Hablemos de las elecciones y las políticas públicas para la primera infancia

Por Diego Castañeda

Esta semana vamos a evaluar una serie de políticas propuestas/aceptadas por todos los candidatos, las relacionadas con la atención a la primera infancia. Algunos candidatos están trabajando en programas que atienden esta necesidad, otros se han pronunciado abiertamente por ellas y otros han aceptado compromisos al respecto. Ya que no existen detalles y sólo intenciones, de antemano, todo lo que podemos decir es que es algo muy viable, necesario, y sustentado en literatura especializada.

Hace unos días la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) llamaron a los candidatos a la Presidencia de la República a comprometerse con la primera infancia. Lamentablemente, lo que era un evento en el que todos coincidían terminó transformándose en un evento político por la decisión de los organizadores de no aceptar la firma de Esteban Moctezuma (propuesta para secretario de Educación de Andrés Manuel López Obrador) en representación de su candidato. Esto movió el foco de la problemática de la primera infancia y la urgente necesidad de políticas públicas que la atiendan hacia el oportunismo político y discusiones irrelevantes.

Más allá del espectáculo político y mediático, la inversión en la primera infancia es un tema urgente que merece toda nuestra atención.

Para ponerlo contexto, es importante recordar que los primeros 3 años de vida son extremadamente importantes en la formación cognitiva de los niños. Niños que no tienen alimentación y estimulación suficiente en este periodo sufren fuertes deterioros que generan desigualdades a lo largo de su vida. Por ejemplo, sus cerebros se desarrolla peor, un niño con desnutrición a esa edad cuando llegue a los 8 años tendrá un cerebro equivalente a uno de 5 y cuando tenga 18 a uno de 12; transformándose, así, con el tiempo, en una fuente de pobreza. En México más de 21 millones de niños viven en pobreza y este tipo de problemas se vuelven una trampa que es muy difícil de romper.

Imagen: Shutterstock

En México, de forma lamentable, cuando se comenzó la serie de recortes por la debilidad de las finanzas públicas desde el año 2015 los programas enfocados a la primera infancia comenzaron a sufrir. Con el tiempo esta falta de recursos se vuelve fuente de pobreza, de violencia, de pérdida de productividad y pérdida irreversible en las expectativas de calidad de vida de los niños.

De lo anterior podemos inferir que no es un problema menor el destinar recursos y diseñar programas que impacten de forma positiva esta población. La literatura ha documentado muchísimos efectos positivos de hacerlo.

Por ejemplo, la que quizá es la voz más fuerte en el tema es James Heckman, ganador del premio Nobel de economía en el año 2000 y profesor de la Universidad de Chicago. Heckman, en lo que popularmente se conoce como la “ecuación de heckman”, muestra que invertir en la primera infancia es una de las inversiones con mayores retornos que se pueden hacer.

Por ejemplo, en mediciones llevadas a cabo en algunos programas diseñados para darle educación, estímulo y alimentación a niños en el Perry Preschool Project (programa preescolar para poblaciones en Estados Unidos de niños afroamericanos en pobreza y en riesgo de no terminar la escuela) o en su programa Abecedarian muestran que el retorno a esta inversión es de entre 7 y 13 por ciento anual.

Además de estos retornos invertir en la primera infancia tiene efectos brutalmente positivos en el ciclo de vida de las personas. Heckman encontró que niños en los que se invierte bien, tienen 30 años después menor incidencia de enfermedades cardiovasculares. Que sus ingresos pueden incrementar hasta en 25 por ciento durante su vida adulta, producto de un mayor logro educativo, así como de su productividad. Otro efecto importante es que estas inversiones incrementan fuertemente las probabilidades de que los niños lleguen al menos a preparatoria y al hacer esto la probabilidad de cometer crímenes disminuye.  

Para los interesados en leer sobre estos efectos recomiendo el libro Giving Kids a Fair Chance, de James Heckman. 

Algunas políticas públicas que pueden ayudar en este sentido es la de contar con guarderías de calidad, que atiendan  bien a los niños, que los estimulen, los expongan a un vocabulario más amplio, donde tengan buena alimentación: guarderías que no se vean como guarderías sino como centros integrales de atención a la primera infancia.

Otra política que resultó muy exitosa en los experimentos que Heckman describe en su libro es la de dar seguimiento en los hogares a los padres y a los niños. Que un “asesor” capacitado pueda hacer visitar cada determinado tiempo para dar consejo a los padres sobre cómo atender de mejor forma estas necesidades y que pueda identificar aquellos hogares que requieren mayor asistencia puede ser sumamente exitosa.

Regresando a la realidad de nuestras elecciones, ningún candidato ha preparado propuestas detalladas de políticas públicas que se puedan implementar en México que consideren todos los aspectos relevantes, desde el servicio en sí mismo hasta sus costos. Sin embargo, todos se han expresado de una u otra forma en favor de implementar medidas y darle cierta prioridad al tema, en esto todos (López Obrador, Anaya, Meade, Zavala y Rodríguez) tienen una buena calificación.  

Atender estas deficiencias causadas por la pobreza, es una forma lenta pero segura de disminuir la desigualdad de oportunidades y, por ende, de resultados a través del tiempo. Lejos de prestar atención a la grilla y al circo en que momentáneamente transformaron esta discusión, es momento de presionar a todos fuertemente para que elaboren propuestas muy concretas para la atención de la primera infancia y así dejemos de desperdiciar nuestro principal recurso natural, nuestro capital humano.

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Diego Castañeda es economista por la University of London.

Twitter: @diegocastaneda