El cuerpo femenino a los ojos de la literatura negra. Una entrevista a Liliana Blum

Por Raúl Bravo Aduna

La escritura de Liliana Blum (Durango, 1974) ya cuenta con su propio abanico de lugares comunes para describirla: sórdida, cruel, desgarradora, atroz. Y pues, vaya, se lo ha ganado a pulso. Leer la narrativa de Blum (contenida en varios libros de cuentos y dos novelas) es desolador (otro más de los adjetivos favoritos frente a la pluma de la escritora duranguense). Sus historias, que pueden ser identificadas como parte del género negro, son demoledoras. De alguna forma u otra, Blum encuentra la manera de hacer que escenarios terribles se vuelvan todavía más espeluznantes en sus manos. Como es el caso de su novela El monstruo pentápodo, donde conocemos de cerca la mente de un violador y asesino pederasta, que se se sabe encantador y hace uso de todos su recursos para conseguir lo que quiere.

Blum es una de las mujeres más destacadas de un género literario en México en el que las mujeres suelen quedar soslayadas e invisibilizadas hasta cierto punto. En el marco de Huellas del Crimen, festival de novela negra organizado por la Secretaría de Cultura, hablamos sobre su obra y la manera en que el cuerpo femenino es representado por ella.

Foto: elsiglodetorreon.com.mx
Hay varias cosas de tu novela El monstruo pentápodo que me llaman la atención y sobre todo en su relación con el género, digámosle, negro…

Podemos llamarle noir mexicano para cumplir…

Hay una cosa en particular que me llama mucho la atención, la relación de tu novela con el cuerpo femenino; si nos vamos a los estereotipos del género negro, pareciera que solamente hay dos formas de representar el cuerpo femenino: ya sea como objeto del deseo sexual/erótico o como cadáver, el cuerpo sin vida, que en realidad no se articula con la trama, más allá de arrancarla. Creo que en El monstruo pentápodo,  y también se alcanza a ver en Pandora, el cuerpo femenino, a pesar de que sí está siendo erotizado de maneras horrendas, no está jugando con esa erotización clásica, de se ve el tobillo a la dama misteriosa…

¡À la Jessica Rabbit!

¡Ándale! ¡Exacto! ¿Tú cómo ves la construcción del cuerpo femenino en tus novelas?

Pues es un gran tema… Hablando de la naturaleza humana, las diferencias entre hombres y mujeres, creo que para las mujeres (no digo que esto esté bien o esté mal, simplemente es así) el cuerpo es mucho más que para los hombres. Digamos, tú si eres hombre a lo mejor puedes parecerte a Jabba the Hutt y no pasa nada; si eres Carlos Slim no necesitas pelo; si eres Donald Trump vas a tener una medalla de cualquier modo. Tampoco es fácil ser millonario u hombre de poder, pero hay más opciones para el hombre y el cuerpo pasa a ser una cosa secundaria. Puedes ser un jeque árabe y tener mil mujeres que te estén diciendo que eres hermoso y te van a convencer; o sea, el hombre se define por muchas otras cualidades o habilidades. Tienen otras salidas. En cambio, la mujer nunca sale de su cuerpo, siempre va a estar definida por su cuerpo… desde cómo te cuidan tus papás, si es que tú eres niña, entonces te vamos a cuidar más, porque hay más peligros para ti. Vaya, aunque seas… Hilary Clinton. No ganó, pero si Hilary Clinton hubiera sido la presidenta del país más poderoso del mundo, igual estarían diciendo “Mira qué gorda se puso. Ya parece un boiler. Mira qué vieja está”. Es más, es como Melania Trump, la critican por bonita; si estuviera gorda, sería por gorda; o porque si se arregló mucho. Entonces la mujer nunca puede tener esas otras opciones… Bueno, voy a ser súper brillante y ya nadie se va a fijar en mi cuerpo, pero no. Está ahí.

