El hipsterismo y otras formas falsas de hacerse cargo

Por Mariana Pedroza

Siempre me ha llamado profundamente la atención el fenómeno del hipsterismo, esa subcultura contemporánea llena de inconsistencias que, pese a vivir en zonas gentrificadas y ser un target prolífico para las marcas, defienden el comercio justo, suscriben ideologías progresistas, se dicen indigenistas y consumen alimentos orgánicos, productos artesanales y ropa de segunda mano. Los define la inconsistencia: mientras más buscan alejarse de las corrientes culturales predominantes (mainstream), más terminan siendo absorbidos por el sistema que buscan repeler, y mientras más integran su supuesta conciencia social y ecológica en su forma de consumir, más ciegos se vuelven a la complejidad del problema.

Ya lo dijo Žižek en relación con Starbucks: venderse como una empresa proambiental con responsabilidad social no sirve más que para lavar las buenas conciencias: con cada uno de sus cafés, Starbucks vende una ideología que sosiega la culpa del consumidor; incluye la contramedida para el consumo en el consumo mismo, de forma que sus clientes ya no tienen que hacerse cargo de su propio consumismo ni ponderar sus implicaciones.

Se trata de una paradoja: de tan plásticas que resultan las formas de hacer contrapeso a las prácticas predatorias del consumo, lo único que hacen es simular una solución y esa simulación termina por anular cualquier posibilidad de solución real. La pregunta es: ¿quién quiere una solución real? Pese a que la respuesta intuitiva podría ser «todos», no lo es cuando consideramos que, quizá, una solución real implicaría cambios mucho más sustanciales y mucho menos cómodos.

Esta misma sobresimplificación aplica en otros fenómenos culturales asociados con el bienestar y la armonía con el entorno, como la apropiación occidental de prácticas orientales como puede ser el yoga o  la meditación. ¿Cuántos practicantes de yoga conocen los yamas –los principios éticos– de los que parte? ¿Cuántos centros de spa reducen la terapia ayurvédica a un mero masaje, cuando en la India se considera un tratamiento médico en forma? ¿Cuántos escuchan mantras mientras manejan o hacen el quehacer, como si eso por sí mismo contara como una práctica meditativa?

Estamos en la era de la ideología New Age, este movimiento cultural que busca regresar la atención a materias espirituales y holísticas pero sin rigor alguno, extirpándoles el bagaje teórico y el contexto sociohistórico que las sustenta. A la tendencia New Age le interesa sólo la versión más estética y menos amenazante de ese bienestar que suscribe, dejando a un lado la parte ríspida presente en las doctrinas de las que parte, como puede ser la austeridad, los ayunos o los votos de abstinencia o de silencio.

Si hablo de los hípsters es porque, en tanto caricaturizados, se vuelven una evocación fácil, pero en realidad, en la sociedad actual, todos participamos de estas contradicciones. Nos hemos acostumbrado a oxímoros tales como comida rápida y buscamos equivalentes en nuestra vida espiritual y en nuestro involucramiento con los cambios sociales, como los que creen que basta firmar peticiones en change.org para tener compromiso social o comprar huevos orgánicos para ser ecológicos.

Ahora bien, esto no significa que la única alternativa válida sea irse a vivir indefinidamente a un áshram o volverse freegan y comer únicamente alimentos sacados de la basura, pero sí es necesario desarrollar un pensamiento crítico que haga contrapeso a la autocomplacencia presente en las alternativas fáciles de solución. Como diría la filósofa Avital Ronnel en el documental Examined Life (2008), resulta más frustrante y menos satisfactorio, pero también más necesario, admitir que no hemos entendido ni solucionado nada, que no existe una gratificación inmediata en relación con el pensamiento y que la construcción ética implica un trabajo constante. «Si sientes que te has absuelto de forma honorable, entonces no eres tan ético», dice Ronnel retomando a Derridá. El primer paso es aceptar eso: que no estamos absueltos. 

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Mariana Pedroza es filósofa y psicoanalista.

Twitter: @nereisima

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