Lunes, 28 enero , 2013

De dificultades de un principio de año y buenas intenciones I

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En estas fechas de compras de fin de año, las noticias nos recuerdan la economía, la personal y su información acumulada, que recibimos día a día y que habla de las condiciones generales que circundan nuestras posibilidades de éxito personal o lo amenazan, que presagian nuestras vidas de consumidores modernos, nuestra identidad narcisista. Hoy, el índice de felicidad consumista lo encontramos en las condiciones generales de la economía. Todo es precios, inflación, desempleo, seguridad económica, ofertas; nunca antes habíamos sido seres tan consumidores, para bien y para mal.

En las actuales condiciones, la posibilidad de las baratas posnavideñas nos devuelve la esperanza del consumidor. Pero poco importamos: detrás de ello, las baratas son el último de los recursos de los negocios, no para elevar sus ganancias sino para disminuir al mínimo sus pérdidas. Al inicio de la recesión que vivimos, los promotores del libre mercado presagiaban que los comerciantes que no pudiesen resistir las contracciones financieras serían sustituidos por otros más aptos; que pronto los ineptos serían desalojados y otros más eficientes marcarían el inicio del fin de la recesión. Pero, al pasar el tiempo, el resultado no parece ser otro que el descenso de la intensidad de los negocios. Una ineptitud generalizada parece haber sido el resultado.

Solo los grandes monopolios parece que resisten, aunque sean igualmente proclives a la ilusión de las baratas, y sus razones sean las mismas de aquellos que ahora no están. El acto de consumo ha cambiado sus procedimientos: las compras electrónicas se hacen bajo mandos creados por los grandes negocios, los monopolios han estandarizado las operaciones de compra-venta. Estos consumidores cazadores de baratas, no son ya los mismos, sus necesidades se han ajustado más al precio que pretende su necesidad real y, su nivel de socialización con los otros consumidores se ha modificado, ha perdido calidad, su sociabilidad se ha hecho más recortada en el, por definición, espacio social que es el mercado.

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En estos años, en los barrios de la ciudad de México, los pequeños comercios han desaparecido y en su lugar los extenso edificios de las grandes cadenas comerciales los han desplazado; han quedado atrás, pendientes, las voces que alertaron sobre la defensa del pequeño comercio, los señalados por los fanáticos del libre mercado, que fueron acusados por su conservadurismo antiprogresista. Hoy, añoramos una forma de vida más identificada con la personalidad del barrio, y sus habitantes, frente a la impersonalidad de las cadenas comerciales. Estos negocios han sido desalojados por no poder sostener la competencia con cadenas de comercialización que, por los volúmenes, no de ventas sino de compras, restan posibilidades de ofrecer precios reales: su desalojo del espacio comercial se dio bajo las condiciones no de un mercado libre, regulado para una competencia equitativa, sino monopólico, bajo la arbitrariedad legitimada de una moral de enriquecimiento dogmático, por la celebración del fuerte y el desdén al agredido. La propuesta del libre mercado ha trabajado a manera del dicho de, a río revuelto, ganancia de pescadores, que no es otra cosa que la filosofía del bully. No obstante, por los resultados, comienzan a aparecer limitaciones a estos contextos.

Han sido años de propuestas y sus indicadores han marcado descensos permanentes para el conjunto de la vida de los negocios. De entre los mismos intestinos que legitimaron la autonomía para el libre mercado, ha nacido la preocupación por recuperar la sociabilidad y consideraciones más humanas, y menos técnicas: no por los mejores motivos está sucediendo, los principios de avaricia y envidia, deben sostener sus ganancias para permanecer. Esta necesidad de permanecer de los negocios se ha convertido en algo más importante que insistir, ad náuseam, sobre las ganancias de las rentas financieras. Pareciera que la crisis está enseñando que los desempleados son peores que los consumidores empobrecidos, que el enriquecimiento merma si los pobres se hacen más pobres.

MERCADOS MUNDIALES

Bajo estas previsiones es posible desear que estas tendencias emergentes muestren mejor sus perfiles. Que de los escombros surjan las propuestas para la reconstrucción: empleo, mejoras de los salarios, regular la legalidad de los grandes corporativos, elevar los niveles de vida, aplicar los criterios del largo plazo en lugar de las ilusionistas burbujas pasajeras. Dejar de tributar pleitesía al arrojo de ese narcisismo económico de las compañías (con la subsecuente destrucción de los empleos, de los valores, la seguridad y justeza) por hacerse de los beneficios ellos y sus accionistas. ¿No fueron acaso esas las promesas de un capitalismo opuesto a las diversas formas de intolerancia, de autoritarismo y eliminación de los diverso? ¿No es evidente ya que vivimos un neoautoritarismo de las grandes corporaciones, muy, muy por encima de los mismos estados nacionales?

Ideas como libre mercado, la reducción del estado, en fin, el neoliberalismo, dibujan una forma de cultura moral global en la que el individuo nacional y sus potencialidades únicas pierden la conciencia de que ese otro, otros, forman parte de nosotros, somos ellos también. El sentido de soledad ha cobrado otros perfiles, uno de ellos: prescindir de ella. En esa dimensión los valores de avaricia o envidia, logran legitimar el estilo de vida contemporáneo: una forma de narcisismo. En esta nueva individualidad pretendemos nuestra superación personal, nuestro nihilismo. No es una casualidad que en el desorden de las elecciones que hacemos hoy, entre ellas se encuentren aquellas relacionadas con alguna manera de incluirnos en alguna expresión comunitaria. Nuestra identidad nacional es una de ellas y es ya una necesidad su redefinición.

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Cualquier cambio depende de uno mismo, el por qué lo hace uno es lo que debe ser pensado. Ya el cambio en proceso debe ser entendido a través de sus estadios, paso a paso para irlo reconociendo. Una propuesta de cambio debe ser específica, reconocible, a lo largo del proceso que le dará forma.

JAGL

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