La fábrica de la infelicidad

Por Guillermo Núñez Jáuregui

En “El fin de la Bella Época”, uno de los artículos que José Emilio Pacheco entregó para su serie Inventario, publicado en Proceso el 24 de octubre de 1977, se menciona a Henri Désiré Landru (a propósito del libro Landru: el asesino muy amado, de Sam Cohen, publicado ese mismo año). En Landru, Pacheco encontró un caso significativo, no tanto por la cantidad de asesinatos que cometió el parisino, sino por la manera en que “las virtudes de la laboriosidad, inventiva y eficacia que en la Bella Época se habían puesto al servicio de la construcción y del bien pasaron intactas al servicio del mal y de la destrucción”. Los propósitos empresariales del meticuloso y diligente Landru lo transformaron en una “fábrica unipersonal de asesinar con el único objetivo de enriquecerse”. Para Pacheco (como para otros podría serlo Andreas Dippold o el infame H.H. Holmes), en los banales pero efectivos métodos y procedimientos de Landru ya podía adivinarse “un modesto aunque aterrador antecedente de Hitler”.

Hubo diligentes e inventivos precursores de los horrores puestos en marcha por el nacional socialismo, es cierto, pero también debemos reconocer que sus descendientes siguen muy activos. Basta echar un vistazo al estado del mundo para reconocer que el fascismo sigue siendo una fuerza política (escandalosa por real), que los intereses particulares siguen alineándose con supuestas políticas públicas y que sus estrategias, como ocurría con Landru, son seductoras por parecer banales o ridículas (nadie le teme a lo que es ridículo, como podemos constatar quienes en el futuro podremos asegurar que estábamos más o menos vivos cuando Trump ascendió al poder). Como señaló Franco Berardi “Bifo” en La fábrica de la infelicidad (2003), el régimen mundial al que estamos sometidos promete trabajos en los que uno ama lo que hace, en la que los artesanos, trabajadores e intelectuales se “realizan” cediendo el paso a esquemas laborales flexibles y matando el tiempo con espectáculos de todo tipo (pero siempre de un mismo género, a saber, del que cobra por disfrutar). Sobra decir que los libros de Bifo merecen leerse si uno busca comprender la compleja naturaleza de los tiempos que corren, de nazismos reemergentes, pero que también éstos han sido tematizados (por decirlo de alguna manera) culturalmente.

Algo de esto vino a mi mente a raíz de Poly, Pluto, Plorila exposición de Atelier Van Lieshout (el estudio fundado por el artista holandés Josep van Lieshout) que aún puede visitarse (al menos durante esta semana) en la galería OMR de la Ciudad de México. La exposición da un vistazo general al trabajo de Van Lieshout, incluyendo piezas de diseño (libreros, sillas, lámparas) y obra reciente, pero las que más llaman la atención son aquellas donde se aprecia una crítica a los sistemas que por alguna razón seguimos manteniendo como si fueran instituciones con cierto grado de pureza (desde museos hasta sistemas económicos). Juguetón, el taller tiende a reducir estos sistemas al absurdo, evocando su parecido con los digestivos: se ingiere, se aprovecha y se desecha (el retrete es un leitmotiv en su trabajo). Las formas de la mayor parte de las obras esculturales tienen algo de infantil, como si estuvieran inacabadas o no ofrecieran amenaza alguna (caricaturescas, a mi modo de ver). Tal vez sea esa misma levedad la que recuerda que también lo ridículo (como un payaso asesino) puede ser peligroso.

Foto: ateliervanlieshout.com

Encuentro, al menos en esto, una cercanía con los dioramas dantescos de los hermanos Chapman –que, sin abandonar la sátira, tampoco quitan el dedo del renglón sobre las consecuencias funestas de la razón instrumental que opera  en el capitalismo avanzado. Pero el humor y la caricatura pueden poco, ¿no es cierto? La risa comienza a tener un gusto desesperado cuando asomamos la cabeza, ya no digamos al estado del mundo sino a las particularidades que ofrece su cruce con la realidad del país (donde no hay campos de exterminio pero hay fosas comunes). Para acabar, por esta semana, vuelvo con José Emilio Pacheco, por quien también llego a estos versos que el poeta peruano José Santos Chocano le dedicó a México:

México terrorífico y fulgurante,

Que trabajar pareces con torvo empeño

En agregar un círculo a los de Dante…

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Guillermo Núñez Jáuregui es filósofo y escritor. Es jefe de redacción en Caín y colaborador en La Tempestad.

Twitter: @guillermoinj