El infierno electoral

Por Bernardo Barranco

El infierno es un lugar o condición de castigo eterno. Para todas las grandes religiones, de diferentes maneras, la idea de infierno implica el tormento de aquellas personas o pueblos condenados. Infierno deriva del latín infernum o “inferior”, como el lugar del pecado. En diversas mitologías no cristianas, el infierno es el lugar que habitan de manera turbulenta los espíritus de los muertos malditos.

Las elecciones de 2018 empezaron en el Estado de México. En nuestra democracia jaloneada, lo electoral se está convirtiendo en un espacio dominado por la desatada codicia del poder. Ganar a toda costa, sin importar cómo. La zona electoral es de tentación y de tormento: la gehenna en la tradición hebraica, por la desmesura y la simulación. Las formas y los principios se desdibujan para mantener el poder de una camarilla o una persona. La penosa transición a la democracia carga ahora con procesos electorales impregnados por diversas versiones de fraude, en las que participan todos los actores. Lo electoral es un coctel confuso, una zona de pecados sociales que sólo comprenden los doctores de la ley y los fariseos. Los comicios se han convertido en zonas de encono, guerra sucia, campañas de desprestigio y agandalle. El poder sin principios y los principios sin poder. Las elecciones, lejos de ser una fiesta ciudadana, han devenido una conflagración sin escrúpulos: son la antesala del averno.

¿Qué candidato del Estado de México eres?
Foto: Facebook

Usted cuestionará al que esto escribe que es un exceso intercalar la política electoral con teologías escatológicas, entreverar la religión con la política. Y le respondo que dicho desenfreno proviene de la misma clase política en el proceso de las precampañas. Por ejemplo, José Antonio Meade hablando de adviento a mujeres mexiquenses en tono de homilía. O Andrés Manuel López Obrador llamando a un “diálogo ecuménico”, a encuentros entre creyentes y no creyentes. O Eric Flores, dirigente evangélico del partido Encuentro Social, que se define juarista y liberal. En contraparte, Enrique Ochoa, el presidente del PRI, decreta con tono de pastor pentecostal que todos los mexicanos somos guadalupanos. ¿Qué pasa? ¿Dirigentes políticos y candidatos a la Presidencia se convierten en predicadores baratos de la fe? El escándalo e indignación que causó Vicente Fox al ondear el estandarte guadalupano al inicio de su campaña presidencial en 1999 ahora se queda corto ante la subversión de roles: políticos que se sienten pastores y pastores políticos.

¿Los políticos quieren la redención divina y ganarse el reino de los cielos? Por supuesto que no, quieren el poder a toda costa. Con todo, ignorar las consecuencias de nuestras patologías electorales es la verdadera condena al fuego eterno que relatan diversos textos sagrados. Por ello, el título de este libro, El infierno electoral, es una llamada de atención a los excesos y abusos del poder para encauzar a su provecho la voluntad popular. Como bien dice Lorenzo Meyer en su espléndido prólogo, el viejo régimen autoritario sigue dominando buena parte de la vida política del país, y por supuesto es parte de la quintaesencia en el Estado de México.

Infierno electoral, de Bernardo Barranco, Grijalbo

Este libro es una radiografía crítica del proceso electoral mexiquense y, al mismo tiempo, una alerta: el mismo grupo que operó las elecciones en aquella entidad maniobra rumbo a las presidenciales de 2018. Es una denuncia a las desmesuras de quienes controlan el aparato de gobierno para trampear a la ciudadanía.

Las elecciones en el siglo XXI son cada vez más competidas. Los resultados tienden a ser mucho más estrechos y peleados. Por ello, cualquier irregularidad, por pequeña que sea, resulta determinante en el resultado final. Estamos muy lejos de aquel andamiaje electoral que otorgaba certeza, de aquel Instituto Federal Electoral (IFE) ciudadano, cuyos consejeros transmitían confianza por su lealtad a los principios de la democracia. Los Woldenberg, Merino y Cantú son ahora objetos de culto. Hoy el Instituto Nacional Electoral (INE) es una grotesca caricatura, integrado por consejeros de consigna, militantes con mandato partidario o cooptados, cuyos votos y razonamientos son absolutamente predecibles. Gracias a las confabulaciones de los partidos, podemos sostener que vivimos un infierno electoral por las penosas regresiones y degradaciones institucionales. Pese a las reformas hay un efecto tobogán a punto de tocar fondo.

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Hemos sido testigos, a lo largo de los últimos lustros, de un creciente desacoplamiento entre la normatividad electoral con la práctica de los operadores políticos. Estamos lejos de los burdos métodos de fraude electoral de antaño. En la actualidad la operación política electoral es integral y, en algunos casos, sofisticada. Utiliza incluso resquicios de la espesa y barroca ley en la materia. Hoy el fraude electoral puede ser colosal y sistémico. El ámbito legal se convierte en un maloliente antro alejado de los principios éticos de la política. Actualmente bien podrían aplicarse las viejas teorías de la dualidad. En el campo electoral coexisten dos mundos: el normativo, por un lado (el del deber ser), y el sucio terreno de los operadores políticos.

