10 cosas que hiciste si fuiste un niño de farmacia que vivía en las maquinitas

Con lo accesible que son los videojuegos hoy en día, este medio de entretenimiento se encuentra en su punto de popularidad más alto en toda su historia.

Sin importar qué tipo de dispositivo tengas (consola, computadora, celular), los videojuegos se han convertido en parte esencial del entretenimiento moderno.

Pero no siempre fue así. No señor, antes los videojuegos eran algo que sólo la gente con dinero se podía costear.

No sería hasta la proliferación de la piratería gracias al formato de discos de consolas como el PlayStation y Dreamcast, que la distribución de juegos comenzó a llegar a todos las clases sociales.

Entonces, ¿antes cómo es que jugábamos? Para los que ya estamos veteranos, recordamos con mucho cariño las salas de arcade, o como les llamábamos nosotros, “Las Maquinitas”. (Para los fresas: ¡Recórcholis!)

Como si de tiendas de conveniencia se tratara, no había barrio alguno que no tuviera al menos una maquinita. Bueno, ¡hasta en los hoteles había, caramba!

Pero el clásico para nosotros los mexicanos, era la maquinita que se encontraba en la farmacia, tortillería y hasta en las papelerías.

Nunca antes estos sitios se encontraron invadidos de tantos escuincles, quienes gustosos acompañaban a sus padres al mandado. Sin embargo, no era para comerse una rica tortilla caliente, oh no, ¡íbamos con la intención de que la fila fuera enorme para al menos desquitar una vida por tostón!

Hoy, tanto niños como adultos no tienen la necesidad de salir de sus hogares para poder jugar, gracias a que el juego en línea les permite echar la reta con millones de personas alrededor del mundo. Pero en aquellos ayeres, las cosas eran muy distintas.

Y con tanta cosa nostálgica regresando en estos momentos, se nos vino a la mente todos los malabares que hacíamos para seguir alimentando a la maquinita por una vida más:

1. Ir por las tortillas y regresar con las manos vacías

No hay cosa que moleste más a un niño que el tener que hacer un mandado. Por lo general, nuestros padres logran encomendarnos estas tareas en el momento menos oportuno.

Pero mamá, ¡Goku se va a convertir en Supersaiyajin!

Pero antes, esto era una oportunidad para encontrar tierras más prometedoras. Esos 2 o 3 pesos que nos daban para comprar tortillas, por lo general acababan como créditos para una reta más de King of Fighters o para machacar a cientos de navecitas.

El machacar botones al unísono de los movimientos de palanca y el dejar clara nuestra supremacía, hacía que se nos olvidara por completo que al llegar a casa, nos encontraríamos con una de las visiones más espantosas del mundo.

Sin embargo, todos los chanclazos del mundo valían la pena cuando le pateábamos su trasero superpoderoso a Rugal.

2. Quedarse con el cambio

Aunque no lo crean, los mandados eran la manera en que un niño podía hacer dinero. Y no nos referimos a que nos pagaran por hacerlos, simplemente que siempre encontrábamos una excusa para quedarnos con los cambios.

Centavos

Nuestras miradas nunca se iluminaban tanto como cuando nuestros papas nos daban 10 pesos para comprar el pan, ¡ya que sabíamos a la perfección que siempre iba a quedar cambio!

Claro, aprendíamos a la mala que ser codiciosos no era nada bueno, pero el apañarse dos o tres pesitos era lo mejor.

3. Buscar monedas hasta por debajo de las piedras

Debido a que nuestras triquiñuelas para hacernos del cambio se hacían cada vez más obvias, no nos quedaba más opción que cazar monedas sueltas.

Centavos

Desde buscar entre las almohadas del sillón, hasta buscar debajo de las camas y otros muebles. Vaya, hasta con gusto hacíamos la tarea de separar la ropa para lavar, esperando que encontráramos una que otra moneda en los pantalones y a veces, hasta una moneda de 10 o 20 pesos… claro, esos por lo general estaban destinados para un cochecito u otra chuchería.

4. Adular y hacer la barba a la tía buena onda para que nos dieran un tostón

Por lo general, siempre hay un miembro de la familia al que con hacerle la barba podíamos hacernos de dulces y globos. La tía buena onda que nos consentía, siempre era la mejor opción para asegurarnos de unas cuantas vidas.

Claro, esto siempre requería algo de esfuerzo. Cuántos de ustedes no se gastaban la típica frase de: vamos, tía bonita, es solo una vida y ya.

Esto por lo general nos aseguraba al menos entre dos o tres pesos, y si la agarrábamos de buenas, hasta cinco morlacos podían ser despilfarrados en una buena partida.

 5. Mantener secuestrados a nuestros padres en la farmacia

Casi siempre, la tortillería y la panadería eran sitios a los que nos mandaban solos, pero la farmacia por lo general íbamos acompañados por nuestros padres.

Esto nos daba la oportunidad de pedir una moneda para la maquinita estacionaria del local. Había veces en que nuestras súplicas no rendían frutos, pero cuando lográbamos hacer que se apiadaran de nosotros… pobres de ellos.

Sabiendo que sólo teníamos una moneda, ese era el momento donde nuestras habilidades incrementaban como si hubiéramos hecho un Kaio-Ken aumentado cuatro veces.

