Aldous Huxley y el vicio de la droga en nombre de la ciencia y el conocimiento

Los sentidos están hechos a la medida del hombre. Guy de Maupassant, cuentista y novelista francés del siglo XIX, ya decía en Carta de un loco que todo lo que percibimos y creemos conocer, es falso frente a la inmensidad de un universo que el hombre, por su constitución física y mental, nunca será capaz de comprender ni su estado infinito: “su debilidad no le permite conocer lo que es demasiado vasto… el universo casi entero le queda oculto”.

“Estamos rodeados de Desconocido inexplorado”, decía. Esta idea supone un impasse en la vida del hombre –así como en sus objetivos– quien se sabe corto ante la existencia de algo más grande que nunca podrá percibir, mucho menos comprender, pero que está ahí. La misma situación la propuso alguna vez el poeta inglés William Blake con su famosa frase “Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal como es: infinito”.

Y de aquí, de estas mismas palabras, surgió uno de los ensayos más importantes y liberadores del siglo XX cuyo autor, Aldous Huxley, se convirtió en un profeta del futuro de las sociedades cuya fama ha sido eclipsada, en gran medida, por un gran autor llamado George Orwell y la novela 1984.

Existe un rumor que asegura que The Doors, liderada por el enigmático Jim Morrison, tomó el nombre de la banda de una frase del poeta inglés William Blake. Muy probablemente sea verdad, finalmente, el cantante era un ávido lector y un poeta cuyos versos, traducidos en canciones, no alcanzaron un éxito tan grande. (“Light My Fire”, “Riders On The Storm” y las canciones más populares de la banda, fueron escritas por Robby Krieger, el guitarrista).

Sin embargo, toma un significado mucho mayor y más impactante dentro de la cultura popular si consideramos el hecho de que dio paso a la creación e investigación presente en Las puertas de la percepción, obra escrita en 1954, a mitad de un siglo que había dejado atrás una guerra mundial y entraba en una etapa que veía su futuro en sociedades distópicas lideradas por gobiernos totalitarios que basan su régimen en preceptos tecnológicos.

Autor de Un mundo feliz en 1932, quizá su obra más famosa, Huxley se sumió en un viaje de de investigación como conejillo de indias para descubrir los efectos a nivel conciencia de la mezcalina, principio activo del peyote que lo hizo llegar a diversas conclusiones que se acercan a un nivel mucho más científico a lo dicho por Maupassant y Blake: hay cosas en el universo que están fuera de nuestra comprensión, pero hay cosas privadas como los sentimientos, fantasías y pasiones, que también lo son para los demás, son “incomunicables”.

Aldous Huxley y el vicio de la droga en nombre de la ciencia y el conocimiento
Aldous Huxley en 1930 / Getty Images

Pero Huxley fue más allá, habló de la capacidad de contemplar las cosas desde una perspectiva humilde, aunque en realidad deba llamarse humana por ser animales, y la existencia de una enorme diferencia, la cual no vemos, entre los seres que son en sí, sin pretensiones ni juicios morales, y los que se encuentran en medio de la valoración “excesiva” de la palabras y las “naciones adoradas idolátricamente”. Sin embargo, el problema es el mismo y la mezcalina sólo puede plantear una cuestión pero no resolverla: sabemos que hay algo más grande ahí, pero no lo alcanzamos aunque nuestra capacidad de contemplar haya aumentado por el efecto de una droga como esta.

Huxley escribió Un mundo feliz 22 años antes que Las puertas de la percepción, pero parecía que ya había llegado a un punto similar al presentar en esta novela un mundo sumido bajo el régimen de un gobierno totalitario centralizado donde la tecnología y la ciencia representan un estado superior por el cual no fueron creadas para servir al hombre, sino para que el hombre sirva a ellas como si se tratara de un esclavo.

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