Este sexenio y los recursos públicos: ¿Quién se ha llevado nuestro queso?


Por José Ignacio Lanzagorta García

Día 6. Conacyt apenas depositó la mensualidad a los becarios nacionales. Hace unos días, Esteban Illades escribía sobre las estrepitosas irregularidades en los depósitos de becas a algunos estudiantes internacionales. El último pago a los miembros del Sistema Nacional de Investigadores también sufrió retrasos importantes. Como sabemos, además, este año hubo un recorte al Conacyt: las universidades con programas certificados entraron en encrucijadas sobre cómo lidiar entre el número de admitidos, las becas que podrán otorgar, la dedicación que podrán exigir a sus estudiantes y mantener los indicadores de calidad que les exige Conacyt. En cuanto a la vida después del doctorado, hace unos días Conacyt anunció que no podría cumplir sus metas en el programa de cátedras.

Mientras que el gasto en comunicación social del gobierno federal vuela muy por encima de lo presupuestado año con año, los escenarios para quien aspira a una carrera académica en este país sólo se han complicado y precarizado en los últimos años. El candidato Enrique Peña que prometía alcanzar un gasto del 1% del PIB en ciencia y tecnología, en su gobierno parece haber tirado la inversión al 0.38%. Claramente, la meta de fortalecer la investigación nacional como un proyecto de Estado no ha sido, junto con tantas otras, las prioridades de esta administración.

Lamento por privilegios perdidos, dirán algunos. Y lo dirán no sin razón: tener la asistencia del Estado para poder desarrollar una carrera de elección personal es, sin duda, un lujo. Las condiciones en las que un mexicano puede convertirse en un estudiante de posgrado y, posteriormente, consolidarse en una carrera de investigación son justamente las de muchos privilegios. La idea detrás de mantenerlos no es, sin embargo, sólo capricho sino la apuesta a que la inversión en investigación, ciencia, tecnología e innovación tarde o temprano tiene un gran retorno para el conjunto de la sociedad. Vale, eso ya no nos interesó. En todo caso, me encantaría saber qué proyecto nacional tomó los beneficios que se habían pensado para este rubro.

¿Fue la paz y la seguridad pública? Creo que acabamos de contar a octubre como el mes más violento desde que llevamos estadísticas de ello. ¿Fue la renovación institucional para la rendición de cuentas, transparencia y participación ciudadana? Ya sabemos. ¿Fue la infraestructura? Bueno, a lo mejor lo que no se fue por un socavón estará en el nuevo aeropuerto. No habría que preguntarse ya siquiera por obras enfocadas a nivelar el piso de oportunidades entre todos los mexicanos, no sólo aquellas para quien se le exige tener ya algún un capital para poder aprovecharlas.

Foto: Hector Vivas/LatinContent/Getty Images

El proyecto de esta administración fue el reformista y se agotó para el segundo año de gobierno. No había ingenuidad entre los críticos sobre el carácter auténticamente renovador de esa agenda reformadora. Se trataba de que el PRI fuera el protagonista de las mismas propuestas que el propio PRI bloqueó por 12 años. No se veía una sacudida o una nueva dirección; no se veía un proyecto de Estado distinto al que ya teníamos, sino el de, literalmente, liberarlo de las ataduras y lastres de estructuras anteriores. Liberar, por ejemplo, el precio del gas LP para que ya no le cueste al Estado. Para que podamos destinar esos recursos a… a… ¿a dónde los estamos destinando? Con la Ley de Seguridad Interior que estará hoy ratificando el Senado, la apuesta a es otra vez la misma: apuntalar todo lo que nos salió mal para ver si así nos sale bien.

Estamos por empezar las campañas. No debería haber temas tabú. Cuando López Obrador sólo enunció la palabra “amnistía”, nos rasgamos las vestiduras. Ni siquiera habló de un sentido concreto de esta propuesta, ni de cómo la estaba concibiendo. Sólo invitaba a repensar el tema de la seguridad pública desde la mayor amplitud posible, incluso desde sus extremos más incómodos. La respuesta fue un “no” rotundo. Porque… vamos bien. ¿Vamos bien? En todo caso, en los meses que vienen quisiera escuchar muchas más sacudidas, muchas propuestas osadas, muchas invitaciones a volver a soñar con apuestas nacionales. Vengan de quien vengan. Callar al que propone abrir la discusión es lo que acaba sonando más estúpido. Perdón, es que no estoy seguro de que podamos seguirle apostando a “lo mismo pero mejor hechecito”.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito