Un monstruo perfecto: Colossal

Por Miguel Cane

Es innegable el carisma y el talento de Anne Hathaway, que destaca en cualquier cosa que emprende, incluso, en una cinta tan difícil de clasificar —pero tan satisfactoria si se le tiene paciencia y se entra en su juego— como lo es Ella es un monstruo (el bastante chafita título en español que le pusieron a Colossal) la segunda cinta en inglés (y cuarta en la carrera) del español Nacho Vigalondo, el director de Los Cronocrímenes, que es un cineasta muy interesante.

Sus películas y cortometrajes toman conceptos clásicos de la ciencia ficción, como viajes en el tiempo, invasiones extraterrestres o dimensiones paralelas, y los usan para explorar de la forma más íntima posible elementos tan humanos como las relaciones de pareja, la obsesión y la lujuria.

Colossal no se aleja de este formato y presenta la historia de Gloria, redactora de un sitio web  de chismes, que es alcohólica, drogadicta y neurótica, y cuya vida en Manhattan colapsa al mismo tiempo que pierde su trabajo y su relación con Tim (Dan Stevens, el guapo de La bella y la bestia) implosiona. Sin dinero ni prospectos, regresa a su pueblo natal y ahí se reencuentra con Oscar (Jason Sudeikis), un amigo de su adolescencia, que al principio es su apoyo en su paso por una temporada depresiva, hasta que descubren de manera fortuita que hay una relación directa entre Gloria y un Kāiju —monstruo enorme onda Godzilla— que ataca y destruye Seúl y que en cierta forma es un reflejo de la propia mujer y su estado anímico en crisis.

¿Complejo? Claro. Pero si le entras, resulta sumamente satisfactorio, sobre todo porque no es lo que parece y tampoco es simple de categorizar; al principio, tiene elementos de  melodrama social, con toques de comedia, hasta que se convierte en una cinta muy, muy diferente. Un ejemplo claro de esto es que la criatura no es un sueño o un giro inesperado en la trama: se trata de un elemento clave para la historia y sirve mucho más que como una simple metáfora sobre la actitud autodestructiva de la protagonista.

Vigalondo rompe con todas las convenciones sobre los géneros, y se lleva al espectador a lugares insólitos, aún si se vale de los lugares comunes de cintas como 28 días (¿la recuerdan? Era aquella película de Sandra Bullock donde era como Miss Congeniality en rehab) o Cloverfield, de pasadita sacándonos algunas risas (histéricas) en medio de una trama que se va tornando más y más oscura.

Como pieza central, hay un gran trabajo de Anne Hathaway como Gloria; confirma que no sólo es una actriz espléndida, sino que también es valerosa y le entra a las ondas más raras con el mismo aplomo, carisma y entrega que le ha entrado a cintas más comerciales. Otra sorpresa es la aparición de Jason Sudeikis, un tipo que hasta ahora se había anquilosado interpretando patanes medio pendejos en múltiples comedias mediocres, que hace un trabajo formidable en el rol de Oscar. Se trata de un personaje con un rango enorme y pasa de ser el güey más buena onda del mundo a convertirse en algo muy diferente (y hasta aquí, porque decir algo más es spoiler).

Esta evolución de los personajes y de la trama va despojándolos de artificios y los muestra en perspectivas interesantes y hasta perturbadoras; es difícil empatizar con Gloria, ya que es una mujer llena de defectos y que ha cometido muchos errores, algunos de manera deliberada; sin embargo, Anne consigue que el espectador se enganche con ella y que le importe a uno lo que le pase; queremos que pueda superar lo que ha hecho, pero su principal obstáculo son las relaciones tóxicas en su vida.

En cierta forma Colossal (lo siento, me rehuso terminantemente a usar el pedestre título en español; aquí sí los genios del marketing le echaron la güeva a la hora de bautizarla y se nota un montón), sigue la línea de filmes como Mad Max: Furia en la carretera, La la Land o Wonder Woman, al seguir una marcada tendencia de enfoque feminista en sus tramas y desarrollos y nos presenta el drama que enfrentan muchas mujeres rodeadas de hombres, en distintos roles en sus vidas —padres, jefes, novios, amantes, colegas— que buscan controlarlas mientras disfrazan su intención con el barniz una amistad desinteresada, pero que esconde otros propósitos. Incluso, el aparentemente bienintencionado ex novio no hace más que atacarla emocionalmente por las decisiones que Gloria toma, que él, paradigma de lo correcto y la perfección (bueno, es después de todo, el tan llorado Matthew de Downton Abbey, que logró conquistar a la dificilísima de la Lady Mary), considera que son equivocadas (y que se reflejan mal en él, naturalmente).

En cierta forma, Colossal es una película que explora las maneras en que nos relacionamos con los demás y también el cómo nos responsabilizamos por las consecuencias de nuestros actos; Gloria es por lo mismo, un personaje muy complejo y contrapuesta a Oscar (y a la criatura), muestra una perspectiva que habitualmente no se deja ver en personajes principales: está dañada, y lo afronta, sin la posibilidad de que haya una redención casi mágica a lo que ha hecho.

En otros aspectos de la cinta, es de notar que a pesar de no contar con un presupuesto elevado (en total costó menos de 10 millones de dólares, ínfimos si se comparan con los muy bien aprovechados 150 de Wonder Woman) goza de muy buenos efectos especiales. El Kāiju, por ejemplo, luce espectacular, aunque se nota que utiliza algunos trucos muy astutos para cortar costos (por ejemplo: muy pocas veces lo vemos completo, y la acción en Seúl transcurre casi exclusivamente de noche).

La resolución que plantea Vigalondo a esta situación es, al mismo tiempo, sorpresiva y devastadora, lo que hace que tanto el filme como el trabajo de Anne en su personaje sean algo completamente fuera de lo común, y que debe ser visto, tanto por el espectador que gusta del cine de arte, como por los que se aventuran a ver algo desconocido. Colossal es un raro ejemplo de una mezcla de géneros tan sólida como inesperada: no es una comedia romántica (es más bien negra) y no es una película de terror, pero tiene elementos que nos confrontan con nuestros propios monstruos internos. Sus excelentes actuaciones, su trama anticonvencional, y su manejo de la angustia existencial por el filtro del humor socarrón, la convierten en una alternativa a la oferta habitual en cartelera; amén de que ver una de las interpretaciones femeninas más destacadas de los últimos años, a cargo de Anne, bien vale el desafiar la inercia del cine comercial y aventurarse en una dimensión escondida, desconocida, que puede que nos revele algún aspecto de nosotros mismos. Y es que, en cierta forma, queriéndolo o no, todos llevamos un monstruo dentro.

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Miguel Cane es narrador, periodista cinematográfico, crítico y dramaturgo –desde hace 20 años vive de escribir y no se explica todavía cómo le hace. Es autor de las novelas Todas las fiestas de mañana y Corazón caníbal y las obras Somos eternos, Laura Dieste y Almas perdidas. También del inclasificable Pequeño Diccionario de Cinema para Mitómanos Amateurs. Tiene un gato llamado Llewyn y su película favorita es El bebé de Rosemary (Polanski, 1968).

Twitter: @aliascane

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