Las 7 cosas que siempre te sucedían en Halloween cuando eras niño

Antes de que llegaran cosas como el alcohol y los disfraces coquetos, la época de Halloween era sumamente especial para los niños. A pesar de que muchas personas casi no recuerdan muchos detalles de su pasado, seguramente podrían regresar a la primera vez que salieron a pedir calaverita; cuando disfrutaban de las recompensas de su esfuerzo o lo increíble que se sentía pasear por las calles decoradas con muñecos macabros, así como otros adornos.

Piénsenlo por un segundo, porque podemos apostar a que hay ciertas cosas que SIEMPRE sucedían durante esas escalofriantes noches. Sean experiencias increíbles o vivencias que en su momento fueron vergonzosas (y que ahora les causan gracia), creemos que es un gran momento para hacer un breve conteo de aquellas que nunca hicieron falta en nuestros años más jóvenes.

Los disfraces chafas que te ponía tu jefecita

Disfraces feos para niños

No queremos criticar los detalles que nuestra santa madre preparaba para esos días, pero si hablamos francamente, no nos hacían un favor maquillándonos como payasitos o improvisando disfraces de momias con papel de baño. Estamos seguros de que ellas sólo querían ver a sus bebés vestidos de calabacitas o muñequitos, pero prácticamente destruyeron la única posibilidad de ser monstruos aterradores en la noche.

Concursos de disfraces en la escuela (que nunca ganabas)

Lisa disfrazada de Florida

Siendo expertos en organizar actividades que promovieran la sana competencia, los maestros disfrutaban de ver a los niños desvivirse en algún concurso de disfraces. Todo lo relacionado con esos eventos era malo; los premios eran pésimos y además, siempre ganaba el niño o niña cuyos padres tuvieran más lana para invertir en algo fuera de este mundo. Claramente, nuestros atuendos del Tío Cosa hechos con auténtico pelo de perro no eran suficiente para los gustos refinados de los jueces.

Pedías calaverita y te daban puras frutas

Frutas para ponche

Típico de las celebraciones de hace más de 20 años. Salías a la calle en busca de dulces que destruyeran tus molares y en lugar de eso, recibías puras guayabas, cacahuates y prácticamente  todos los ingredientes para armar un buen ponche. Claramente era obra de las personas de la tercera edad, que no creían en la magia de los caramelos y nos llenaban con alimentos saludables.

Tus papás te sacaban a pasear media hora y luego se iban a festejar

Claro, como los niños ya eran felices con sus dulces, sus padres también necesitaban su propia “calaverita” para hacer de la noche de Halloween algo memorable. Sin embargo, bien pudieron invertir al menos dos horas en la sana diversión de los chamacos. ¡El alcohol no se iba a escapar!

Terminabas perdiendo la mitad de tus dulces

Dulces para Halloween

Después de participar en las marchas de la muerte, uno como niño esperaba poder comer tantos dulces pudiera antes de colapsar, de modo que racionara el resto para situaciones de emergencia. Sin embargo, una extraña y desconocida fuerza hacía desaparecer gran parte de su botín con el paso del tiempo.

A veces sospechábamos de nuestros hermanos e incluso de los propios padres, pero nunca había fuerza suficiente para encontrar a un verdadero culpable. Curiosamente, los perpetradores de estos actos siempre confesaban cuando uno ya tenía la edad de tomar todo con gracia o madurez.

Los de la tienda de la esquina no se mochaban

Cuando un niño pedía su calaverita, siempre pensaba en las personas que despachaban en las tiendas. A primera vista, esas personas tenían una mina de oro esperando a que el primer niño oportunista se presentara, pero todo era un cruel engaño.

En el momento de la verdad, ellos nunca querían regalarnos parte de su mercancía y en ocasiones, hasta tenían el descaro de colocar letreros. Si pensaban que la destrucción de la infancia era algo que llegaba al crecer, están muy equivocados.

Ver adultos borrachos disfrazados en las fiestas

Spider-Man borracho

Una vez terminados los paseos de los niños, la noche abría paso a las fiestas de Halloween que disfrutaban más los adultos. Ese era el momento en que nuestros padres aprovechaban para presentarnos con la familia; esos parientes que jamás habíamos visto y que, de alguna manera, siempre salían con la típica frase: “Uy no, yo te .vi cuando estabas así de chiquito”.

Ni siquiera podemos contar el número de ocasiones en las que se repetía este proceso, pero sí pudimos memorizar qué familiares escupían al hablar cuando ya tenían unas copas encima. Vaya infancia, ¿eh?

Es posible que ustedes tengan más memorias que quieran compartir, así que este es un buen momento para hacerlo. Si creen que se nos escapó algún detalle que merece estar en la lista, ¡son libres de hacer su aporte!

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