Tengo la teoría que, por ejemplo, las mujeres quizá más allá de los cuarenta en adelante, según cómo se hayan cuidado, se vuelven invisibles. El hombre puede seguir avanzando en edad y sigue vigente, si es que tiene otros atributos. Creo que las mujeres nunca nos podemos separar del cuerpo, en ningún momento de nuestras vidas, entonces es una cosa que hace que abordemos la vida de manera diferente: porque te pueden violar, te pueden secuestrar, porque te obliteran, porque no te están haciendo caso.

Es algo que una mujer está determinada por su cuerpo y puede ser otras cosas, pero no van a importar como su cuerpo. Y en todos los medios pasa (los académicos, los literarios) “Ah, ¿cuáles son las escritoras más guapas?” y yo no veo que sea igual con los hombres. Puedes ser feíto, pero si eres bueno no importa, nadie te va a juzgar por eso. Y lo mismo… a mí sí me ha tocado en este medio. Alguien alguna vez me dijo con mi libro de Tierra Adentro (Vidas de catálogo): ¿Cómo le hiciste para que te lo publicaran? Como con el ojito, de ya sabes. Gracias, claro, porque de otra manera no hubiera podido hacerlo. Si tienes éxito siempre será cuestionado por guapa o porque quién sabe con quién se acostó. Y lo peor es que luego sí hay escritoras que se acuestan con editores y sí publican así. Entonces entre la ficción y lo que se piensa como realidad, pero todo está determinado por… o sea, nunca nadie habla mal del editor que publicó a una escritora a cambio de su cuerpo… la que está mal es ella… a la que se critica es a ella. Un poco igual… la amante es a la que se critica, no al marido que anda de engañador, entonces creo que es como una prisión bien gruesa y también nosotros somos las primeras que trabajamos en nuestra contra. Porque, por ejemplo, todo esto de bajar de peso, bajar de peso, bajar de peso, es un poco lo que pasa en Pandora: porque está compitiendo con las demás y en realidad se estaba alejando hasta del gusto del marido. Entre que somos nuestras peores enemigas y nosotras formamos parte de esta cosa cultural que trabaja en nuestra contra, es como una cosa que yo no le veo, además, solución.

Justo creo que eso es lo que me parece verdaderamente valioso tanto de El monstruo pentápodo como de Pandora, cuando las contextualizamos en el género que están siendo mercantilizadas, el género negro, porque pareciera que en la literatura negra el cuerpo de la mujer siempre es algo muy cómodo…

Es una secre, es un cadáver…

Y creo que en tus novelas, tanto en Pandora con la mujer que sigue engordando y engordando y engordando como en El monstruo pentápodo no hay una sola mujer que sea cómodo nunca… ya sea Aimeé…

Por su propia enanez…

Físicamente, hasta en términos del espacio ficcional siempre es incómoda, siempre te está recordando ella misma que incomoda y justamente las razones por las que está en contra del mundo es porque esa incomodidad desaparece momentáneamente con su novio, y el cuerpo de Cinthia también es incómodo…

¡Porque es una niña!

Entonces todo lo que sucede en la novela, desde la corporeidad de las mujeres, se vuelve algo tremendamente incómodo, pero se vuelve algo que obliga justamente a reflexionar sobre la atrocidad de todo lo que está sucediendo . ¿Tú cómo ves esa construcción del cuerpo femenino en tus novelas, en el contexto del género en el que estás escribiendo? No sé si haya más ejemplos, yo no los encuentro a la mano.

