Cerrar las cortinas: retrato del miedo y la violencia en la Ciudad de México

Por Guillermo Rodríguez

Fernanda está por cumplir 55 años de edad. Ha vivido todo ese tiempo en un barrio de la periferia de la Ciudad de México, apenas a unos metros de una triple frontera entre Gustavo A. Madero, Ecatepec y Nezahualcóyotl. Tiene una familia y cuenta con un changarro que ella misma echó a andar. De alguna manera cumple con el papel de una mujer de clase media de la capital. Sin embargo, recientemente, Fernanda se ha comportado de manera especial: hace medio año decidió que no volvería a abrir más las cortinas de su casa.

Lo que parece algo trivial es en realidad una sutil pero significativa práctica de resistencia. Fernanda decidió no volver a abrir sus cortinas porque, sostiene, de esa manera los mirones no podrán leer sus movimientos ni interesarse por sus pertenencias; condenándose a la oscuridad y frialdad de una nada extraordinaria casa de dos apartamentos. Ella sostiene que desde hace algunos años el barrio ya no es lo que era antes. El miedo que la rodea es consistente con la alta percepción de inseguridad que se vive en general en la Ciudad de México, donde 85.7% de la población se siente insegura, más de 11 puntos arriba de la media nacional (74.3%), de acuerdo con las cifras que INEGI comparte en la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública de 2017.

Algo de razón tendrá Fernanda, dado que el vecino Ecatepec ocupó los primeros lugares de la lista de municipios más violentos del país durante buena parte de 2017. Al mismo tiempo, Gustavo A. Madero tampoco lo ha hecho particularmente bien. A pesar de que el número de delitos reportados se concentra tradicionalmente en la zona centro, son precisamente La Gustavo e Iztapalapa las que se llevan la mayor cantidad de delitos de alto impacto reportados.

A Fernanda no le da paz que las noticias sobre la violencia en el país regularmente se trasladen a la frontera norte, Colima o Veracruz. Tampoco se va con la finta de una tranquilidad artificial por el hecho de que los medios sólo parecen reaccionar cuando los delitos de alto impacto ocurren en la Roma-Condesa o alguna zona céntrica de la capital. Ella, sostiene, ha visto con sus propios ojos la descomposición del barrio que la vio nacer. Convencida de ello, se hace acompañar diariamente de una pitbull terrier que, aunque consentida y confianzuda, tiene a su favor el temor hacia su raza para inhibir a desconocidos.

Ecatepec

En realidad, todos saben que “La Güera”, como la conocen en el barrio, también exagera. Las inmediaciones de la famosa colonia San Felipe de Jesús nunca han gozado de buena reputación. No obstante, Fernanda insiste que cada vez hay más asaltos que derivan en homicidios; que el “renteo” –o derecho de piso–, normalizado en grandes almacenes, parece estar alcanzando tintorerías, abarrotes y papelerías ordinarias. Ella misma, con incredulidad e impotencia, perdió a un ahijado que, expuesto desde niño a la violencia, no tuvo otro destino que sumarse a las filas del tráfico de drogas, mercado con baja esperanza de vida.

Nuevamente, Fernanda parece tener razón. Si bien el tipo de violencia presente en la periferia de la Ciudad no es igual a los escenarios protagonizados por grandes carteles de otras zonas del país (aquí los “delitos de oportunidad” –robos o asaltos en la calle o transporte– encabezan la lista de delitos más frecuentes.), –o al menos según lo que el Jefe de gobierno quiere hacernos creer con sus declaraciones sobre la inexistencia de cárteles en la ciudad –, el relato es consistente con otros estudios en la materia.

¿Por qué vivimos en una ciudad insegura? De acuerdo con los investigadores Vilalta & Muggah, una teoría útil para entender el crimen en la Ciudad de México es la de desorganización social. Esta teoría de origen estadunidense sugiere que aquellos entornos con una cohesión social debilitada por la desigualdad, migración frecuente, ruptura de lazos familiares y comportamientos desregulados, léase mucha fiesta y convivio, potencialmente pueden generar más crimen en ciertos espacios urbanos. Según la investigación que Vilalta & Muggah realizaron en 2016, estos elementos parecieran explicar buena parte del comportamiento criminal en la Ciudad de México.

El retrato le pinta familiar a Fernanda, quien cuida de tiempo completo a su nieto de tres años cuyos padres están obligados a trabajar todo el día. También sabe de la volatilidad reciente del barrio: el año pasado se tuvo que despedir de su vecina de a lado para recibir a 4 familias inquilinas diferentes. Las construcciones desordenadas de departamentos son la novedad en la zona, atrayendo población que no tiene arraigo –y en consecuencia lazos de confianza– con sus vecinos. Al mismo tiempo, Fernanda reporta alarmada el incremento del consumo de alcohol en el espacio público y en numerosos centros de distribución por todo el barrio. Finalmente, la desigualdad, un poco más discreta, queda registrada en el Índice de desarrollo social de la Ciudad de México que ventila que en el mismo espacio cohabitan por igual manzanas con estratos altos, medios, bajos y muy bajos.            

Sin embargo, el retrato no parece tener mucho eco en las autoridades ni en la clase política que prefieren prometer más policía, más cámaras, más vigilancia en comunidades donde, como Fernanda, ya están hastiadas de sentirse observadas. Si hacemos caso a las propuestas que Vilalta y Muggah formulan, la ruta, al menos en Ciudad de México, iría por una agenda de prevención real a través de la construcción de confianza en las comunidades: auxiliar a las familias monoparentales, regular más efectivamente el consumo de alcohol y, sobre todo, favorecer la organización vecinal y la acción colectiva de los barrios, generando relaciones duraderas.

Hay múltiples orígenes de la violencias; en consecuencia, no todas se resuelven igual. Vilalta y Muggah, por ejemplo, identifican causas distintas según la zona de la Ciudad ponen bajo análisis. Al mismo tiempo, las violencias que se viven en la Ciudad de México no son del todo similares a las que se presentan en entidades como Guerrero, Guanajuato o la frontera norte. Hay que estudiar las razones; sobre todo, escuchar y prestar atención a los retratos locales y cotidianos.

Por lo pronto, una agenda de prevención sujeta a las realidades de Ciudad de México que esté acompañada de la construcción de confianza comunitaria y acción colectiva puede encaminarnos a salir de la violencia que vivimos. Incluso puede que, en una de ésas, logre que Fernanda se anime a ver el sol por su ventana otra vez.

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Guillermo Rodríguez es coordinador de Wikipolítica CDMX, una organización política sin filiaciones partidistas.

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