Cultura

La adicción a las series de televisión

Por Mariana Pedroza

Tengo una relación bastante ambivalente con las series: procuro mantenerme lo más alejada posible de ellas e incluso hago un esfuerzo activo por no enterarme siquiera de cuáles han salido porque sé que, en cuanto me engancho con una, mi voluntad desaparece y me vuelvo el estereotipo de persona desvelada con los ojos rojos y miles de pendientes sobre la mesa diciendo «bueno, un capítulo más y ya».

Me gusta pensar que no es del todo culpa mía: la estructura narrativa de las series suele estar pensada para que siempre parezca necesario ver el siguiente capítulo. Apenas me ocurrió esto viendo The Fosters, una serie de drama familiar con una estructura muy estándar: para cuando comienza a sugerirse el desenlace de un conflicto, ya hay otro conflicto en juego. Corte A: ya han pasado doce horas y uno sigue pegado a la pantalla.

La adicción a las series ya ha sido explicada desde la psicología como un fenómeno de reforzamiento intermitente: sabes que probablemente obtendrás la resolución que estás buscando –el anhelado premio– pero no sabes en qué momento, lo que te lleva a seguir y seguir probando.

Recomendación de lectura: Tele hasta reventar, de Guillermo Núñez Jáuregui

Algo análogo ocurre en la vida y quizá esa familiaridad con la espera es la que nos vuelve más proclives a replicarla en nuestra relación con la televisión. “Vivimos en vísperas perpetuas de sucesos que cuando ocurren resultan ser también vísperas –dice el escritor Alejandro Molina–, cada aparente punto de llegada no es más que el nacimiento de nuevas tensiones”.

Más aún: saber que el paraíso prometido nunca llega no es razón suficiente para desistir en la espera, basta con tener el aliciente mínimo que nos permita mantenernos ilusionados, pues requerimos de esa ilusión para seguir transitando por la vida, al menos hasta el siguiente desencanto y la siguiente meta que nos provea de una nueva ilusión.

La espera es un componente inherente del placer, aunque sólo ocurre cuando el placer llega. Pensémoslo con un ejemplo simple: si una historia romántica cautiva no es sólo por su final feliz, sino por el vencimiento previo de los obstáculos –tiempo de espera– que hace ese final más meritorio, pero si la conciliación última no llega, entonces la espera pierde todo sentido y pasa a ser lo que siempre ha sido: pura frustración.

Las series, visto así, nos seducen de la misma forma que nos seduce la vida: buscamos ávidamente de un desenlace redentor porque sólo éste puede resignificar todo el proceso tortuoso de la espera, aunque paradójicamente eso nos condene a persistir en ella.

Por otro lado, algo llama profundamente mi atención en este tipo de series basadas en las relaciones humanas: la tensión dramática está constituida primordialmente a partir de la cuidadosa administración de la información, y el desenlace llega siempre con la revelación de un secreto.

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Imagen: Shutterstock

«La verdad nos hará libres», dice la Biblia, y quizá esa afirmación no es tanto una consigna moral como una aseveración sobre la naturaleza humana. Llamamos verdad someramente a la correspondencia entre nuestras creencias y el mundo exterior, y más allá de las discusiones filosóficas sobre los límites y las condiciones de nuestro acceso a ese mundo exterior, parece que requerimos verdad en tanto que requerimos un terreno en común de negociación y encuentro con el otro.

En las series de drama lo que presenciamos continuamente es la falta de ese terreno en común: los personajes se desencuentran porque no cuentan con toda la información, misma que sí le es brindada al espectador, lo que la vuelve una arista clave en el triángulo del malentendido, una especie de testigo mudo que, aplastado por el peso de la verdad, sólo puede quedarse a ver en espera de que los otros descubran lo que él ya sabe.

Al final, las series nos reflejan nuestra propia parcialidad y nuestro deseo por disolverla y, en ese sentido, quizá la enseñanza es la misma para la vida que para nuestra adicción televisiva: la ansiedad se acabará cuando logremos aceptar que, en última instancia, nada termina nunca de acomodarse.

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Mariana Pedroza es filósofa y psicoanalista.

Twitter: @nereisima

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