‘La Rosa de Guadalupe’: el favorito de niños y niñas

Por José Ignacio Lanzagorta García

El titular de la nota le generó a más de uno escalofríos: “La Rosa de Guadalupe” es el programa de mayor audiencia infantil (4 a 12 años) en México. El estudio que publicó el Instituto Federal de Telecomunicaciones sobre este tema el lunes pasado ofrece mayores precisiones en los que vale la pena detenerse. En suma: el canal 2, ahora llamado “Las Estrellas”, es el canal de mayor rating entre los niños y niñas del país, sin importar si tienen acceso o no a televisión restringida. Y el género “dramatizado unitario” (lo que en mis tiempos sería “Mujer: casos de la vida real” o ahora “La Rosa de Guadalupe o “Como dice el dicho”) es el preferido por todos, seguido por las telenovelas y, finalmente, las caricaturas que, dicen, es un género que sí está dirigido para ellos. Este orden de preferencias es el mismo sin importar nivel socioeconómico, lo único que cambia es que los del mayor estrato consumen menos televisión abierta o radiodifundida.

El estudio de IFETEL insiste en que el género dramatizado unitario no es un contenido producido y dirigido para niños, que Las Estrellas no tiene contenidos infantiles. Sin embargo, en sus conclusiones, señalan que: “La programación dirigida a niñas y niños debe ser una herramienta fundamental para difundir valores éticos, artísticos, culturales e históricos, promover la igualdad entre hombres y mujeres, los principios de paz y respeto, la integración de las familias y, sobre todo, el desarrollo armónico de su niñez”. ¿Qué no “La Rosa de Guadalupe” y “Como dice el dicho” intentan hacer más o menos esto –a veces con resultados estrepitosos–? A veces la línea entre lo que es infantil y lo que no es muy clara, pero a veces creo que este tipo de programas son, sobre todo, infantiles.

Para muchos es patético. Para mí, ciertamente no es mejor que “Mujer: casos de la vida real”, pero sólo por el innecesario e incómodo papel que juega la aparición guadalupana en la moraleja de cada capítulo. Es decir, en cada emisión se presenta un problema moral, un dilema ético, una mala decisión que lleva a terribles consecuencias y no es sino hasta la milagrosa intervención de la patrona de México, en forma de una brisa y dejando una rosa blanca, que no se desenreda el nudo. En toda justicia, hay que decir que la Virgen no participa sino hasta que los protagonistas han resuelto por sí solos el lío. Digamos, en general, que el airecito y la flor funcionan sólo como recompensa, como apapacho, como premio a un buen examen de conciencia. “Como dice el dicho”, que es lo mismo pero sin la dosis de guadalupanismo, lo que refrenda es la gran sabiduría moral que hay detrás de los refranes populares. Para algunos esto hace daño, Televisa te idiotiza y no es más que sintomático de la decadencia de un “pueblo ignorante” que debería estar más bien viendo documentales y cine de autor.

La Rosa de Guadalupe

A lo mejor tienen razón. En la Rosa de Guadalupe podemos ver situaciones absolutamente ridículas que rayan en la desinformación como, por ejemplo, la forma en la que funciona la adicción a la marihuana (a partir de 5:45 favor de reír). O situaciones morales que, más allá de que se terminen resolviendo desde posiciones escandalosamente conservadoras, parten de premisas falsas. De niño tuve el privilegio de la televisión de paga… y aun así vi todas las Marías de Thalía. Todas. Me tocó asistir a la primera transmisión a nivel mundial de la crisis nerviosa que sufrió Soraya Montenegro cuando encontró a Nandito “besando a la lisiada”. También vi “Mujer: casos de la vida real”. Me reí con más de un personaje de Chespirito. No sé si esto me hizo más tonto. No sé si hoy hubiera descubierto la cura contra el cáncer de haber apagado la tele. No sé si hoy tendría otra capacidad de discernir entre el bien y el mal, si sería una “mejor” persona. Tal vez sí. Se me hace que no. Hoy el Ifetel acompañó este estudio de otro de corte cualitativo en el que, entre otras cosas, incluye entrevistas en la que adolescentes que miran programas como “La Rosa de Guadalupe” señalan su desacuerdo con algunas de las situaciones que ahí se observan. Tal vez los programas puedan ser idiotas, pero, a diferencia de lo que el rasgado de vestidura sugiere, las audiencias, incluso las infantiles, se relacionan con ellos de manera crítica.

En todo caso y, sin duda, necesitamos mejores contenidos, pero creo que lo que nos revela el estudio de IFETEL es una posible necesidad de los niños y niñas de, además de las sensacionales caricaturas y películas estadounidenses, tener referentes locales, de ver en su televisión una realidad que se asemeja a su vida cotidiana; de ver buenas o pésimas actuaciones pero en su idioma nativo y original; las caricaturizaciones o dramatizaciones de situaciones que les resultan familiares; de encontrar en esos productos televisivos problemas morales con los que ven a sus hermanos, a sus padres, a sus vecinos enfrentarse y poder formar una posición personal con respecto a ello. No sé si “La Rosa de Guadalupe” adoctrina tanto como tampoco sé si los videojuegos violentos enseñan a ser violento, pero creo que estos programas pueden llegar a reflejar un contexto cultural cambiante. Alguna vez vi en “Como dice el dicho” el caso de un adolescente gay, donde la moraleja era que debía ser respetado y querido como cualquier otro niño. No recuerdo si Silvia Pinal trajo algo similar 20 años atrás. Se me hace que no, o no así.

A veces es difícil entender el paternalismo, clasismo y mirada colonial con el que vemos nuestros propios productos mediáticos. Nunca serán lo suficientemente buenos, nunca serán los adecuados para “las masas”, el “pueblo” nunca está viendo lo que debería estar viendo. Equiparamos los contenidos televisivos ordinarios locales con los contenidos más sofisticados que nos llegan desde Estados Unidos –es decir, no con los ordinarios locales de allá– y suspiramos pensando que nunca tendremos algo así. Me preocupa pensar que algún día sí tengamos “algo así” y no seamos capaces de reconocerlo sólo porque es nuestra realidad y no otra la que vemos reflejada ahí.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito