Cambiar el himno: crónica de una disputa tuitera

Por José Ignacio Lanzagorta García

“True patriot love in all thy sons command” (algo así como “que el verdadero amor patriota impere en todos tus hijos”) es el verso del breve himno canadiense que fue modificado la semana pasada para eliminar la palabra “sons”, que refiere a los hijos estrictamente varones. En su lugar colocaron “all of us”, es decir, “todos nosotros”, con la virtud de que el pronombre “us”, a diferencia de “nosotros”, es el mismo para cualquier colectividad de hombres, de mujeres o mixto. Quien crea que estas cosas son posibles allá sólo porque Canadá ya es muy posmo y además no tiene mejores cosas en qué ocuparse, no ha estado muy pendiente de la controversia allá arriba. Incluso uno de los senadores detractores busca llevar el caso de cambiar una sola palabra del himno a un referéndum nacional.

Son curiosos los himnos. No concebimos torneos deportivos sin ellos o la radio al filo de la media noche. Y ya… casi siempre. Junto con los otros “símbolos patrios”, son técnicas de eso que llamamos y entendemos como Estado que, en ciertas situaciones críticas, se activan espontánea o deliberadamente para aglomerar y orientar a una colectividad. El caso más reciente en México fue en Juchitán en septiembre pasado, cuando tras el terremoto, un hombre colocó una bandera nacional sobre los escombros y posteriormente fue entonado el himno nacional. Muchas voces se dijeron conmovidas por el gesto, llamadas a la acción y a la solidaridad. Con ello, el llamado era a ver en la desgracia de Juchitán una desgracia de “los mexicanos” y como tal debíamos atenderla. Los símbolos patrios se activaron.

Sismo en CDMX Oaxaca Juchitan
Foto: Twitter

No es la letra del himno nacional la que interpela. Es evidente que los versos de estas canciones llaman a la unidad, a ver por los semejantes frente a la adversidad y los adversarios, incluso al sacrificio por “la Patria”. Pero, más que las palabras, es su oficialidad, su carácter de símbolo, la sacralidad que le es conferida a través de su repetición ritual los lunes en la escuela, todos de pie, tras alguna rutina militar. En Estados Unidos se llevan la mano al corazón. Tal vez por imitación, en México no es raro que en los estadios de futbol hagan un “saludo a la bandera” mientras lo entonan aunque el ritual formal no lo exigiera. Es esa solemnidad religiosa la que enciende más que llamar al “acero aprestad y el bridón”, del que pocos recuerdan o entienden a lo que refiere.

Por eso es que cambiar la letra de un himno se siente simultáneamente tan irrelevante como una ominosa profanación. La letra es lo de menos, pero no la toquen porque es sagrado… ésa, quizás, sería la lógica. Tal vez por eso irrita tanto que simplemente se sugiera. La semana pasada tuvimos una batalla campal tuitera por dos días luego de que, tras ver la noticia sobre el himno canadiense, Genaro Lozano dijera que tal vez debiéramos repensar el belicoso y anticuado himno mexicano. Dentro del mar de reacciones inflamadas las más irónicas eran las muchas voces indignadas porque se hablara del tema. Incluso no faltó quien lo tachara de irresponsable por dejar a un lado la disputa del 2 de febrero sobre si los tamales son “verdes” o “de verde” para reflexionar sobre un tema tan irrelevante como el himno nacional. Habiendo violencia, desigualdad, corrupción y pobreza, ¿por qué hablar del himno?

 

Todo parecía estar mal en la propuesta. Además de los que concedían la relevancia que tenía para ellos el tema promulgando rabiosamente su irrelevancia, tuvimos a quienes validan por completo el ritual en sus anacrónicos términos: nacionalistas revolucionarios que se deleitan en su mexicanidad entonando una sangrienta canción escrita para el gobierno de Santa Anna y que Porfirio Díaz rescató de su inminente olvido. Para ellos el proponente profanaba con su planta el suelo nacional. También teníamos el fastidio de los que se incomodan y ridiculizan cualquier reflexión o propuesta vertida por los discursos de inclusión. ¿Para qué querríamos un himno vegano gluten-free?, decían si el destino por el dedo de Dios ya se escribió.

El club de la nostalgia que encuentra en el himno, además, un objeto patrimonial que debe ser preservado tan intacto como se determinó que así fuera en 1943 que se eligieron oficialmente, de entre las estrofas originales del poema de Francisco González Bocanegra de 1853, las definitivas, veía en la propuesta una amenaza a nuestra capacidad de recordar el siglo XIX. Quien quiere cambiarlo es, dicen, porque no conoce su historia. Como si quitarle el carácter de himno oficial significara desaparecer la canción y perder la memoria. “Que los templos, palacios y torres se derrumben con hórrido estruendo”, dice el himno.

Otros proponían, mejor, eliminar tal cosa como los himnos por ser dispositivos del nacionalismo que no deja de ser una peligrosa ideología que también segrega y violenta. Algunos otros preferimos discutir sobre otras canciones y piezas que, sin la oficialidad del Estado, también interpelan o excitan un sentimiento nacionalista mexicano: el Huapango de Moncayo, el Cielito lindo…

La mención honorífica fue para quienes defendieron el fascinante lugar común de que México tiene el “segundo himno más bello” después del francés. Y si digo fascinante es porque no deja de llamar la atención esa orgullosa comodidad con el segundo lugar -¿y por qué no habría de ser “el más hermoso” seguido después, claro, por el francés si quieren?-, el consenso de que es la Marsellesa el mero-mero, la nula curiosidad por cuestionar el criterio y origen –si es que lo hay- de tal jerarquía y, por supuesto, el hecho de otros países también dicen que el suyo el segundo.

Irrelevante lo-que-se-dice irrelevante, pues parece que no tanto. Lo que está claro es que una propuesta formal de modificar el himno nacional encendería más pasiones que muchos otros temas de esos que sí pensamos relevantes. La dimensión sagrada que persiste del símbolo es innegable. Ojalá lográramos conferir algo de esa sacralidad a las tantas otras cosas del Estado que se han profanado profundamente.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito