¿Alguien dijo teoría? La teoría y las galletas

Por Francisco Serratos

En mi entrega anterior planteé una serie de preguntas que prometí no contestar, sino contextualizar su origen. Para ello, utilicé la palabra problematizar. Quisiera comenzar este proceso contestando, ahora sí, una pregunta que me ayudará a desarrollar el tema, y es la siguiente: ¿qué es teoría? Hay muchas respuestas y la mayoría de ellas podrían darse citando a teóricos que han tratado de definirla. Pero hacer esto, además de tedioso, me parece inaceptable debido a que se cae en actitudes chovinistas y pesadas. Sería como preguntarle a un perro qué significa ser perro; probablemente, nos diría que es lo mejor del mundo y que no hay nada más placentero que conocer a otro perro oliéndole el trasero. O sea, que un teórico diga qué es la teoría es un acto de autoerotismo innecesario para nuestros ojos.

Partiendo de esto, daré la mejor respuesta posible, por no decir simplista: la teoría es una forma de lectura, y cuando digo lectura no me refiero nada más a libros y textos, sino también a otro tipo de documentos; por ejemplo, una serie de televisión, una pintura, una canción, un videojuego e incluso una película porno. Todos podemos ser teóricos porque, como es una forma de lectura, también es una manera de entender y construir nuestra realidad. Por lo tanto, la teoría es, aunque parezca contradictorio, una práctica que nos ayuda a interpretar nuestra vida a través de documentos culturales. Cuando hablamos de un personaje en un libro o película que nos atrae por su orientación sexual, por su belleza, por su condición social, por su habla, por su ropa, por su personalidad, etcétera, desde ese momento estamos usando una teoría.

Ahora bien, que todos podamos ser teóricos no significa que podamos criticar libremente o que podamos ser escritores, o pintores, o cantantes, mucho menos actores porno. Para hacer teoría es necesario cierto conocimiento, cierta metodología que, desgraciadamente, también requiere la adquisición de más conocimientos. No podemos analizar un documento cultural sin antes haber estudiado cómo se creó, cómo se consumió y recibió en la sociedad; es decir, la teoría, tal y como se practica hoy en las universidades y otros ambientes intelectuales, no se concentra sólo en el mero documento —hay teorías que sí lo hacen, pero se consideran pasadas de moda—, sino en todos los aspectos que orbitan en torno a la obra, desde la biografía del creador, la política, la economía, la sexualidad y la religión, por nombrar algunos. Como dijo el teórico Paul de Man, la teoría sucede cuando el acercamiento a una obra rebasa lo lingüístico, lo literario/artístico y lo formal. Por tanto, la teoría no responde la conservadora —e incontestable— pregunta de “¿qué es el arte?”, sino “¿cómo sucede eso que llamamos arte?”

¿Suena interesante? Bueno, pues para la mayoría de los escritores e intelectuales mexicanos que leemos en sus columnas de opinión, por el contrario, lo consideran aburrido y elitista por dos razones: aburrido porque la teoría, por ser una metodología, va en contra de la imaginación, la creatividad y la sensibilidad; elitista porque se requiere un conocimiento sólo alcanzado por aquellos que tienen un grado académico. Ambos razonamientos son simplistas, explico por qué.

Comencemos con el primero: muchos críticos mexicanos rechazan el uso de la teoría en documentos que no sean literarios: para ellos, las bellas artes están muy por encima de cualquier otra disciplina, como el cómic, la ciencia ficción, las series de Netflix, o las canciones de reggaeton, y aplicar un análisis sofisticado en estas obras no sólo es una pérdida de tiempo, sino un sacrilegio. O sea, para este tipo de intelectual, quien rara vez habla de otra cosa que no sean libros o de Literatura con ele mayúscula, lo relevante a la hora de leer una obra no es la política de un texto, sino aquello que la naciente clase burguesa en el siglo XIX llamó el “gusto”, el placer de la lectura, la delicadeza de un verso o la fluidez de una prosa; todos valores de una clase que buscaba sofisticarse y separarse al mismo tiempo del resto de la humanidad. Este tipo de crítico juzga: me gusta/no me gusta; lea este libro/no lo lea; no analiza, sermonea. Mientras que el teórico, por otro lado, interpreta: ¿qué situaciones políticas, económicas, sociales, sexuales y de raza son determinantes para crear y leer una obra?

Ahora bien, si lo vemos desde esta perspectiva, ¿quién es realmente aburrido: el crítico que rechaza estos documentos o los teóricos/académicos que los analizan con seriedad?

El segundo argumento es mucho más complejo de desmontar. Dicen los críticos y escritores que la teoría es una disciplina que se desarrolla en los salones universitarios y no sale a las calles —¿recuerdan a Lukács?— y que utiliza conceptos abstractos inservibles para la vida cotidiana: teoría queer, feminismo, marxismo, deconstrucción, poscolonialismo, postmodernismo, ecocrítica: ¿quién necesita eso? Y los profesores, añaden, son una clase privilegiada que, como el Monstruo de las Galletas, publican artículos incomprensibles para la mayoría de las personas y se congratula por ello en cada congreso celebrado en el extranjero mientras toma café y… pues come galletas. Para el escritor/crítico, el académico ha construido un castillo de papers en el aire y una “izquierda cobijada por papers“, como dijo un famoso escritor mexicano radicado en Nueva York recientemente. No obstante, pertrechado en su superioridad cuando espeta estos enjuiciamientos, el escritor olvida algo: que los profesores no dialogan y colaboran nada más entre ellos, sino que lo hacen con lo más valioso que tenemos como sociedad: los estudiantes —en la próxima entrega ahondaré más sobre este aspecto—. Además, y este punto repercute el bolsillo de los autores, cuando académicos y estudiantes leen, discuten y dialogan lo hacen sobre la obra de esos mismos escritores que los menosprecian de aburridos, elitistas y “poco creativos”. Es decir, el escritor, al despreciar la academia, se está dando un tiro en el pie, porque pierde a los que son tal vez sus lectores más dedicados.

Siendo así, de nuevo, vuelvo a preguntar: ¿quién es realmente el conservador?

En la próxima entrega desarrollaré más este segundo punto y hablaré de la teoría y su relación con la educación pública para ahondar un poco sobre la crisis de las humanidades en el sistema educativo neoliberal y, de paso, tal vez, aclarar algunas de sus posibles dudas y puntos pendientes. Por ahora, los dejo con dos botones de muestra sobre cómo la teoría se usa para analizar documentos “no literarios”. El primer ejemplo es un video-ensayo sobre Ghost in the Shell —la original, no la vomitiva reciente versión— que usa las heterotopías de Foucault; el segundo, es una larga disertación antropológica sobre mitos y héroes en uno de los video juegos que más me ha obsesionado, Bloodborne, inspirado —no basado— en la obra del escritor H. P. Lovecraft.

Por ahora, mi café se enfría y las galletas me esperan.

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Francisco Serratos es autor de Breve contra-historia de la democracia  (de próxima publicación) y profesor de la Washington State University.

Twitter: @_libretista

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