Los autores de este libro, en su mayoría, hemos sido consejeros electorales, algunos con veinte años de experiencia. También la mayor parte nos hemos desempeñado en el Estado de México. Por ello, los ensayos reunidos tienen una fuerza que va más allá del análisis, pues los autores han sido testigos, actores y autoridades que, desde adentro, han conocido las reglas no escritas de la cultura política. Ninguno de los autores tiene una filiación partidaria, y todos gozan de la más absoluta credibilidad ética y política, ganada en trayectorias limpias. Poseen un profundo conocimiento del terreno electoral formal, así como de ese oscuro laberinto de acuerdos que a los partidos tanto les gusta transitar. En tanto consejeros, desde adentro sostuvimos luchas desiguales, tendientes a dignificar el papel de los árbitros. Muchos autores, ahí están las actas, resistimos manipulaciones y padecimos presiones políticas, en el mejor de los casos.

¿Por qué el Estado de México? En la elección de 2017 el PRI fue con todo para retener la gubernatura. Ante el desprestigio tanto de la gestión del gobierno federal como el mediocre desempeño local, el PRI y el gobierno mexiquense se aplicaron a fondo para no perder el bastión histórico que representa dicha entidad. Ese partido destinó como nunca cuantiosos recursos económicos, programas sociales, compra y coacción del voto para incidir particularmente en los votantes pobres; dividió a la oposición y utilizó a los candidatos independientes para dispersar el voto; contó con el apoyo del gobierno federal, usó los diferentes medios de comunicación y diseñó campañas de desprestigio tanto contra Delfina Gómez (de Morena) como Josefina Vázquez Mota, del PAN- No conforme con la estrategia sucia, a unos días de la jornada electoral empleó métodos del crimen organizado para intimidar a la oposición y a los votantes, acción calificada como “terrorismo electoral” y que ha sido denunciada en medios. Y ahí están el PRI y sus operadores, gozando de total impunidad. Desde luego, maniobraron los órganos electorales, en especial el Instituto Electoral del Estado de México (IEEM) y el tribunal electoral local. Más que una elección de Estado fue el laboratorio de una elección sistémica. Fue un operativo político masivo de guerra total. Pese al imponente despliegue de recursos y estrategias, el priismo apenas alcanzó un triunfo justo. Con dificultad ganó por una nariz.

Foto: NOTIMEX

Los autores de El infierno electoral, más que pretender crear un modelo sobre la elección de Estado, analizamos diferentes aristas de incursiones ilícitas del partido en el poder y de todo el aparato de Estado con la finalidad de modificar e inducir la orientación del voto ciudadano. En otras palabras, estamos ante un fraude sistémico. Acciones y estratagemas dolosas, acompañadas de un doble discurso, tendientes a sujetar el poder mediante incursiones políticas ilícitas. Eso constituye un catálogo amplio de delitos electorales impunes que debilitan la democracia.

Los diversos textos del presente volumen pueden leerse por separado y en conjunto. Documentan un inventario doloso como un elenco de pavor que creíamos haber superado hace tan sólo diez años.

Durante casi 90 años, el PRI ha mantenido en el Estado de México un férreo control del aparato estatal, ha creado una cultura política anquilosada, sucia y marcada por la simulación. Paradójicamente, este libro no puede ser estigmatizado como antipriista. Cuestiona, sí, los lastres sistémicos, esas inercias de Estado autoritario que han inhibido experiencias democráticas en la entidad. Técnicamente denunciamos las arbitrariedades del poder y la indolencia ética no sólo de militantes priistas sino de otros partidos que han sido tibios, tolerantes o han sido cooptados por la repugnante lógica de los operadores.

¡Ay, pobre México! No sólo tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos; ahora, además, vive en el mismísimo infierno electoral.

Este texto es una versión abrevada de la introducción de Bernardo Barranco a El infierno electoral. El fraude del Estado de México y las próximas elecciones de 2018, publicado por Grijalbo. 

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Bernardo Barranco es economista por la UNAM y maestro en sociología del catolicismo contemporáneo por la Escuela de Altos Estudios Sociales de París. Presidente del Movimiento de Estudiantes y Profesionistas (MEP) de la Acción Católica Mexicana (ACM) de 1975 a 1978. Secretario latinoamericano del Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos (MIEC) con sede en Lima, Perú, de 1978 a 1981. Secretario general de Pax Romana, con sede en París, de 1982 a 1986. Ha sido consejero electoral tanto en el IEEM como en el IFE/INE en el Estado de México. Director general de la Fundación Vamos FDS; director de la Fundación Mexicana de Desarrollo Rural, A. C. Durante 18 años condujo el programa Religiones del Mundo, en Radio Red, y actualmente conduce el programa de televisión Sacro y Profano de Canal Once. Es colaborador de La Jornada, Milenio y de la revista Proceso. Nombrado en 2015 por la revista Quién uno de los personajes que transforma México. Es autor de Más allá del carisma, análisis de la segunda visita de Juan Pablo II a México (Jus), El evangelio social del obispo Raúl Vera (Grijalbo, 2014), Las batallas del Estado laico (Grijalbo, 2016) yNorberto Rivera. El pastor del poder (coord., Grijalbo, 2017).

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