Iron & Wine cumplió todas nuestras peticiones en el Lunario

Reseña y Fotos: IRON & WINE

Miércoles, 9 de septiembre
Lunario del Auditorio Nacional
México, DF

EL CONCIERTO:

No hubo setlist ya que Sam Beam aceptó todas las peticiones del público reunido en el Lunario ¡como las cantautores de verdad! Si tomamos en cuenta el vasto repertorio de Iron & Wine a lo largo más de 10 años, y la complejidad de sus letras, nunca deja de asombrarme la capacidad de artistas de su talla para recordar tantos versos y acordes en el momento, pero bueno, por algo son profesionales del medio… y buena parte de las peticiones fueron de The Shepherd’s Dog y Our Endless Numbered Days, sus discos más populares, así que tampoco le exigimos que escarbara mucho en el baúl del olvido.

Luego de un breve set por la banda mexicana Torres de Hanói, Iron & Wine tomó el escenario bajo esta faceta de presentación “íntima”. Un solo hombre y sus guitarras frente a un micrófono y una audiencia de cientos de personas… debe ser algo aterrador para un músico con menos experiencia, pero Beam se mostró como un tipo relajado y risueño, dispuesto a buscarle un sentido a las expresiones ininteligibles del público, y pasársela bien. Al empezar nos preguntó en español, “¿Qué quieren escuchar?” Alguien gritó algo, Sam dijo Ok, y acto seguido interpretó “The Trapeze Singer”; luego uno de los fotógrafos en la fosa pidió “Sodom, South Georgia”, y hasta ahí nos duró el gusto de un Lunario totalmente callado y en trance con el aura que desprendía el artista.

Foros como el Lunario escasean en la Ciudad de México, pero son los más ideales para recibir a músicos que no vienen a maravillar con un espectáculo masivo de luz y sonido, ni a poner a la gente a bailar en la pista. Su acústica se presta para escuchar con claridad la propuesta de un artista, humilde en su presentación visual pero profunda en su contenido. Ya que son conciertos que exigen nuestra atención para disfrutarlos, nunca deja de ser irritante la distracción provocada por las conversaciones que emanan de la gente a tu alrededor. Elliott Smith alguna vez dijo en una entrevista que estaba tan acostumbrado a la charla de un público indiferente en los bares que se ponía nervioso cuando luego tocaba en teatros y todos guardaban silencio para ponerle atención. Supongo que ese nivel de tolerancia ya depende del artista. También hay quienes exigen un silencio total antes tocar una rola, y cuidado aquel que se atreva a romper el silencio.

Pero siempre me he preguntado de qué tanto puede hablar una persona en los 90 minutos que dura un concierto. En una charla normal a mi se me agotan los temas de conversación después de 15 minutos y luego son varios minutos de silencio incómodo, pero qué impresión la gente que habla y habla como si su vida dependiera de ello. Anoche llegué a la única lógica conclusión en esta interrogante: deben estar traduciendo la letra de todas las canciones. ¿Qué más podría ser? “Naked As We Came”, “Joy”, y “Flightless Bird” son temas con letras muy bonitas, por lo que tiene sentido que alguien quiera traducir cada linea de cada verso a la persona de a lado y discutan el significado de las imágenes poéticas.

Y si no es eso (y estoy consciente que no es eso, solo estaba siendo sarcástico), realmente no me explico para qué pagar $550 si solo vas a tomarte una chela de $80, y platicar con tu pareja por hora y media sobre cuánto odias tu trabajo. Muchos van a decir que si tienes un boleto de admisión general, lo más sensato es moverte de lugar si el tipo de enfrente no se calla la boca, pero la realidad es que no importa en qué sección del inmueble te encuentres, siempre vas a tener dos o más personas con el cerebro muerto haciendo competencias con el artista para ver quién hace más ruido. Yo estaba hasta adelante, dónde se supone que deben estar los fans más clavados y atentos al concierto, y el colmo es que atrás de mi había una chava que le estaba dando LA ESPALDA al escenario para hablar con sus cuates. Porque una cosa es gritarle ¡WUUUS! y nombres de canciones al músico, y otra muy distinta es olvidarte que pagaste $550 para ver un show y cotorrear con el amigo sobre los misterios de la vida. A Sam no le importaba, él estaba enfocado en lo suyo, quizás un poco ebrio y muy alegre, pero los demás tenemos tanto derecho a disfrutar un show como el tarado que tiene derecho a estropear el mood establecido por el encore.

Fuera de eso, el concierto estuvo muy bonito.

DURACIÓN: 1 hora y 30 minutos
RESEÑA: Iron & Shy (@ShyTurista)
WINE: El nombre de su proyecto no es totalmente gratuito, ya que sobre una mesita, a lado, tenía una copa de vino tinto para aclarar las pipas.

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