La historia de cómo Charles se convirtió en el héroe de su propia mierda

Charles Bukowski es considerado como uno de los poetas, cuentistas y escritores más prolíficos del siglo XX. Sin embargo, como si se hubiera tratado de una predicción del mismo escritor, todo en su vida llegó tarde, incluso el verdadero descubrimiento de su obra. Lo dijo en unas cuantas entrevistas, una de ellas mientras sostenía una botella de cerveza con las cámaras frente a él, refiriéndose también a la atención de los medios a los cuales les parecía gracioso que un viejo indecente y mal hablado, dijera cosas como si no hubiera consecuencias.

También lo dijo por las mujeres jóvenes con sus “vaginas firmes”; por el aplauso del público que poco comprendía lo mucho que decía; por las risas que sus comentarios provocaban en sus lectores; por todo menos por lo que realmente tenía que decir utilizando como pretexto a las prostitutas, el hipódromo de la ciudad, las apuestas, la biblioteca de Los Ángeles, la mierda y su máquina de escribir (la cual empeñaba para comprarse alcohol).

Bukowski fue el último poeta maldito, un hombre cuyo romanticismo dirigido por el exceso, la soledad, la pasión y la locura, lo llevó a los puntos más altos de una reflexión que no parecía serlo. A través de su alter ego Henry Chinaski, un adicto al alcohol y las apuestas de caballos, logró algo más que describir el paisaje de una ciudad, con todo y su comunidad, sucia y olvidada: entre cientos de poemas y varios cuentos desechados por grandes editores, Bukowski hizo de la literatura un hogar, una terapia que liberaba toda la “mierda” que traía dentro él y todos sus lectores.

Nacido en Alemania, llegó a los dos años a Estados Unidos. De acuerdo con una entrevista –éstas en muchas ocasiones son más populares que sus mismos libros–, comenzó a tomar cuando tenía 13 años para dejar de lado el dolor de los golpes de su papá, un soldado. La vida como un lavaplatos, ascensorista, cartero, conductor de camiones, lavaplatos, guardia, empleado de gasolineras, trabajador de un matadero y colgar pósteres en el metro, llegó cuando su sueño de convertirse en escritor se estaba esfumando como consecuencia de los rechazos de editores, los cuales aseguraba que se limpiaban el culo con todos los textos que les enviaban, incluidos los suyos.

Todas estas actividades, pero sobre todo la lectura de todo tipo de textos, lo llevaron a un viaje de 10 años en el que conoció no la idea de una vida sencilla y sin complicaciones, sino un estado de constante reflexión que se podía materializar en pocas palabras. Finalmente, un poco tarde pero a tiempo, Bukowski comenzó a publicar sus textos en algunos medios de Los Ángeles como Los Angeles Free Press y el Open City de la segunda mitad de la década de los 50, ya entrado en sus 30.

Sus historias en forma de poemas, cuentos y alguna que otra novela, reflejaron con un lenguaje gráfico y vulgar el verdadero paraíso, el regalo para todos aquellos que habían descendido al infierno de la cotidianidad en un mundo en el que había – y hay– muchos poetas pero muy poca poesía.

Bukowski era un borracho que vivió más de lo que muchos hubieran aguantado con el ritmo que él llevaba de “beber, escribir y coger”. Sin embargo, fueron esas tres, más la segunda que cualquier otra, las que lo mantuvieron vivo hasta 1994, el tiempo suficiente para escribir Barfly, el cual se convertiría en el filme biográfico de Barbet Schroeder protagonizado por  Mickey Rourke y que lo llevó a su última novela titulada Hollywood de 1989 en la que retomó en sus últimas veces a Henry y sus adicciones.

Charles vivió más de lo que cualquiera imaginó por una simple razón: vivía para escribir y mientras tuviera una historia de putas qué contar. “¿Sabes qué es lo que me interesa?”, dijo en una entrevista. “Lo que voy a escribir mañana en la noche. Eso es todo lo que me interesa: el próximo poema, la siguiente –maldita– línea… Si no puedes escribir la maldita línea, pues, estás muerto. El pasado no importa”.

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