La campaña de los normales

Por José Ignacio Lanzagorta García

La pareja de Meade hace compras en el súper. Anaya deja a su niño en el colegio. López Obrador va a la peluquería. Fantástico. Se pueden hacer extraordinarias campañas, o bien, se pueden seguir todas las recetas escritas para hacer lo que para alguien en algún contexto particular fue una extraordinaria campaña. El problema es que lo segundo definitivamente no garantiza lo primero. Justamente en seguir estos recetarios que enriquecen a estrategas y consultores es que terminamos conociendo menos de los candidatos en la boleta que al revés. En su lugar, vemos el conjunto de mensajes, a veces contradictorios entre sí, que el recetario quiere materializar alrededor de una figura humana. En lo que va de estas campañas que nuestra afición por el barroco procedimental llama “precampañas”, el énfasis ha sido en mostrarnos que los candidatos presidenciales son… son… personas. Ah, órale.

Puedo escuchar con claridad la jerga del sector en sus war rooms de campaña: “tenemos que presentarte como alguien relatable, como el tipo next-door”, “la gente está cansada de los políticos, necesitamos minimizar esos negativos ”, “hay que hablarle a una audiencia millennial que lo que quiere es a alguien como ellos”, “los valores familiares”, “un ciudadano normal”. Quedan mil preguntas que se pueden resumir en una: ¿sí les funciona? Es decir, ¿la expectativa mayoritaria del electorado es la del candidato “normal”? Y, si sí, ¿se consigue a través de spots, tuits y, en el caso del candidato priista, la compra de medios y periodistas donde los vemos haciendo “cosas normales”? ¿Se puede dar la imagen de normalidad extrayéndola, justamente, de lo normal? ¿No es más bien eso como la definición misma del acartonamiento?

Juana Cuevas, esposa de Meade, en el súper
Foto: Twitter

Buena parte de las estrategias de campaña consisten en explotar carismas y atributos personales del candidato. Pero en algún momento se nos ocurrió que, cuando no los tiene, se pueden simular. No explotar los otros que sí tenga o sus ideas o hablar del momento político que vive el país: simular atributos y carismas que no tiene. Se nos va la campaña y el dinero en ello. Peña Nieto sentó el peor precedente: nos fabricaron la ilusión de una atractiva estrella de televisión en una persona con el carisma y elocuencia de una papa. La pregunta es si Peña realmente ganó gracias a eso. A juzgar por la compra y manipulación de medios de comunicación desde seis años antes de la contienda, la compra de votos el día de la elección, poseer la base electoral partidista más grande de todas, la campaña negativa hacia el más fuerte de sus contrincantes, el voto de castigo a la administración anterior y la debilidad de su candidata, alcanzar apenas el 38 por ciento de la votación suena a que la ilusión de la celebrité no fue precisamente la clave.

Con la excepción de López Obrador, y que tal vez ahí se explica en buena medida por qué está arriba en las encuestas, los proyectos de nación hasta ahora juegan un papel marginal en la campaña rumbo a 2018. Ante el clima de violencia en el que estamos sumidos desde hace una década y que se ha recrudecido en el último año; ante una administración que se vio envuelta en intensos escándalos de corrupción semana tras semana; ante el estancamiento permanente de las tasas de crecimiento, la inflación elevada, el riesgo de una agresiva reforma fiscal en Estados Unidos tenemos la apabullante respuesta de candidatos siendo “personas normales”. Porque eso es lo que, creen, sí nos va a despertar simpatías.

Estamos luchando por ver quién se lleva el 35% de los votos. Tal vez es por eso que eso lo demás no importa. Con un poco más de ambición, es probable que la mejor estrategia de campaña sería la atención de estos problemas con discursos claridosos y contundentes que presenten no sólo un paquete de políticas públicas concretas que por lo general aturde y no dicen mucho, sino un auténtico marco general de proyecto y visión en el que se insertan. Probablemente despierte más entusiasmo ver liderazgos con un pequeño conjunto de problemas nacionales como único centro de su preocupación y apasionados con un proyecto claro y distinguible para resolverlos, que la repetición de lugares comunes inflamatorios que, creo, ya todos aprendimos a reconocer. Los estrategas y candidatos parecen haber aprendido poco de la elección estadounidense: ganó la pasión de un pernicioso hombre enojado contra el frío status quo que consideró que las fórmulas eran suficientes. Decidieron competir con Hillary Clinton y no con el otro aspirante que despertaba entusiasmo justamente por ser un apasionado que no necesitaba de fórmulas para inventarse un carisma. Ganó el afecto sobre los manuales de campaña. Parece que López Obrador es el único que había entendido y a veces parece que todavía entiende esto, pero luego ya no tanto.

Estos días, el gobernador de Chihuahua, Javier Corral, se ha llevado los reflectores por algo poco visto en los últimos años: ser un político de alto nivel que abiertamente confronta y amenaza, en este caso, al gobierno federal desde una posición moral que se expresa fastidiada con la corrupción y la impunidad. Al margen de los intereses políticos y problemas que pudiera haber entorno a la figura de Corral, su actuación despierta un interés y un entusiasmo que, por ejemplo, el candidato presidencial de su partido no ha logrado encender mientras habla francés y toca el piano y el ukulele.

Ricardo Anaya palomazo

Las campañas son algo artesanal. Requieren un gran talento para reconocer lo que verdaderamente interpela a las mayorías, la explotación de las cualidades y atributos del candidato, el reconocimiento de un ambiente de discursos, así como de las debilidades y flaquezas reales de los contrincantes. Son períodos más pasionales que racionales. Los manuales podrán servir en algún momento dado y para algún candidato dado, claro, si el contexto lo permite. No hay que ser un Trump para ganar, sino entender el signo de los tiempos como él consciente e inconscientemente lo entendió.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito

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