El capitalismo salvaje y “El cuerpo eléctrico” de Jordi Soler

Por Esteban Romero

“Más que encontrarme con la historia de Cristino Lobatón, me tropecé con ella”. De esta manera comienza El cuerpo eléctrico (Alfaguara, 2017), novela más reciente del autor veracruzano Jordi Soler. Y así como el narrador, a trompicones y sopetones, me topé con este relato de ficción creado a partir de un hecho histórico documentado que, a la vista de un ojo poco avizor, puede resultar una simple novela de aventuras, pero que, en realidad, toca temas tan actuales como lo son el narcotráfico, el racismo y la política. La pluma de Soler, en un acto puro de prestidigitación, utiliza la literatura como principal herramienta para confundir la historia creando una narración profética (por momentos espeluznante) que levanta cuestionamientos acerca de los pocos cambios que han sufrido tanto Estados Unidos como México en los últimos 120 años.

La novela nace a partir de Lucía Zárate, liliputiense veracruzana que no mide más de 35 centímetros; sin embargo, curiosamente, la historia no se centrará en ella sino en un personaje sacado de la imaginación de Soler y aún más deslumbrante que la misma Lucía: Cristino Lobatón. Hijo de un francés y de una totonaca, diputado de El Atoyadero, pequeño pueblo en el sur de México, Lobatón es un hombre acongojado por sus orígenes pueblerinos que encontrará en la enana mexicana una oportunidad para escalar en su carrera política. Tras ser presentada en 1876 al mismísimo presidente, Don Porfirio Díaz, Lobatón acompañará a Zárate para ser exhibida en la Feria de Filadelfia y así entablar relaciones amistosas entre ambos países. Tras el fracaso del evento y al descubrir sus dotes como empresario, Cristino Lobatón verá en la pequeña mujer una oportunidad de hacer fortuna en el país vecino. El protagonista de la trama sufrirá una metamorfosis donde se convertirá en hombre cosmopolita y administrador de un freak show, espectáculo bien visto en aquella época, que girará en torno a la vedette mexicana más pequeña de todos los tiempos.

Al desarrollarse la trama, Lobatón encontrará un negocio, no muy honorable, pero por lo menos más redituable: el tráfico de opio. Con un lenguaje irónico que presenta personajes que nunca son buenos o malos sino solamente extraños, Soler introduce la legendaria figura de Cristino Lobatón, arquetipo ideal de cualquier empresario y primer narcotraficante mexicano. La novela, que simula a ratos un reportaje, narrará los viajes del exótico y grotesco grupo para realizar sus presentaciones a la vez que el empresario mexicano distribuye la droga entre los pueblos más inhóspitos de los Estados Unidos. Tras el éxito de Lobatón se encuentra uno de los principales temas de la narración: la creciente occidentalización cultural de un país que, en la época que se sitúa la novela, llevaba solamente cien años de ser independiente. Es en esta etapa de identidad cuando surgen figuras despreciables como el racismo (presente en la novela hacia los chinos) o la idea de poseer una superioridad inexistente dada por mandato divino (manifest destiny).

Walt Whitman, poeta de aquellos días en los que se sitúa la novela, escribió que reinaba un “espíritu de destruir-y-volver a construirlo todo”, momento perfecto para que negocios estrafalarios –estúpidos, incluso– como los de Lobatón triunfaran. Es en ese momento histórico donde también se vuelve más presente el capitalismo salvaje, lugar común en nuestros días en los que, con dinero y poder, todo puede ser obtenido. El cuerpo eléctrico parece una metáfora de la situación actual de los Estados Unidos; Donald Trump parece, paradójicamente, la reencarnación de este diputado mexicano.

Lobatón llega a dos conclusiones, que se antojan escalofriantes, sobre todo en el contexto político e internacional actual: cada minuto nace un idiota y, si la gente no fuera idiota, el mundo sería ingobernable.

Al igual que el clima helado que se vive hacia las últimas páginas de El cuerpo eléctrico, así me quedo yo, aterido, paralizado, horrorizado ante la innegable realidad de un país racista, desigual, idealizado por su propia imaginación dañada y exaltada, en la que se sitúa la novela. Traslapando la realidad con la ficción, Soler presenta una historia alucinante, capaz de exponer realidades palpables que parecen no haber cambiado.

Como bien nos dice Lobatón: “Sólo los idiotas pueden creer en las promesas de un político”, gracias a Dios, que no lo somos.

Jordi Soler, El cuerpo eléctrico, Alfaguara, México, 2017.

 

Comentarios