‘Gummo’ cumple 20 años de provocar un asco real, necesario y actual

Hay películas que te provocan un malestar indescriptible, simplemente no te sientes cómodo mientras las estás viendo; incluso, te da ese asco físico que no puedes evitar. Y no estamos hablando del cine gore ni nada similar, sino de cintas que las tramas son tan reales o distópicas, que te asquean… y una de esas es Gummo.

En 1997, el director Harmony Korine lanzó esta cinta que provocaba ese disgusto en los estadounidenses blancos de clase media, y ahora, 20 años después de su polémica salida, lo sigue haciendo por una razón: Gummo funciona como un espejo.

No podemos resumir la trama porque es imposible; sin embargo, lo que sí se puede hacer es poner los elementos que componen esta historia: un niño asesino de gatos llamado Solomon (Jacob Reynolds) enamorado de una chica con síndrome de down obligada a prostituirse. Solomon siempre sale en bicicleta junto a su amigo Tummler a cazar los gatos de los vecinos en un lugar vacío que simboliza un nihilismo eterno y estresante… y un sinfín de escenas viejas que parecen estar al azar, pero que siempre tienen un significado mucho más grande.

Pero ¿cuál es la importancia de este filme? Que en los 90 la gente no estaba preparada para verse reflejados de esta forma; por otro lado, las clases más altas no querían ver esa otra cara de la sociedad que siempre habían negado… y sorprendentemente, a pesar de la negación y los años, esta película está más vigente que nunca gracias a los statements raciales de Estados Unidos y Europa, la crisis económica y la personalidad basada en las redes sociales de los jóvenes en la actualidad.

Gummo salió en un boom de cine distópico de la década de los 90 y principios del nuevo milenio (aunque aquí perdieron su naturaleza grotesca del southern gothic) como Kids, Bully y Ken Park, dirigidas por el otro maestro Larry Clark, The Virgin Suicides de Sofia Coppola o Thirteen de Catherine Hardwicke que logró, de alguna u otra forma, convertirse en un parámetro distinto e innovador para la narrativa del cine y que ahora vemos reflejado todos los días en la sociedad sureña que Korine quiso exhibir.