280 caracteres: Twitter y el servicio público

Por José Ignacio Lanzagorta García

A ver, sí es cierto que casi nunca nos gusta que nos cambien nada de la jugada, ni tantito, ni que la foto de perfil antes fuera un cuadrado y ahora sea un círculo, pero es que lo de los 280 caracteres se sintió como un cambio de era. Si nos gustaba escapar de una acalorada discusión en línea con un: “mira, esto no te lo puedo poner en 140 caracteres”, ¿qué tal en 280 y “abriendo hilo”? Como sea, no es el fin del mundo, pero la pregunta que muchos nos hacemos es si los 280 caracteres “desvirtúa” o no el Twitter con el que nos encariñamos, con el que hemos convivido por casi una década. Y también nos preguntamos si tiene sentido que sea o no desvirtuado.

¿La verdad? Ni siquiera parece que los necesitáramos. El grueso de los tuits estaban por debajo de los 50 caracteres. Y, más aún, todavía dándoles a algunos usuarios los 280 caracteres como periodo de prueba, esto no cambió. Sin embargo, Twitter detectó que había un 10% de tuits que se aplastaban en el límite de los 140 caracteres. Es decir, 10% de los tuits pertenecen a esa penosa situación en la que te pasaste del límite y volteas a ver todas las palabras que escribiste pensando con cuál podrías ejercer una menor violencia gramatical al borrarla. O si te da pudor cambiar un “que” por un “q” o reflexionar sobre el valor de las comas. O si ya de plano te das cuenta que mejor no quieres tuitear eso y ya. Los 280 caracteres llegaron para atender ese 10% de tuits, dejarlos fluir, desenrollarse. Explayarse, no angustiarse: total, es sólo para uno de cada 10 tuits. La prueba que Twitter hizo con varios usuarios mostró que ahora sólo 1% de los tuits se aplastan en la barrera de los 280. Y pues ésos sí ya podrían venir acompañados de un “mejor escríbete un blog, mano”.

Pero pues no nos gusta. “Eso ya no es Twitter”. Construimos una red social basada en el estoicismo de los 140 caracteres. Nos toca admitir que parte del encanto es que no teníamos que leernos en parrafotes entre nosotros. Si de por sí Twitter siempre ha implicado ya alguna especie de darwinismo textual entre sus usuarios de a pie (es decir, no bots, no celebridades construidas en otros campos y medios), recrudecido por los nefastos algoritmos que rompieron el orden cronológico, esto le imprime un nuevo factor de selección natural. Si de por sí se me hace que uno ya automatizadamente deslizaba su TL omitiendo tuits de cuentas a las que no les suele prestar atención y sólo deteniéndose en las de sus crush(es), senseis, némesis, archienemigos, chistuiteros y referentes informativos, ahora el factor de discriminación será, además, si realmente les quieres leer un aburrido mazacote de texto incluso a ellos. Y ya estarán ahí los algoritmos seleccionando por ti qué tuitotes merecen pasar frente a tus ojos y cuáles no. ¿Qué es esto? ¿Facebook?

Hace muchos años, antes de que los políticos se dieran cuenta de que existía Twitter, antes de que hubiera despachos cobrando miles por ser expertos en “social media”, antes de que hubiera ejércitos de bots buscando fallidamente controlar conversaciones, sembrar informaciones falsas, hostigar a otros usuarios, muchos nos vimos atraídos por esta plataforma de interacción. Era su agilidad, su horizontalidad, su eficiencia en propiciar una conversación. Los 140 caracteres eran al mismo tiempo odiados y amados. Miles desfilaron ahí desesperándose: “es que no se puede discutir aquí”, “es que mis ideas no se pueden poner en 140 caracteres”, “¡Ay! ¡Es Twitter! No te lo puedes tomar en serio”. Y otros miles encontramos que sí, que sí se podía discutir ahí, que las ideas podían circular ahí, que sí podíamos tomarnos en serio cosas, y también podíamos hacer dinámicas babosas.

Hay que decirlo: el límite de los 140 caracteres y su orden cronológico es algo que, definitivamente, nunca ha sido algo apropiado para todos. Y no tendría por qué serlo. Se puede ser tuitero o no serlo y ya. Sin embargo, las virtudes de esa dinámica conversación rápidamente probaron tener alguna relevancia en la articulación de algunos movimientos y demandas políticas, en eventos de emergencia, en el posicionamiento de agendas y productos. Twitter tiene utilidad pública. Pero Twitter es una empresa privada. Pero tiene utilidad pública. Pero Twitter es una empresa privada. Y aquí es donde empiezan los problemas.

Llevamos un buen tiempo escuchando que Twitter “está muriendo”. Es decir, no crece como otras empresas de redes sociales virtuales. Ese “no ser para todos” de la rigidez de sus 140 caracteres y su ordenamiento cronológico no juega bien en la dinámica esperada de una empresa privada en la que si su tendencia de acumulación no es positiva es porque está fracasando. Ignorando su utilidad pública, Twitter sólo busca ser un Facebook, un Snapchat, una empresa que mantenga al alza su número de usuarios para poder capitalizarlos de alguna manera. Y es así que todas las plataformas acaban convergiendo y sacrificando esas características originales que fueron el fundamento con el que atrajeron a usuarios particulares. Y esos usos y usuarios particulares podrían haber jugado papeles importantes con esas características originales en diferentes contextos.

En el pasado temblor del 19 de septiembre nos dimos cuenta cuán grave puede ser esto. Esperábamos un Twitter como el de hace unos años, en el que pudiéramos aprovechar al máximo su eficiencia comunicativa, notificando las demandas de apoyo solidario y sepultándolas en el TL. Pero no: sus nuevos algoritmos que buscan posicionar “tuits populares” sostenían tuits que era importante caducar rápido.

No podemos pedir que Twitter deje de comportarse como una empresa, que meta los cambios que necesite meter para seguir “creciendo” a costa del propio servicio público que alguna vez brindó. Los 280 caracteres no son el fin del mundo, pero, junto con la introducción de algoritmos que rompen el orden cronológico, demuestran que la utilidad pública no es su prioridad. Tal vez toca tomarse en serio el análisis de las características de una plataforma de comunicación global, sin fines de lucro y con garantías de neutralidad, que aproveche al máximo la utilidad pública que pueden tener las redes sociales virtuales en un gran número de contextos.

***

José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito

Comentarios