Truman Capote nunca muere

Recuerdo  a muchos periodistas literarios trascendentales en la historia de los Estados Unidos, ahí tienen a Hunter Thompson, Doctor Gonzo, y su aniquilación de las fronteras entre la Ficción y la No Ficción. Tan poderoso que pudo haber modificado el rumbo de los Estados Unidos si George McGovern no lo hubiera echado todo a perder eligiendo al hombre equivocado como candidato a vicepresidente.

Otros periodistas borraron de tal forma estas fronteras que ya nunca se supo si eran periodistas o si eran narradores y terminaron volviéndose inmortales en los campos literarios. Uno de ellos, seguro conocen su obra, y si no, conocerán muy bien su nombre, es Truman Capote.

Truman Streckfus Persons nació en Nueva Orleans el 30 Septiembre de 1924. El apellido Capote lo adoptó de su padrastro, el cubano Joe García Capote. Desde los 17 años trabajó como periodista en The New Yorker, a los 21 abandonó el periódico y publicó su primer cuento, Miriam, con el que ganó fama y el premio O’Henry.

Su primera novela fue Otras voces, otros ámbitos, en donde desarrolló profundamente el tema de la homosexualidad. En total escribió 5 novelas, entre las que se encuentran Breakfast at Tiffany’s que en 1961 fue adaptada al cine, protagonizada por la mismísima Audrey Hepburn, y A Sangre Fría una investigación novelada sobre el asesinato de cuatro miembros de la familia Clutter de Kansas. Esta última novela es por muchos reconocida como la conjunción perfecta de una narrativa tradicional con un reporte periodístico. Además de novelas, Capote escribió guiones cinematográficos, obras de teatro y numerosos relatos cortos.

Como él mismo lo dijo: “soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Sus hábitos no eran de lo mejor y terminó sus días deprimido, mezclando psicofármacos y alcohol, hasta que finalmente un día como hoy murió de una sobredosis a los 59 años. Sus obras por el contrario, siguen siendo clasicos que retratan la sociedad norteamericana de mediados de siglo pasado desde muchas opticas distintas.

Les dejamos el inicio de Breakfast at Tiffany’s para que se enganchen un rato con la obra de este grande:

Regresar a los lugares donde he vivido, las casas y su vecindad, me atrae de forma irresistible siempre. Por ejemplo, una casa de piedra arenisca de la calle Sesenta y tantos este, donde en la época del principio de la guerra, tuve mi primer apartamento en Nueva York. Consistía en una sola habitación llena de muebles de desván, un sofá y confortables sillones tapizados con aquel terciopelo tan particular, rojo, que raspa y te hace recordar inmediatamente los días calurosos en un tren. Por todos los rincones, hasta en el baño, había fotografías de ruinas romanas que el tiempo había vuelto parduscas. Una sola ventana, y daba a la escalera de incendios. A pesar de todo, mi espíritu se regocijaba siempre que sentía en mi bolsillo la llave de aquel apartamento; cierto, era lóbrego, pero no dejaba de ser mi casa, la primera, y allí estaban mis libros y los jarros llenos de lapiceros romos, esperando que alguien los afilara; en mi opinión, todo cuanto necesitaba para convertirme en el escritor que deseaba ser.

En aquellos días nunca se me habría ocurrido escribir sobre Holy Golightly, y es muy probable que tampoco se me hubiera ocurrido ahora, a no ser por una conversación que tuve con Joe Ball, la cual avivó su recuerdo.

Holly Golightly había sido inquilina de la vieja casa de piedra arenisca; ocupaba el apartamento debajo del mío. En cuanto a Joe bell, era dueño de un bar en la esquina de Lexinton Avenue, y aún hoy lo es. Tanto Holly Golightly como yo solíamos ir al bar seis o siete veces al día, no era para beber, o por lo menos no siempre, sino para telefonear: durante la guerra, obtener un teléfono privado era bastante difícil. Por otra parte, Joe Bell era un tipo muy servicial para tomar recados, cosa que, en el caso de Holly, no era una menudencia, pues los recibía en considerables cantidades.

Claro que de eso hace ya mucho tiempo, y yo no había vuelto a ver a Joe Bell hasta la semana pasada desde hacía varios años. Habíamos mantenido contacto intermitente: cada vez que yo pasaba por allí cerca, me metía en su bar a tomar una copa; pero, en realidad, nunca habíamos sido grandes amigos, lo único que verdaderamente nos unía era nuestra común amistad con Holly Golightly. Joe Bell no tiene un carácter muy fácil, él mismo lo reconoce; dice que el motivo es porque está soltero y, además, padece del estómago. Cualquiera que lo conozca dirá, en efecto, que es un hombre poco tratable. Es del todo imposible mantener una conversación con él si no se comparten sus aficiones, entre las que figura Holly. Otras son: el hockey sobre hielo, los perros Weimaraner, El domingo de Gal (cierta emisión radiofónica patrocinada por una marca de jabones que escuchaba desde hacía quince años), y Gilbert y Sullivan; con uno de estos dos, no recuerdo cual, pretende estar emparentado.

Así es que, cuando al atardecer del pasado martes sonó el teléfono y oí:

-Soy Joe bell -supe que debía tratarse de Holly Golightly.
No lo especificó, pues solo dijo:
-¿Puede usted pasarse por aquí? Es importante.
Y su voz de rana croaba excitada.

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