¿Lluvias “atípicas”?

Por José Ignacio Lanzagorta García

Una rendición más del Estado mexicano está ocurriendo ante el régimen de lluvias. Una derrota más. Un nuevo costo de la corrupción y de la ausencia de incentivos para la coordinación. Y no, no tenemos un clima monzónico. Tampoco estamos en el Sahara. Al contrario, en la mayor parte del territorio nacional predomina un año dividido en una temporada seca y otra húmeda con mayor concentración de lluvias en los meses de verano. Año con año son las tormentas y ciclones tropicales las que patrocinan inevitables devastaciones. A veces los frentes fríos de invierno nos traen también aguas que pueden resultar catastróficas. A veces El Niño nos puede alargar la sequía por un par de años seguidos.

Padecemos fenómenos extremos donde, si la destrucción resulta inevitable, la recurrencia y conocimiento de éstos debería ser suficiente para evitar o aminorar la desgracia humana. Algo hemos aprendido, pero muchas veces fracasamos en ello. Los fenómenos regulares no extremos, en cambio, no deberían ser un padecimiento, sino una fuente de nuestros saberes, una relación de mutua domesticación ya muy trabajada. Pero ya no. Se ha vuelto chiste y, aun así, para los políticos parece ser todo un recurso: de unos años para acá, no ha sido raro escucharlos decir que una tormenta aquí o allá es una “lluvia atípica”.

Algunas manifestaciones del cambio climático empiezan a ser evidentes en diferentes formas a lo largo del territorio. Al parecer, al menos en la zona central del país no será tanto lo tupido, sino lo duro. Es decir, poco a poco, dicen, el promedio de agua que nos caerá año con año en la zonas centrales de México será el mismo, sólo que en menos episodios. Más agua, menos veces. Eso significa más inundaciones y menos aprovechamiento del agua que cae ante la emergencia de drenarla. Para algunos, las lluvias que hemos experimentado en esta temporada en el Valle de México ya son una señal de esto. Quién sabe. Ciertamente, todos los años experimentamos más de una docena de tormentas especialmente intensas. Sin negar las señales de cambio, me parece que al menos en el régimen de lluvias del Valle de México la transformación no es aún indiscutiblemente perceptible.

Lo grave es, entonces, que nuestras típicas lluvias mejor se volvieron atípicas. Teníamos décadas discutiendo y elaborando grandes proyectos de infraestructura ya fuera para aprovecharlas o para desecharlas. Ahora preferimos malmirarlas. Las gigantescas obras de drenaje que comenzaron en la administración pasada en el Valle de México se heredaron a esta administración y, como todo lo que tiene que ver con infraestructura en este gobierno y particularmente si toca el Estado de México, todo es opacidad. El Túnel Emisor Oriente que, si bien es una obra controversial pues pone el énfasis en simplemente desaguar el valle, tenía que haber concluido en 2012… luego en 2015, luego en 2016… Ahora, dicen, lleva el 75% de avance. Sus costos se duplicaron. El Valle de México se sigue inundando. Su pecado mayor parece haber sido diseñada y comenzada en una administración de otro color. Habría que investigar si, encima, no se convirtió en otra mina de oro de los corruptos.

Foto: Susana Gonzalez/Getty Images

Y mientras el Túnel Emisor Oriente se ahoga, el Poniente II recibe la supervisión del Presidente y sus obras se apuran. Sin demeritar la urgencia y necesidad de esta infraestructura, no sorprende que se trata de un túnel que si bien se articula a todo el sistema, sus efectos más inmediatos de desagüe son en municipios donde ha gobernado el PRI la última década. Mientras el Túnel Emisor Oriente se ahoga, Mancera en los últimos minutos antes de su eventual renuncia para buscar una candidatura presidencial solicita otros 10 mil millones de pesos para infraestructuras de desagüe. Esas lluvias atípicas pueden ser muy lucrativas.

En todo caso, lo que queda es la lucha del Estado mexicano contra su propio clima. Y en este contexto de poca coordinación, de corrupción, de impunidad y de falta de contrapesos adecuados, cualquier tormenta ha convertido nuestra a veces privilegiada meteorología en un clima extremo. Sería ideal crear nuevos mecanismos de gobernanza y administración pública de escala regional que supere los problemas de realizar grandes obras de infraestructura en zonas atravesadas por diferentes entidades políticas; garantizar la continuidad y ajuste de proyectos de largo plazo que superen las lógicas electorales. Pero hasta ahora no hemos podido lograr ni lo más elemental: castigar al corrupto. Si no logramos, por ejemplo, que tras el desastre del Paso Express haya consecuencias para los responsables, hasta la más ligera de nuestras lloviznas se convertirá también en una lluvia atípica.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito