En ‘A Quiet Place’ de John Krasinski, las palabras sí son una amenaza

El miedo no es opcional ni forma parte de lo que Freud llamaría un malestar en la cultura. El miedo es humano y representa uno de los instintos de supervivencia que, de alguna manera, compartimos con los animales. La diferencia con éstos es que ellos no tienen un objeto de miedo –ni de deseo–, simplemente se trata de una forma natural y biológica de mantenerse con vida. En cambio, los humanos buscan darle un nombre al miedo para que éste se haga realidad y sea más reconocible.

En el caso de la familia protagonista de A Quiet Place, el miedo no viene de una imagen, sino del sonido, otra característica básica del ser en comunidad necesaria para comunicarse… más no indispensable. Cuando el más chico de la familia desea un juguete con pilas que emite sonidos, el resto del grupo se aterra ante la idea pero, ¿por qué?

La respuesta es lo que convierte a Un lugar silencioso, escrita, dirigida y producida por John Krasinski, en uno de los filmes que mejor han logrado representar el terror y el suspenso. Sin necesidad de dar una explicación, la historia se sitúa en un mundo donde unas criaturas ciegas, pero con una audición impresionante, cazan cualquier cosa que haga ruido. Una caída, un grito, un susurro, incluso la respiración agitada de alguien que se encuentra constantemente en peligro. ¿Cómo lamentar la pérdida de un hijo o un hermano?, ¿cómo expresar un dolor físico?

De este modo, un matrimonio, interpretado por el mismo Krasinski y su esposa Emily Blunt, deben crear un lenguaje de señas con el cual puedan comunicarse con sus dos hijos para mantenerlos a salvo. Sin embargo, en el desarrollo del filme, cuando la historia está en su punto máximo, el personaje de Blunt –quizá este papel sea uno de los más tenaces del año– se pregunta quiénes son si no son capaces de cuidar a sus propios hijos… y más si consideramos que acaba de tener a un bebé, un recién nacido en un mundo de silencio.

Pocas películas le hacen honor a su nombre como esta. Krasinski, quien escribió la historia y colaboró en el guión, obliga a las audiencias a olvidarse de las palabras –apenas si hay dos diálogos en toda la película–, para que se enfoquen en lo que realmente, hasta ahora, comunica: las expresiones faciales y el movimiento del cuerpo en una época donde la demanda por el ruido es enorme. De este modo, llevar el dedo índice a los labios en señal de silencio, se convierte en la clave de supervivencia y en un signo de amor entre los miembros de una familia rota que se ve obligada a sufrir sin hacer ruido.

Este filme, estrenado en el festival South by Southwest a principios de marzo, hace el sonido necesario para acercarse a grandes filmes, no necesariamente de horror, que utilizan el silencio como una de las premisas básicas. Nos referimos a uno de los clásicos del séptimo arte, 2001: A Space Odyssey, o bien, a la cinta ucraniana de 2014 dirigida por Myroslav Slaboshpytskyi, La tribu, donde la violencia también viene en lenguaje de signos.

En A Quiet Place, sin necesidad de caer en analogías forzadas y ridículas, descubrimos que un chasquido puede ser tan letal y peligroso como el sonido de una bomba, que una palabra de cariño, puede ser sinónimo de muerte. Además, el director y los guionistas, durante más de una hora de estrés absoluto en el que la música es el único compañero del público, pues anuncia cuándo se debe preparar para un susto, recuperan la idea de que la pregunta siempre será la respuesta correcta. Es decir, el motivo del miedo y del problema central del filme, al final, resulta ser la solución al mismo. Y, ¿acaso encontrar la respuesta no es otro sinónimo de supervivencia y sentido de humanidad?

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