hubiera sabido antes lo que sé ahora” como si hubiéramos llegado ya al conocimiento último o casi completo de determinadas circunstancias. Sentir esto nos deja una impresión de satisfacción, le da un sentido estático (y por lo tanto seguro) a nuestra vida porque, claro, si todo el tiempo pensáramos en lo efímero y pasajero que son nuestros gustos y valores, cualquier decisión estaría plagada de dudas y ansiedad. Sin embargo, el hecho de que todos los pacientes (desde jóvenes hasta ancianos) hayan declarado que cambiaron muchísimo en el pasado pero que esperaban ya no cambiar más, deja de manifiesto la actuación de esta ilusión.

No los culpo si este estudio les parece algo tendencioso pero no pueden negar que en algún punto, aunque sea mínimo, han sido víctimas de esta “ilusión histórica”. A pesar de todo, el estudio muestra un problema interesantísimo: los sicólogos llamaron a la causa de esta “ilusión histórica”, una “falla en la imaginación acerca de nuestra propia persona”. Es decir, parece que nos falta imaginación a la hora de pensarnos en el futuro.

El inconveniente es que esta ilusión puede afectar muchas parcelas de nuestra percepción, por ejemplo, la idea que tenemos de la política, de la situación social o económica de nuestro país. ¿No podría ocurrir que esa ilusión histórica (sobre nuestro futuro personal) la estemos aplicando también al futuro de nuestras sociedades?

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Puede que esa falta de imaginación en cuanto a nuestro futuro personal, esa ilusión sicológica, la apliquemos también a nuestro contexto social. No podemos negar que uno de los discursos que logra perpetuar el estado actual de las cosas es la idea de que, para propiciar un viraje completo de timón hay que cincelar una superestructura económica, política y social que aparece ominosamente más allá de nuestro alcance. No tenemos problema para reconocer que nuestro sistema actual ha generado terribles diferencias sociales y sin embargo, proponer soluciones se ha convertido en problema con el que muchos no se quieren meter.

No trato de negar aquí el proceso histórico del cambio social pero es cierto que ese proceso histórico muchas veces detona en un cambio radical debido a un hecho que no es monumental sino tal vez en lo simbólico (ahí está el ejemplo de Rosa Parks que contribuyó mucho a la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos con sólo no ceder su asiento en el autobús, un ejemplo de protesta bien aplicada).

El problema es ése, una “falla en la imaginación acerca de [el futuro de nuestra sociedad]. No se trata aquí de ser ciegamente optimistas, se trata de reconocer que la disidencia (sobre todo la teórica) pasó de ser precavida a estar cohibida, como si la anunciada muerte de la utopía y la indecisión de la teoría política posmoderna nos hubieran esterilizado la imaginación.

Uno de los sicólogos recordó que, cuando su hija tenía 4 años, su cosa favorita del mundo eran las Tortugas Ninja, y el padre le dijo que tal vez no serían su cosa favorita por siempre; ella lo negó rotundamente, tal vez porque no podía imaginar algo que sustituyera en ese pedestal a las tortugas adolescentes. “Mi hija pensó que tal vez podría cambiar, pero no imaginaba cómo, tal vez eso nos pasa a todos nosotros” dijo el sicólogo.

Por Luis Miguel Albarrán @Perturbator




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