Contra el zen de oficina

Por Guillermo Núñez Jáuregui

Alguna vez durante mi infancia mi abuelo me comentó que para entretenerse en el campo, donde trabajaba, no sólo contaba con los tacos de arriero que le preparaba mi abuela (de carne de cerdo en pasilla) sino con pequeños guijarros que, me explicó, a veces chupaba para mantener el dolor de caballo a raya.

Años más tarde lo recordé a la luz del hipnótico pasaje de los guijarros que aparecen en Molloy, la novela de Samuel Beckett (si no lo han hecho, pueden leerla en inglés aquí o en español acá). Evidentemente, la jornada de mi abuelo y la mía (paso la mayor parte del día clavado en mi escritorio) son muy distintas, pero tengo una afinidad por el peso que le daba a un amuleto tan sencillo como un guijarro. Para distraerme, yo también juego, a lo largo del día laboral, con mis llaves o con mi pluma, dependiendo de lo que tenga a la mano. La vida laboral del oficinista, y otros miembros del cognitariado, está poblada por amuletos y juguetes corporativos, en los que invertimos una energía tan neurótica como la descrita a detalle en el pasaje beckettiano.

Recuerdo todavía los adornos que se esparcían sobre el escritorio de mi padre, en su oficina, y estoy casi seguro de haber visto ahí una Cuna de Newton (o Péndulo de Newton o Pacificador Ejecutivo, como también se les conoce). Con el paso del tiempo los juguetes corporativos que se supone alivian la neurosis y el estrés del trabajador de cuello blanco se han sofisticado hasta niveles ridículos. Algunas de sus iteraciones más recientes incluso han adquirido la pátina que ofrecen las filosofías de pacotilla, ese orientalismo que llega maltrecho a las oficinas de Occidente. Seguro han visto por ahí los jardines zen miniatura, las “piedras de la preocupación” (que tuvieron un gran éxito en los setenta) o el kombolói griego (un juguete al que más de un usuario le ha de proyectar algún significado esotérico). Es una extraña zona gris, el entronque de la vida corporativa y las espiritualidades materialistas que ofrecen paz, concentración y la capacidad de estar “en el momento”.

Imagen: Shutterstock

La neurosis, por supuesto, va más allá de la vida corporativa. En la sociedad del rendimiento, este desorden es prácticamente una cultura (como lo es el consumo de psicotónicos, legales o no). No debe sorprender que los juguetes que buscan darle una salida productiva –como las bolas de estrés– también se encuentren en el ambiente laboral posfordista; es decir, en el flexible y que se pretende creativo. Hace poco, en una red social, un amigo que solía ser poeta y que ahora se dedica a la programación (o a algo parecido), compartió que había adquirido un Fidget Cube. El juguetito, cuya versión original cuesta casi 400 pesos (incluso la pasta dura de la trilogía beckettiana está más barata) fue desarrollado por el despacho Antsy Labs, fundado por los hermanos Mark y Matthew McLachlan. Además, fue de una de las campañas de fondeo más exitosas (económicamente hablando) de Kickstarter. Pueden leer al respecto aquí.

Lo que no leerán ahí es que se trata de un éxito económico, pero también de un fracaso cultural. La popularidad rediviva del juego corporativo, incluso cuando se ubica en las coordenadas de la cultura supuestamente creativa (que, en realidad, no produce creatividad sino que la consume), sólo habla de una sociedad que está dispuesta a celebrar su estado constante de irritación y estrés. Astutamente, los vendedores de la chingaderita creen que “debemos cambiar la manera en que vemos el estar inquieto. Es un comportamiento que debe dejar de estigmatizarse”. ¿En verdad? ¿No es esto como celebrar al moco para vender el pañuelo?

Foto: Shutterstock

Cada quien, evidentemente, puede dedicar sus energías (o gastar su dinero) como considere más conveniente. Lo cierto es que los tótems y amuletos y juguetes corporativos poseen un gran espectro. Habrá quienes, en lugar de adquirir un flamante Fidget Cube, optarán por morder lápices, sobar patas de conejo, doblar clips o cliquear nerviosamente plumas o ratones de computadora. Este Tumblr archiva las múltiples maneras en que la gente descarga esa parte maldita, a menudo a través de material de papelería oficinesca.

Es un fenómeno semi-interesante que, sin embargo, ha alcanzado vuelos auténticamente artísticos, como se aprecia en la obra de Ignacio Uriarte (Krefeld, Alemania, 1972). Uriarte, quien solía ser un administrador, ha usado los materiales del trabajo inmaterial (la papelería, las celdas de Excel, las plumas Bic, las hojas A4 y un largo etcétera) para crear un amplio cuerpo de obra que opera con la pulsión y concentración que los juguetes corporativos explotan. A diferencia de los adalides del tótem laboral, Uriarte se ha negado a ser productivo. ¿Trabajar y jugar duro? ¿Encausar la distracción del juego hacia trimestres en números negros? Mejor chupar piedras, digo yo.

***

Guillermo Núñez Jáuregui es filósofo y escritor. Es jefe de redacción en Caín y colaborador en La Tempestad.

Twitter: @guillermoinj

Imagen principal: Shutterstock
Comentarios