¿No les gusta el ‘eh puto’?

Por José Ignacio Lanzagorta García

A Rubén Estrada

A Roberto Vega

A Carlos Uriel López

Lo estábamos esperando. Si no hay ninguna sorpresa. Basta que le digas al niño malcriado que deje de patear la silla para que la patee ya sólo por desafío y nada más. ¿No les gusta el “eh puto”? Cámara, ahí les va. A estas alturas, el niño malcriado tiene más mi empatía que mi repudio. La FIFA es muy contradictoria. Es más, se le siente abusiva, ¿es creíble que su problema sea la homofobia del cántico? Es decir, al papá ya tampoco le interesa que el niño deje de patear la silla porque es molesto, sino sólo quiere tener la complacencia de verse como autoridad, de imponer sus restricciones sobre la voluntad del mocoso. Estamos, pues, como casi todo lo que involucra el futbol, ante un duelo de precarios machitos luchando por ver quién gana.

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Hace cuatro años discutimos hasta la náusea si el grito mexicano en los estadios era o no homófobico. Después de eso, solo discutimos si las sanciones de la FIFA son congruentes o no. El niño malcriado tiene un gran punto: ¿por qué a mí no me permites patear la silla y a mi hermano lo dejas romper los jarrones? Un mundial en Rusia. ¡En Rusia! Ahí no sólo te gritan “puto”, si andas por Chechenia te meten a un campo de exterminio. Un mundial en Qatar. ¡En Qatar! Ahí no sólo te gritan “puto”, te meten a la cárcel de 5 a 10 años. Por supuesto: no he dejado de leer tuits que básicamente dicen en otras palabras: “si a ellos les validas putearlos, ¿que yo no pueda gritar “puto”?”. Tienen razón. Al diablo con la maldita FIFA. Al diablo con su afán pedagógico de las aficiones bananeras. Al diablo con el futbol y sus disputas idiotas.

Hace cuatro años hice lo que muchos: me sumé al extraordinario razonamiento público sobre una simple palabra. Un país entero nos volcamos a desentrañar etimologías, a analizar discursos, a hablar del poder de las palabras. Porque sí: “puto” es una palabra poderosa. En 2014, “mi texto sobre ‘puto’” era el nuevo “mi voto razonado”. Sirvió, creo, para que creciera un consenso sobre el sentido de la palabra. Algunos se fastidiaron con tanto texto, pero al final, creo, nos hizo bien. No faltan ni faltarán muchos, muchísimos, que sienten que “eh puto” debería ser patrimonio intangible de la mexicanidad, protegido por la UNESCO sólo después del mole oaxaqueño. Pero al menos hoy lo expresan con más reservas, conociendo el testimonio de quienes sabemos que “puto” es la última palabra que escucharon antes de morir asesinados. Todo ese ejercicio de poco sirve cuando todo se reduce a patear la silla. A demostrarle a la FIFA que puede multarnos, puede amenazarnos, pero seguiremos pateando la silla sólo porque queremos hacerlo, porque no tiene sentido su petición, porque tiene un doble estándar.

Hace cuatro años se sentía importante. Tal vez había algún tipo de conexión entre ese “eh puto” y que México fuera uno de los países con mayor número de crímenes por homofobia. Tal vez la violencia del “eh puto” también era sintomática de las otras atrocidades hechas a partir de una masculinidad que se siente amenazada por cualquier cosa. Tras el homicidio de tres activistas en Guerrero hoy se siente tan pequeño, tan distante, tan irrelevante. Insisto: la empatía es con el malcriado. Pero ahí está. Seguimos reivindicando nuestro derecho a gritar “puto” como si nos estuvieran arrancando el petróleo.

Hace cuatro años, en “mi texto sobre ‘puto’” yo decía que prefería que la prohibición no fuera la salida, que me daba un poco igual si lo gritaban o no. Sólo me importaba que supieran bien qué es lo que estaban gritando, que no se hicieran imbéciles con que es-de-que-aquí significa otra cosa, que detrás del “eh puto” está la misma homofobia, la misma misoginia, la misma violencia machista que está en la mayoría de sus consignas futboleras, pero que, como no las ponen en coreografía -ay, tan en divinas, tan impreshionantis-, la FIFA no puede castigarlas. Hoy se ve por qué prohibir no era lo mejor, sobre todo si la FIFA no iba a ser consistente ni genuina en su preocupación por el tema: porque el niño malcriado sólo quiere patear la silla. Y a lo mejor ya cambió la razón por la que quiere hacerlo… es sólo que lo sigue haciendo.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter:@jicito