Aquí nos tocó vivir

¿Qué podemos aprender del caso Foodies y el crowdfunding?

Hasta hace unos años, si una persona quería emprender su propio proyecto o negocio y no tenía los fondos para hacerlo, tenía que recurrir a un préstamo bancario, pedirle dinero prestado a sus familiares y amigos o, de plano, despedirse de sus sueños. Después apareció el crowdfunding y amainaron varias de estas problemáticas.

La red de financiación colectiva, de persona a persona, ha permitido que miles de personas puedan llevar a cabo sus proyectos —que de otra manera, quizá, se hubieran visto truncados— a través de donaciones económicas de personas interesadas en lo que tienen que ofrecer a cambio de recompensas; algunos otros lo hacen de manera altruista.

La paleta de propuestas es muy diversa: en las plataformas de crowdfunding se han financiado lo mismo filmes independientes, documentales, proyectos musicales y artísticos, hasta campañas políticas, programas de educación, ecológicos, para reducir la pobreza e, incluso, la creación de empresas.

El modelo de financiación ha incentivado la concepción de proyectos de jóvenes emprendedores y ha facilitado la contribución colectiva para que estas propuestas vean la luz, aunque el nuevo paradigma de economía colectiva ha traído consigo nuevos problemas.

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Miguel “Mick” Islas, creador de una startup llamada Foodies y fundador de Kangou —ahora se llama Mexgou— desapareció de los radares de sus inversionistas a principios de octubre de 2016 después de recolectar cerca de un millón de pesos a través de este modelo a través de Fondeadora.

Su iniciativa, un servicio bajo demanda para restaurantes que se encargaría también de la logística de entrega, juntó más de 500 mil pesos en apenas 100 horas.

Algunos de las personas que invirtieron en su proyecto decidieron hacerlo después de leer un periódico especializado en finanzas que aseguraba que el proyecto era el “Uber de los envíos” y que con sólo mil pesos uno se podía convertir en accionista de la que parecía una próspera empresa.

Por un monto muy razonable, un fondeador podía hacerse socio de un negocio cuyas ganancias pronosticadas arrojaban una cifra cercana a los 4 millones de pesos. Islas mantenía contacto con sus inversores a través de disqus en Fondeadora y un grupo privado en Facebook, mismo que está inactivo tras su desaparición.

La empresa compartió con los inversores este comunicado:

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Marco y Carlos, dos afectados, compartieron sus experiencias a raíz del caso: la comunicación con la empresa, en la situación del primero, se ha limitado al envío del comunicado. “Dicen que son una plataforma muy humilde, muy buena y que apoyan muchos proyectos, pero en sus términos y condiciones se lavan las manos de los proyectos”.

De acuerdo con su política, similar a la de otras firmas de crowdfunding como Kickstarter, queda estipulado que “no puede garantizar el trabajo del creador y no ofrece reembolsos”. Aun así, se habría interpuesto una denuncia —según se ha informado— por parte de la empresa.

A Carlos le dijeron que ya se presentó una denuncia en contra de Islas, aunque al momento de pedir copia de esta, le contestaron que era imposible compartírsela debido a la recomendación del equipo legal de Fondeadora. “Hace como una semana recibí un correo de Norman (Müller, director general de Fondeadora) y me dijo que iban a investigar (…) que ellos iban a correr con los gastos legales y de investigación”.

Los buenos somos más

Marco, quien invirtió 5 mil pesos en el negocio, asegura que aun después de la mala experiencia que tuvo en su segunda inversión en Fondeadora, sigue creyendo que el crowdfunding y la economía colaborativa son necesarias para que sigan surgiendo ideas que fomenten la creatividad y la tecnología en México.

Aunque fue uno de los defraudados en el proyecto Foodies, asegura que los beneficios que trae este modelo son mayores a lo que hizo una persona y que no es justo que por causa de una sola persona paguen los demás.

Tras el mal trago, Marco aún piensa que se puede aprender una gran lección de todo el embrollo, en el que “todos los actores involucrados nos equivocamos”. Acepta que como inversionista tendría que haberse informado más sobre los antecedentes de creador de Foodies y no dejarse guiar por una sola fuente financiera.

También criticó la postura de los medios de comunicación, a quienes acusa de no haber publicado información bien sustentada sobre el empresario que presuntamente se dio a fuga con el dinero, las ganancias que pronosticaban para la startup y los negocios que supuestamente ya habría arreglado la empresa (aseguraban que ya había alcanzado un acuerdo con El Fogonazo, ahora conocido como Taquearte).

Por cada Foodies existen proyectos como Laboratoria, quienes capacitan en desarrollo web a jóvenes que viven en zonas económicamente marginadas; Kitcel, quienes transforman desechos en materia prima, reduciendo la generación de basura; o la campaña Latiendo por Fer, que unió a más de 808 fondeadores para pagarle una operación a una chica de 24 años.

Carlos perdió 3 mil pesos en la operación y acepta que falta regular el modelo, pero también afirma que continuará aportando dinero a nuevas propuestas a través del crowdfunding porque, aunque suene trillado, “los buenos somos más“.

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