2018: la batalla de los mesías

Por José Ignacio Lanzagorta García

El único problema es el partido que lo postula, dicen los menos entusiastas. Para los más, el salvífico poder de José Antonio Meade es tal que el partido es irrelevante. Ya no es un candidato de la estructura partidista, del llamado “Grupo Atlacomulco”, que buscaría seguir subvirtiendo todas las instituciones del país a cualquier costo con tal de mantener su régimen de corrupción, violencia, autoritarismo y, sobre todo, mucha ineficacia. Tampoco es un candidato electorero y popular que pudiera hacerle frente a los números de López Obrador. No. Es mejor que eso: es el hombre perfecto. Es inteligente, es íntegro y buena persona, es trabajador. La mejor prueba de su profesionalismo, dicen, es que fue alfil de dos administraciones de distinto partido. Los espantados con López Obrador ya no tendrán que votar con miedo por una alternativa que no les convence del todo. Al contrario, ahora sí tienen a su gallo, al que va a curar al país de todo… tienen ya también a su mesías. Y lo bueno de los mesías es que todo lo demás no importa.

Mientras la prensa dependiente de la publicidad oficial está embelesada contándole virtudes, adjetivándole hazañas e incluso desentrañando la belleza etimológica de su nombre y encontrándole linajes sagrados al destapado, Javier Aparicio hizo en su cuenta de Twitter una serie de preguntas que no aparecen en las páginas de esos medios. Dados los puestos de alto nivel que ha ocupado en los últimos años dentro de una de las administraciones más corruptas y la peor evaluada desde que existen las encuestas, ¿cuál ha sido su contribución en todo esto? Y añado una más precisa, ¿desde la Secretaría de Hacienda que él encabezó en más de una ocasión, eran indetectables los desfalcos a los erarios estatales de Humberto Moreira, Javier Duarte, César Duarte y toda la pasarela? Otros también preguntamos sobre su tan vitoreado profesionalismo y su eficacia: ¿una mínima reducción de la pobreza bajo su gestión en Sedesol mostrada sólo después de un cuestionable cambio de metodología para medirla y ante la posibilidad de que la autonomía del INEGI, responsable de la medición, se ha visto comprometida?

Para muchos de sus entusiastas, la magia de Meade es que ofrece el modelo al que le han apostado los últimos 30 años con la fantasía de que su profesionalismo y su ser buena persona superarán toda estructura política, burocrática y social que han impedido que ese modelo se desarrolle satisfactoriamente. Si este modelo ha fallado es sólo por la ineptitud, la ignorancia y la maldad de los que han piloteado la nave. Qué importa si lo postula el PRI, el PAN, el PES o es candidato independiente: ya tenemos al piloto ideal.

En tanto, en la otra esquina tenemos a un viejo conocido al que, justamente, llevamos años calificando de mesías. López Obrador nos habla de una regeneración nacional, pero sus fórmulas para conseguirlo pasaron de un radicalismo que coleccionaba entusiastas a un lento desinflar que sus entusiastas prefieren no advertir. Al tiempo que nos ha construido una idea sostenida de la “mafia en el poder” que su salvífica figura finalmente derrotará, sus técnicas para hacerlo y sus alianzas políticas ya no dejan claro si esto ocurrirá realmente.

En todo caso, eso es lo que tenemos, la batalla de los mesías. Una entre el que providencialmente vencerá todas las trabas que impedían desarrollar bien el modelo y el que providencialmente vencerá a la mafia del poder para implantar un nuevo modelo. Y el problema con las candidaturas mesiánicas es lo que ya sabemos: son ficciones que conducen a la decepción, al eventual desvelo de lo que realmente ocultan, de las limitadas capacidades que finalmente tienen, a la triste agenda que sí enarbolan. El primero realmente no podría y, sobre todo, no querría vencer esas trabas pues, de entrada, no parece que el propio modelo que impulsa lo permita. El segundo, sin duda, sacudirá muchas estructuras de poder pero, ¿realmente cambiará el modelo?

Poner cara a esta batalla es complicado pues entre ellos dos se atraviesan las dos polarizaciones más grandes de nuestro electorado: la izquierda vs la derecha y el PRI vs el antiPRI. La alianza PAN-PRD se posicionaba más en la segunda y se anulaba en el caso de la primera. La eventual candidatura de Meade, con la fantasía de que es apartidista, desactiva en algún grado la solución que proponía una alianza PAN-PRD pues seguramente conseguirá votantes de derecha que ya no encontrarán en Meade a un priista inaceptable. Entre dos mesías difícilmente cabe un tercero. Tendrán que plantear mucho mejor su alternativa si es que subsiste.

Ante eso, esta elección difícilmente no será exasperante y no lo será sólo en caso de que logre surgir una voz tercera que logre balancear la crítica, la denuncia al mesianismo de sus contrincantes, el pragmatismo y viabilidad de su proyecto y que, a la vez, invite a soñar. Es decir, un candidato exclusivamente pragmático, como es lo más factible que ofrezca la alianza PAN-PRD no será escuchado en el ruido de la polarización de los mesías. Una candidatura de protesta o de testimonio podrá introducir algunos temas en la contienda, pero sin duda quedará marginada de la competencia central. Está difícil. 2018 no parece que vaya a ser un año para soñar y esperanzarse.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito