Razzmatazz: Qué hacer para que el talento no se enoje y se marche

El viernes pasado fuimos testigos de algo que ya no se ve con tanta frecuencia en realidad: que un artista cancele su propio show a medio concierto. En su primera visita a la Ciudad de México, la loquilla de Azealia Banks llegó a su cuarto tema en el set cuando fue salpicada por un vaso de chela (voy a asumir que era cerveza) que alguien le arrojó de la primera fila. Que si fue intencional o fue un accidente, eso ya lo sabrá el naco que lo hizo, pero la rapera interrumpió la música para decirle al público algo con un tono amenazante. ¿Qué fue lo que dijo exactamente? Fue difícil oír con todos los WOOOs de la gente.

Lo que era evidente es que Banks no se veía con muchas ganas de estar ahí, pero una chamba es una chamba, y tanto público como artista estaban dispuestos a ignorar los comentarios sobre Trump vs. México que se hicieron en el pasado, todo sea por escuchar “212” en vivo; sin embargo, unos minutos después de regañar a la audiencia de House of Vans, los vasos de chela y hielo volvieron a volar hacia el escenario. La “bruja del bloque” no quiso saber más de México, tiró el micrófono, y se marchó a la zona de backstage para hacer su berrinche. Voy a asumir que este fue un tuit programado con muchas horas de anticipación:

A menos de que el mismo artista provoque o invite al público a cruzar la valla de seguridad, el comportamiento de la versión femenina de Kanye West (por todo lo bueno y lo malo) nos recuerda que hay ciertas reglas tácitas sobre la interacción entre la audiencia y la fuente de entretenimiento. ¿Valdrá la pena enumerarlas? Yo digo que sí:

1. No subiréis jamás al escenario. El escenario es tierra sagrada y todo aquel que profane el templo de las musas será derribado, flagelado, y crucificado por la guardia pretoria del bardo.
2. No podréis acercarte ni tocar al artista. El artista no es Cristo ni es tu amigo, por lo que no te va curar de la lepra ni te va a abrazar… pero seguro habrá un puñetazo a la cara.
3. No arrojarais vuestro vino al artista. Así lo pronunció la Reina del Hielo.
4. No emitiréis calumnia ni obscenidad alguna hacia su persona. Ver Cat Power.
5. No hurtaréis las pertenencias del artista. Desde cachuchas y anillos a instrumentos musicales, las manos de los mortales se prenderán en llamas si codician objetos de propiedad ajena.

Cualquier violación de estos mandamientos del espectáculo es justificación suficiente para que el acto deje el micrófono en el piso, suspenda el show, y tome un taxi a su hotel. El hecho de que uno haya pagado mil, dos mil, o tres mil pesos por un boleto no le da permiso de arruinar la noche para todos los demás. Solo basta un imbécil, entre miles de asistentes, para provocar la ira del músico, lo cual es una maravilla que este tipo de incidentes no ocurra más a menudo, especialmente en conciertos con barra libre.

Ahora bien, no quiero que este Razzmatazz se lea como una queja del público mexicano. Broncas entre aficionados y estrellas se han presenciado en todo el mundo, sin importar el nivel socio-económico o educativo de la población de una ciudad. El público se puede portar como orangutanes sin importar que sean de Londres, Bangkok, Rio de Janeiro, Sydney, Boston, o ese pueblo donde casi linchan a un músico (ok, digamos que en ciertos países de África y el Medio Oriente lo mejor es que una gira no haga escala por ahí).

 

No puedo hablar por las demás ciudades en el país, pero lo que sí es cierto es que en la Ciudad de México se ha visto un drástico mejoramiento en los últimos diez años con respecto a la tolerancia y educación del público. Ya quedaron en la historia aquellos momentos cuando el público bajaba a un telonero del escenario con abucheos y chiflidos. Los portazos ya son cosa del pasado, e incluso ya no hay anhelo por aperrarse las primeras filas de una admisión general. El público tampoco pierde la paciencia si hay 10 o 15 minutos de retraso (claro, mientras no sean tres horas, verdad Axl Rose). Aunque exista cierta nostalgia por el salvajismo de los Vive Latinos del pasado, el público se ha percatado de la existencia de *los horarios*, y mientras estos sean respetados tanto por artistas como organizadores, entonces la gente hará lo mismo.

Claro, los slams seguirán siendo una vista recurrente en los conciertos de punk, metal, ska, o cualquier otro tipo de música que se preste para eso, pero todo este desmadre se da dentro del marco de un show, y no fuera de éste. No hay que olvidar que vivimos en la época del micromanagement. El artista profesional llega a nuestra ciudad para cumplir un compromiso por el cual ha recibido un pago. Su manager lleva una agenda de todas las tareas que se deben cumplir en el día de su arribo: check-in en el hotel, comida, soundcheck, entrevistas, meet and greet, concierto, cena, hotel. Día siguiente, check out, aeropuerto, y vámonos al pueblo que sigue.

Piensa en la banda de rock como el DJ que contratas para poner música en tu boda, o la marimba que se aparece en los 50 años de casados de tus abuelos. El animador no está ahí por gusto ni porque sea algún amigo del novio, ni nada por el estilo. No conoce a nadie, ni le importa, simplemente está ahí para cumplir con su trabajo, por el cual le pagaron, y una vez concluidas las dos horas, pues bye bye. Es lo mismo con la banda de rock. Si sus letras te conmueven y por eso sientes que sean tus camaradas de toda la vida, eso ya es una relación que tienes tú con su música, no con el artista. Así que no los abraces, no los toques, y no los grites “culero” si no quieren tocar tu rola favorita. A menos, claro, que ellos te reciban con brazos abiertos.

T: @ShyTurista

 

P.D. Morrissey, claro, es más relajado de lo que la prensa le da crédito.

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