Coco nos pregunta qué hacemos con la muerte

Por José Acévez

Podríamos tomar el estreno de Coco, la película animada de Disney-Pixar, como el máximo indicador que posiciona al Día de Muertos como la tradición mexicana por excelencia. Esa fiesta que, ante los ojos del mundo, une, representa y concentra lo “esencial” de la cultura de nuestro país; un evento similar al año nuevo chino, al día de San Patricio o al carnaval brasileño. Ser mexicano es celebrar el 2 de noviembre; así, otras manifestaciones de cultura popular (como peregrinaciones, posadas u otros carnavales) comienzan a quedar opacadas en el ánimo nacional ante las calaveritas, los altares y el cempasúchil.

La fiesta —como casi todo lo que se ha asumido culturalmente relevante en el México posrevolucionario— es un intento por definirnos socialmente desde el sincretismo, en el encuentro de lo indígena y lo occidental. Aunque lo cierto es que ese intento es más un mito fundacional del proyecto de nación que se originó con la llegada institucional de la Revolución (o lo que se conoce en siglas como PRI). La celebración a los muertos es una combinación de diversos elementos culturales que, como toda expresión ritual y simbólica que aglutina colectividades, se ha ido moldeando a partir (o en contra) de las ideas (e ideales) que se alinean a cada tiempo. Como reflexiona con fineza Israel Álvarez Moctezuma, más que sincrética, la fiesta de muertos es una extensión de la Europa medieval que fue utilizada como elemento evangelizador por los frailes en las comunidades indígenas.

Paradójicamente, la fiesta contemporánea a la muerte es una fiesta repleta de vida, llena de colores, flores, catrinas, vestidos largos y papel picado, es una expresión más de las estéticas que se consolidaron con el proyecto cultural posrevolucionario, que tiene a Posadas, Paz, Diego y Frida como los que planificaron y dotaron de simbolismo a eso que se entiende por “mexicano”. No es coincidencia que la familia protagonista de Coco se apellide Rivera, como tampoco lo es el retrato irreverente del personaje de Frida como una artista performativa y protagónica. Y es valiosa la forma en que la película entremezcla con relativa armonía diversos elementos de este extenso territorio que llamamos México: la música de banda, los alebrijes o las narrativas charras del cine de oro. Coco es un retrato más de la cultura que se gestó en nuestro país en el siglo XX; gracias, en una medida importante, a las apuestas mitológicas, semánticas y de lecturas históricas que hizo el PRI para consolidarse como partido de Estado. Y esto es interesante porque tales apuestas sobreviven deslindadas del poder y en Coco son apreciadas porque, para quienes la disfrutamos, no las sufrimos como una retahíla nacionalista, sino como un retrato culturalista que complementa un guión entrañable. Coco no se trata de México ni del Día de Muertos, se trata de la reinvención de los lazos afectivos, del derecho al perdón y al recuerdo, de optar y de querer que te acompañen en tus opciones.

La fascinación de los productores estadounidenses con esta estética implica, también, una doble estrategia de reconocimiento donde nos aglutinamos socialmente a partir de vernos reflejados en un producto internacional. (Reconocimiento, también, que se fortalece con las resistencias identitarias de los mexicanos que viven en Estados Unidos y que procuran el orgullo de la tierra que dejaron.) Con el neoliberalismo, parece que la injerencia del mercado en el trazo de identidades es ahora igual de fuerte que la potencia aglutinadora del propio Estado: James Bond, un desfile anual de catrinas y calaveras, y ahora Disney, lograron hacer resonancias de identificación en esta amalgama de colectividades diversas que lo único que comparten son documentos que los avalan como miembros de una nación, de un proyecto colectivo y común. Con el reconocimiento del Día de Muertos como una fiesta que enaltece desde el color y el jolgorio, se asume que todos los mexicanos somos capaces de reír ante lo que muere: una idea explorada y difundida por Octavio Paz, poco criticada, que encuentra su estandarte en la catrina protagonista del Sueño de una tarde dominical de Diego Rivera y en las calaveritas de azúcar.

En un brillante texto que aparece en el número 67 de la revista Artes de México, Alfonso Alfaro ahonda en la infinita diversidad de formas que tenemos los mexicanos para afrontar la muerte y en las implicaciones de que la modalidad posrevolucionaria se asiente en el imaginario transnacional. Concluye diciendo que hay otras muertes, muchas, que nos son festivas ni dinámicas, sino que dependen de la violencia cotidiana, de la precariedad de la vida, de los cuernos de chivo y del culto a la Santa Muerte; muerte que es “diariamente invocada por muchos que hicieron todo lo posible por atraerla, y que intentan, sin embargo, alejarla con ofrendas, plegarias, peregrinaciones, medallas de oro y diamantes”. Esa muerte, asegura Alfaro, no es jocosa y está muy viva, y este país no tiene la menor idea de qué hacer con ella. No sabemos cómo afrontarla. Yo diría que el afán de la algarabía del Día de Muertos responde, más que a no saber qué hacer con la muerte, a que no sabemos qué hacer con la vida y encontramos en el maquillaje de catrinas, en las coronas de cempasúchil y en el pan de muertos un festín que omite deliberadamente esas muertes atadas a la ritualidad de la violencia y al horror de lo que se descuartiza. Con el Día de Muertos apelamos a la esperanza de que cuando seamos nosotros quienes aparezcamos en la ofrenda, sea porque tuvimos una muerte digna y serena.

Coco: el Día de Muertos a través de los ojos de Pixar

Celebrarnos así la muerte, tan llenos de color y fantasía, hace eco con esa idea del pensador francés Michel Foucault, quien aseguraba que “lo que hay en la risa del loco es que se ríe por adelantado de la risa de la muerte, y el insensato, al presagiar lo macabro, lo ha descuartizado”. Que en este país encontremos plenitud al recordar a quienes se fueron y seamos capaces de llenarnos de flores y veladoras, merece todos los retratos, todas las historias y todas las reflexiones: no es poca cosa querer con tan colorido afán mantener siempre vivos a nuestros muertos.

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José Acévez cursa la maestría en Comunicación de la Universidad de Guadalajara. Escribe para el blog del Huffington Post México y colabora con la edición web de la revista Artes de México.

Twitter: @joseantesyois