Coordenada 2016, el festival que puso a Guadalajara en la mira

Por: Abraham Huitrón
Fotos: Miguel Lozano

Cual oasis en el desierto, la gente se arrincona en la sombra que se proyecta a un lado del escenario. Los lentes obscuros, gorras, sombreros y shorts ajustados atiborran el lugar: definitivamente el mejor outfit para soportar la incesante ola de calor. Otros valientes –retando al Dios Ra–, vienen completamente de negro.

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De fondo suena “No Coke” de Quiero Club, quienes comienzan a reunir al público, mientras el sol golpea sin piedad. Marcela anuncia que el siguiente año habrá música nueva del grupo originario de Monterrey.

En el otro lado del parque, se ve como a De Nalgas les importa muy poco el calor. Salen vestidos completamente de negro, y reventando los oídos con sus atascados riffs de guitarra. Le mandan un mensaje a los políticos de este país, les exigen que las cosas se arreglen hablando, “¡yo no voté por ese wey!”, de fondo suena “Vergaviota”.

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Durante las primeras horas del día, te puedes mover libremente de un escenario a otro. Caminar por el Parque Trasloma parece un juego, es cómo cruzar un laberinto donde montículos de pasto y hasta plantas de agave nos señalan el camino y nos invita a sentarnos en medio de ellas.

Por momentos hay partes empedradas, otras con pasto y unas con tierra, de donde emergen puestos de comida y stands de diferentes marcas. Ahí puedes comprar algo para refrescarte con el innovador sistema en el que “abonas” dinero a tu pulsera. Hasta los de las chelas cargan la “maquinita” para cobrarte. Un método bastante cómodo.

La fama de la belleza de las mujeres de Guadalajara se comprueba a cada paso que damos. Las mujeres guapas y por supuesto melómanas, engalanan al Coordenada. Otros desfilan con gorras fosforescentes, sombreros negros al estilo de Slash y máscaras de emojis, todo esto salido de los distintos stands y actividades que hacen aún más entretenida la experiencia de un festival. Ahí uno puede participar en distintos juegos, o simplemente sentarte a cargar tu celular, algo vital en estos tiempos.

Conforme baja el sol, crece también el número de personas caminando, aunque varios deciden recargar energías y se sientan en las zonas de pasto, guardándose porque todavía hay mucho por ver.

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Sentados en medio de plantas de agave, se reúnen para ver a Meme, quien es recibido con un “oe oe oe, Meme, Meme”. Arrancó presentando una canción que le compuso a Pepe Aguilar, tocando solo con su guitarra, únicamente acompañado de su inseparable caja de ritmos. Después una banda compuesta por sus hermanos le hizo segunda. Su repertorio consistió en canciones que ha escrito para películas como “No puedo parar” de Las Oscuras Primaveras: como él mismo lo aclaró, no tiene disco todavía.
Bueno, hasta se echó un rarísimo cover de “Querida”, que mezcló con el coro de “Sorry” de Justin Bieber, el preámbulo para “Todo va a estar bien”, donde Meme compartió lo divertido que fue grabar el video en el Centro del ex DF. Ésta fue recibida con palmas y hasta el público la cantó, como si fuera un clásico que llevará años soñando en la radio, auuuunque es la segunda vez que la toca en vivo.

La gozadera aparece con Los Amigos Invisibles. Los venezolanos llegaron con un sólo propósito, “poner a bailar a todos”. La gente simplemente se dejó seducir. Los coros a todo pulmón cantando al unísono mientras los cuerpos se contonean. Las voces se escucharon fuerte, gritaban “esas son puras mentiras”.

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Es todo un espectáculo ver a Nick Allbrook: sonríe, hace caras al público y se retuerce sobre el escenario, portando ropa evidentemente más grande que su talla, rota y sucia, pero con mucha actitud.

El toque psicodélico de Pond era la mejor forma de ver al atardecer. Largos solos de guitarra, sintetizadores y secos golpes en la batería, mientras la gente está eufórica. Arriba en el escenario, los australianos no podrían tocar mejor: brincan, saltan, agitan la cabeza.

Esa tarde entendimos porque Nick deja a Tame Impala, su talento merecía un espacio a parte. El ambiente se empieza a llenar con el olor de la marihuana, no hay mejor forma de acompañar estos sonidos.

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Cual marabunta, la gente comenzó a huir para alcanzar un buen lugar para ver a León Larregui. Es impresionante cómo lo quiere la gente, cantan sus canciones, y gritan cada vez que se acerca a cantarles.

Mientras regresando al escenario rodeado de agaves, Juan Cirerol se acaba la voz y las cuerdas de su guitarra, mientras resopla en la armónica con el mismo desdén con el que abordan el amor las letras de sus canciones. La melancolía se apoderó de un abarrotado escenario donde Carla Morrison y su Amor Supremo, aterrizaron en Guadalajara para poner a todos a cantar, y de paso llevarlos de la alegría al llanto. Todo gracias a la potencia de su voz, que sólo se equipara con sus desgarradoras letras.

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Con un “hola” en español, Kele Okereke da inicio al show de Bloc Party. Visiblemente emocionados pues su última fecha para este año es en Guadalajara. Sin embargo al principio el público no parece igual de emocionado. El bullicio se apodera del lugar bajo la obscuridad de la noche. El ambiente se enciende de nuevo cuando suena “Banquet”, hasta los que estaban sentados se levantan de un brinco. La calma regresa, pero se vuelve a ir con “Helicopter”, los clásicos de Bloc Party que nunca deben faltar en sus shows.


Vasos de cerveza vuelan por el cielo , junto a brazos levantados. Hombres surfean entre la multitud, las mujeres se recargan en los hombros de alguien más y agitan los brazos. Empieza Wolfmother y la energía guardada por la expectativa de su concierto, por fin explotó.

Andrew Stockdale es un gran frontman, el maestro de ceremonias de esta ruidosa sinfonía. No está solo, su baterista es una oda a los bateristas de Led Zeppelin y The Who. Tiene el torso desnudo y está a punto de reventar su instrumento. Las canciones cambian a sus versiones de estudio: los solos se alargan, se improvisan al momento, son sublimes. “New Moon Rising”, “Woman”, “Victorious”, y el magnífico, épico cierre con “Dimension”, hicieron del show uno de nuestros favoritos de todo el festival.

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Fiesta, baile, disfrute, eso y más representan Los Fabulosos Cadillacs para México. Ya con el simple hecho de estar sobre el escenario, es motivo suficiente para que el público lo celebre. Por vicisitudes de la vida, llegamos a una zona para personas muy importantes. Aquí el piso tiembla y el alcohol sobra. Todos tienen sus “copitas” de más y las emociones a flor de piel. Es increíble el cariño, pero sobretodo lo enamorado que está Mexico de los Cadillacs. Una veneración casi religiosa: las calaveras y diablitos, el mal bicho, un matador, los vasos vacíos, todas son odas a la banda Argentina.

¿La música? Eso es sólo el pretexto para celebrar que estamos vivos, como siempre lo ha sido.

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