Las mujeres están casi ausentes, ¿no? Y lo chistoso es… no sólo en esta novela, pienso en algunos cuentos míos, que a mí siempre me preguntaban si yo soy feminista, porque la gran mayoría de mis personajes son mujeres. Y yo no creo que ni a Elmer [Mendoza] ni a Juvenal [Acosta] les preguntaran si son pro hombres porque sus personajes son siempre hombres. Porque parece que el estándar son los hombres y en el momento que hay algo distinto… Yo siempre hablo de mujeres porque es lo que más conozco. Y la relación entre sexos, y las relaciones humanas en general, para mí son las cosas más complicadas y apasionantes. Entonces yo exploro mucho el tema de las relaciones. Por ejemplo, que también se ve en Pandora y se ve mucho en El monstruo pentápodo, ¿por qué algunas mujeres son capaces de soportar o hacer ciertas cosas? Éste es el extremo. Y hay razones, pero creo que la más poderosa en el fondo es el miedo a la soledad y a no tener un hombre a un lado. Porque se te educa que si no tienes un hombre a un lado no vales, no vas a ir a las fiestas tú sola, ¿cómo vas a ir al cine sola? A mí lo que me gusta explorar es cómo las mujeres lidiamos con estas expectativas, las cuales no podemos cumplir todo el tiempo y sí, yo veo que en la mayoría de las… No hay mujeres, como tú dices, a lo mejor van a un table y las mujeres están ahí encueradas bailando, pero no hay… Somos decorativas.

En mi próxima novela, que va a ser un gran reto, quiero poner una asesina, pero quiero que el lector, además, se identifique con ella. Que de alguna manera entienda por qué está cometiendo esos crímenes y también quiero que haya una detectiva amateur que, digamos, una de esas víctimas de la otra va a ser el hermano… Entonces que ella desentrañe eso. Entonces va a ser bien, bien complicado, pero quiero irme por todo: no sólo una detective, sino también una asesina. Va a ser un gran reto, espero que no sea un gran fracaso. Y no por nomás meter a las mujeres, sino porque nosotras también somos capaces de hacer las mismas cosas. Porque el hecho de que no haya mujeres delincuentes también es como de “eres un perrito adorable incapaz”. También es subestimar con bondades.

Regresando a El monstruo pentápodo. Desde el título está entablando una conversación directísima con Lolita de Nabokov, y justo es bien interesante la contraposición de Raymund con Humbert Humbert: uno se contiene hasta el punto en el que ya no puede y el otro, al revés, es alguien que está maquinando todo el tiempo cómo va a lograr lo que quiere… Pero hay otro diálogo, y que también se vuelve abierto en algún punto, muy específicamente con Room de Emma Donoghue… Y el otro tema que me parece revelador de la novela es ése: no solamente el cuerpo de la mujer, sino los espacios a los que va siendo constreñida. Aunque en el caso de Room es un chavito y conocemos al personaje “Cuarto” a través de sus ojos y descripciones…

Pero la presa era la mamá. Él nace ahí por error.

¡Justo! Y aquí tenemos a Cinthia en su cuarto, decorado con las cosas de Hello Kitty, muy bonito, por supuesto, pero siempre que estamos en el cuarto todo se vuelve horrible; al mismo tiempo, también, la narración de Aimeé no nos llega desde la libertad, sino que nos llega también desde una celda, en una prisión literal, en la cual también su hija está creciendo. En el género negro pareciera que el hombre tiene la libertad de moverse a donde sea (tanto criminal como detective) y las únicas que nunca tienen libertad son las mujeres. En tu novela se vuelve todavía más enclaustrante ver a estas mujeres que, de por sí ya están enclaustradas por su cuerpo, meterlas ahí…

Incluso Aimeé antes de estar en prisión habla de que se siente prisionera en la casa. Aunque ella sí puede salir, tiene que estar cuidando todo. Y creo que esta idea como muy humana de enjaular… Así como la gente que tiene canarios o que tiene un perro amarrado, que es inconcebible, se hace también con los seres humanos. Entonces sí está la metáfora: siempre las mujeres en la casa, tú en tu lugar. Y en el momento en que sales, casi, casi es porque saliste, te mereces lo que te pasa e irónicamente adentro es donde también te la pasas peor. Parece que es una eterna prisión dentro de una prisión dentro de una prisión. Tú misma acabas encerrándote en tu prisión para protegerte. Y es una cosa horrible y deprimente.

Acá se puede leer un fragmento de El monstruo pentápodo de Liliana Blum.

 

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Raúl Bravo Aduna estudió letras inglesas en la UNAM y es maestro en Periodismo y Asuntos Públicos por el CIDE. Actualmente es el Coordinador de Noticias de Sopitas.com.

Twitter: @rbaduna