En ese momento, nuestros padres se convertían en suplicantes, pero para nosotros el mundo dejaba de existir.

¿Ya vas a acabar?, ¿ya apúrate que se nos hace tarde?, eran las suplicas de nuestros padres, pero nosotros no hacíamos caso.

6. Apartar nuestro turno con una moneda

Sin importar los improperios que se expresaran en la maquinita y la bola de niños alrededor, había una regla que no se podía romper y que era respetada por todos.

Mientras que en todos lados debemos de hacer fila, en las maquinitas nuestra moneda era la que apartaba nuestro lugar. De alguna manera, ese tostón era sagrado y a nadie se le pasaba por la cabeza apañárselos y de ser así, era desterrado.

De manera sumamente irónica, esa fila era la muestra definitiva de verdadera igualdad, ya que no importaba si tenías mucho dinero, solo se podía poner una moneda por turno. Si querías volver a jugar, debías de hacer fila otra vez… es curioso como nos podíamos organizar de tal manera.

7. Cuando ni Rugal nos podía vencer

Nunca faltaba el chavo que se las sabía todas y más allá de disfrutar del juego, buscábamos con ansias vencerlo. Uno veía pasar moneda tras moneda, mientras aquel campeón de campeones seguía inamovible.

Es por eso que cuando lo lográbamos sacar del camino y convertirnos en el nuevo campeón de la farmacia, la adrenalina nos consumía y hacía sentirnos todo poderosos.

¡Ese momento en el que hasta Rugal nos hacía los mandados!

8. Ir a Reino Aventura…. a jugar maquinitas

Sí, ya sabemos que recordar Reino Aventura nos hace ver como ancianos. Antes de que fuera Six Flags, Reino Aventura era el parque al que todo niño quería ir. Además de sus montañas rusas, la Casa del Tío Chueco y ver el espectáculo de Keiko, la Casa de Mario Bros era una de las atracciones favoritas de los niños.

Desde el cuarto de los espejos, hasta la habitación giratoria. Pero lo que realmente nos atraía de este lugar, era su sección de juegos. Maquinitas de todo tipo y hasta consolas para jugar, nuestros corazoncitos retumbaban sin igual al ver tantos pixeles juntos.

Sin embargo, la razón de estar en el parque era para disfrutar de los juegos mecánicos y no estar pegados a un monitor… aún así, siempre convencíamos a nuestros padres, tíos o primos de dejarnos al menos 10 minutos.

9. Olvidar el mandado en la farmacia

Había días en que las estrellas se acomodaban y nuestra ida al mandado salía a la perfección. Esas veces que nuestros papás nos daban dinero de más y nos decían las palabras mágicas: si te sobra cambio, puedes quedártelo…

Cuando estas mágicas palabras salían de los labios de nuestros progenitores, el mundo enmudecía y ni tardos ni perezosos salíamos disparados por la puerta, dejando a nuestros padres gritándonos algo más, pero ya era tarde.

Llegábamos a la tortillería, panadería o papelería, comprábamos nuestro mandado y nos perdíamos por completo en la maquinita más cercana. Como si el mismo dios nos estuviera echando porras, jugábamos como nunca.

En nuestro regreso a casa, nos sentíamos como todos unos ganadores. No sólo habíamos llegado al jefe final en tiempo récord y habíamos podido dejar nuestras siglas en la tabla de los 10 mejores, sino que además, habíamos cumplido con el mandado y… esperen, ¿¡y la bolsa del pan!?

Ese momento en donde las palabras que nuestros padres gritaron al momento de salir disparados como locos, resonaban como nunca: ¡no se te vayan a olvidar las cosas!

En nuestra emoción, se nos olvidó por completo la bolsa del pan… toda nuestra alegría se convertía en horror, ya que sabíamos perfectamente que el terror caería sobre nosotros…

Esto nos lleva tal vez a la lección más importante de todas…

10. Aprender a esquivar la chancla

El error de haber dejado el mandado en la farmacia, de habernos gastado el dinero de las tortillas, o atrevernos a quedarnos con el cambio, todos estos actos nos llevaban al mismo destino.

Más allá de los regaños y castigos, había un arma infalible para hacernos temblar de miedo. Vaya, hasta una criatura tan temible como un cocodrilo le tiene miedo a esta poderosa arma… ¡la chancla!

Por lo general, siempre hemos visto a nuestras madres como seres lentos y un tanto torpes. Pero cuando la regábamos y gacho, como si de un rayo se tratase, ¡tomaban la chancla en cuestión de fragmentos de segundo y nuestras rocillas mejillas recibían el fregadazo!

Obviamente, nunca aprendíamos la lección y con el tiempo, aprendíamos a esquivarla. Así como Goku aprendió a leer los movimientos del Maestro Karín, nosotros podíamos anticipar los chanclazos.

Sin embargo, algo que nadie ha podido perfeccionar, es evitar la chancla voladora, ataque que siempre resultaba en un “¡Crítico!” y siempre era “¡Super Efectivo!”

¡Qué tiempos aquellos!

Y ustedes, ¿qué cosas hacían por una moneda?