Aquí nos tocó vivir

A un año de tu ausencia, Juan Ga

Por José Acévez

Tras un año de su muerte, los homenajes a Juan Gabriel parece que se mantienen vigentes. ¿Y es que en algún momento será prudente dejar de hacer distinciones al divo de Juárez?

Sin duda, su partida representó un enorme vacío para la cultura popular mexicana y hasta hispanoamericana, un trono que se antoja imposible de ocupar (igual que le pasó a él cuando comenzaba su carrera en los años posteriores a la muerte de otro irremplazable: José Alfredo Jiménez). Es riesgoso pero provocador preguntarnos si existirá algún otro compositor que pueda darle voz a los sentimientos de este país. ¿Podrá alguien educarnos emocionalmente como lo hizo Alberto Aguilera?

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Y es que el innegable talento de Juan Gabriel (nombre artístico que apropió en honor a su protector y maestro de guitarra, Juan Contreras, y a su padre) se encontró con las condiciones históricas necesarias para construir una narrativa que definió al México que estaba por entrar a las filas del consumismo globalizado. Si para componer la emotividad nacional, Agustín Lara y José Alfredo Jiménez —acaso sus principales predecesores—, pudieron aprovecharse de la maquinaria industrial y simbólica del cine de oro para darle caballerosidad, temple macho y mística vanidad tequilera a esa figura que representó al mexicano en el siglo XX, Juan Gabriel se insertó justo en esas otras dimensiones emocionales que habían sido olvidadas en la altivez ranchera y bohemia. La premisa no era la fortaleza lírica de Lara o el resentimiento ahogado de Jiménez; no, en Juan Gabriel mandó la honestidad y el arrojo emotivo. Juan Gabriel dio cabida, voz y eco a manifestaciones sentimentales más ligadas a lo que comúnmente se relaciona con lo femenino (no por nada fue compositor de cabecera de iconos como Rocío Dúrcal y Daniela Romo o la figura de su madre fue tan relevante en sus líricas); construyó un estilo musical que oscilaba entre el ranchero y la bohemia, pero coqueteaba con las melodías del rock de Los Hermanos Carrión y Angélica María; y llevó a los escenarios la posibilidad de bailar el desamor y de celebrar con el cuerpo el sentimentalismo mexicano.

Juan Gabriel jugó siempre en los límites y fue ahí donde consolidó su reverencia nacional. Esos límites que estamos acostumbrados a soportar quienes somos hombres pero tenemos constantes proximidades con la feminidad. Juan Gabriel nos enseñó a sobrevivir en las fronteras: la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso (la vida de tantos mexicanos que se define en esos tránsitos binacionales); la frontera entre el campo y la ciudad (una biografía marcada por el camino de todos los que migran por mejores condiciones de vida, de Parácuaro a Morelia, a la capital, a Juárez, a Tijuana, a California y de vuelta); la frontera de los machos que de pronto olvidan sus restricciones para bailar sin temores el Noa Noa; la frontera de los que después de asegurar que no nacimos para amar, volvíamos a enloquecernos con la posibilidad del amor eterno; esa frontera tan auténtica y loable (a veces tan mexicana) de quienes lloramos con alegría los sinsabores del desamor. Con sus líricas y melodías, Juan Gabriel nos regaló la nostalgia para romper (o abrazar) esas fronteras: nacionales, de género, de clase (en Bellas Artes elevó al más elitista de los reconocimientos estéticos una cultura orgullosamente popular). En Juan Ga nos encontrábamos todos. O casi todos: aquellos que sentimos orgullo, como aseguraba el cantautor, por ser como somos.

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A un año de su muerte, su legado se vuelve aún más significativo. Con ella, además, sopesamos el misticismo de su figura: con la provocación de Nicolás Alvarado reflexionamos que nuestro respeto por los cánones populares está por encima de nuestra condena clasista; con la carta que escribió a Peña Nieto nos recordó el afianzamiento (a veces también afectivo) de tantos mexicanos que se definieron políticamente con el régimen priista; con sus herencias y escándalos familiares recordamos al Alberto Aguilera que transgredía las fronteras de lo icónico. Aun así, la muerte de Juan Gabriel nos permite entendernos como sociedad. Iconizarlo representa aceptar que somos capaces de romper con esas fronteras que sistemáticamente nos aíslan.

En el concierto de Bellas Artes, cuando comenzó a cantar “Costumbres”, le dijo al público: algún día me tendré que ir. En un emotivo grito, la gente respondió: “¡no!”. Aguilera, conmovido, aseguró: “estoy convencido que cuando la gente dice que no, es no. ¿Saben por qué? Porque la gente siempre tiene la razón. Sin la gente no hay dios, así de sencillo”. En esa apología, Juan Gabriel se entregaba a quienes lo endiosamos, a quienes no terminaremos de agradecer el haber puesto palabras a nuestro sentir. Su figura depende, pues, de esa gente. Su legado quedará intacto siempre que haya alguien que se rehúse a su partida.

Parece difícil, quizá por la cercanía de su muerte, imaginar otro compositor o compositora que pueda ser capaz de romper con tal fineza las fronteras que diferencian el pasado y el presente de México. Quizá pronto, alguien hable nuestros mismos código o, como dice Víctor Santana sobre Aguilera, se parezca demasiado a nosotros. Mira nuestra soledad, Juan Gabriel, todavía no nos sienta nada bien.

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José Acévez cursa la maestría en Comunicación de la Universidad de Guadalajara. Escribe para el blog del Huffington Post México y colabora con la edición web de la revista Artes de México.

Twitter: @joseantesyois

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