“Si yo pudiera sólo dibujaría el resto de mi vida”: Entrevista con Bernardo Fernández ‘Bef’

Por Olympia Ramírez Olivárez

Escritor e ilustrador, Bernardo Fernández (Bef) cuenta con una obra extensa y diversa dentro del mundo de la narrativa así como el de los cómics. Los temas de las historias que relata son varios y casi siempre personales. Su habilidad para crear realidades alternas, sobrenaturales, fantásticas y de ciencia ficción hacen que su obra sea bien recibida no sólo por jóvenes, sino también por adultos, pues la destreza de este autor le provoca adicción al lector desde la primera página. Entre sus obras más destacadas se encuentran Tiempo de alacranes (2005), Hielo negro (2011), Uncle Bill (2014) y El instante amarillo (2017).

En el marco del Hay Festival Querétaro 2018 nos sentamos a conversar con Bef acerca de la literatura juvenil mexicana, el auge de la novela gráfica latinoamericana y su próxima obra, Habla María, la cual está basada en su propia experiencia como padre.

escritor mexicano
Foto: YouTube

Tú eres novelista y novelista gráfico. Cuando concibes una idea, ¿cuáles son los elementos que pones o que quitas al momento de deliberar si va a ser novela o novela gráfica?

Ya me lo han preguntado; me parece una buena pregunta porque no tiene respuesta (ríe). Yo tengo una intuición de que algunas historias quedarían mejor dibujadas, que otras podrían ser escritas y que en algunas podría dar un poco igual, podrían quedar igual de bien. Pero no lo sé. Yo tengo un estilo de dibujo muy sencillo, entonces, si la historia implica, por ejemplo, que cae un meteorito y destruye una ciudad, me da flojera dibujarlo, pero a veces he dibujado algunas cosas complejas. La respuesta es: no lo sé. Lo intuyo y hay algo como cierta fuerza visual que me atrae de algunas historias, aunque incluso las escritas son muy visuales, pero hay algo que me gana y me voy por ahí. Es muy intuitivo. Debo haberme equivocado en alguna ocasión y valía la pena dibujar una historia o escribirla en lugar de lo que haya hecho. Para mí es así, intuitivo totalmente. Ahora, si yo pudiera me dedicaría a hacer sólo novelas gráficas el resto de mi vida. No es posible todavía porque no hay un mercado que sostenga una trayectoria de puras novelas gráficas, entonces las complemento con las escritas. Pero si yo pudiera sólo dibujaría el resto de mi vida.

¡Pero tus historias escritas son muy buenas! ¡A mí me encantó “Leones”!

¡Qué bueno! Muchas gracias. Ése es un cuento que escribí cuando tenía como tu edad, era muy jovencito cuando escribí esa historia. Muchas gracias. ¿Dónde lo leíste?

En la antología de Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte, Ciudad fantasma.

Qué bonito, qué lindo. Muchas gracias.

Abarcas mucho, por ejemplo ahí [en “Leones”], la ciencia ficción, la fantasía. ¿Fue algo puntual, algo específico, lo que te llevó a tocar esos temas?

Sí. Cuando yo era niño y adolescente, exceptuando casi de manera exclusiva a José Agustín, no existía [en México] la literatura para jóvenes. Incluso el propio José Agustín no hace literatura para jóvenes; era un joven hablando de su vida. Pero fuera de él, la literatura mexicana le daba la espalda a los jóvenes. Entonces, si leías, pues te refugiabas en los escritores anglosajones. Estoy hablando de, creo que el gran referente de mi generación, Stephen King, porque, aunque tampoco era deliberadamente literatura juvenil, se conectaba mucho. Había conexiones. Él hablaba mucho de rock, de cine, de televisión, de cómics: cosas que siendo adolescente en los ochenta era mucho más cercano que Macondo o Comala. Yo creo que a ésos llegamos después porque no era fácil llegarle a esos autores siendo adolescente y era mucho más accesible alguien como Stephen King o Ray Bradbury. Entonces, aunque siempre hemos tenido una relación complicada con lo anglosajón —siempre se hablaba de que era extranjerizante, de que era colonialista esa literatura—, finalmente nos conectábamos más con eso y creo que uno de los logros de mi generación fue tomar lo mejor de los dos mundos. Yo empecé, justo en ese momento, como no me conectaba con Pedro Páramo pero sí con Crónicas marcianas, con autores como Bradbury o Isaac Asimov, que ahora ya no me gusta mucho pero en su momento fue divertido. Estaba en sexto de primaria leyendo novelas de Isaac Asimov. Era muy nerd, pero era muy divertido. Luego ya fui descubriendo a Philip K. Dick o a Stanislaw Lem, gente que hace ciencia ficción con otra complejidad. Creo que fue, concretamente, que yo me conecté con el cómic y con otros subgéneros porque aquí había muy poco de cómics y de subgéneros prácticamente no existían porque la literatura mexicana, en aquel momento, me parece que era un pelín demasiado solemne. Te corría, pues. Quitando, insisto, a José Agustín. Creo que no lo hemos valorado en su dimensión. No quisiera que esperáramos a que muriera para reconocerle, masivamente, el autor monumental que es.

Sí, claro. Él también toca mucho esta transición de ser niño a ser adulto y todos los problemas de la adolescencia.

Ajá. Y luego tiene esta parte de experimentación con el lenguaje, digamos una etapa más madura, que no le reconocemos. Yo voy a aprovechar el espacio que me da hoy Sopitas para decir: José Agustín es un autor monumental al que hay que reconocerle su valor.

Ahora, ¿cuál crees que sea el papel de la novela gráfica latinoamericana, en específico la mexicana, ante el mundo? ¿Qué proyecta? ¿Crees que se apega a los estereotipos que otros medios han ayudado a fijar?

No. Yo creo que es porque todavía no hay un modelo rígido de novela gráfica mexicana. Si tú ves a los que estamos haciendo esto en Latinoamérica (probablemente con la excepción de Argentina que sí tiene una escuela de muchos años de historieta y novela gráfica), somos muy diferentes unos de otros y lo que yo hago no se parece en nada a lo que hace Patricio Betteo o a lo que hace POWERPAOLA. Somos muy diferentes. Yo quisiera pensar que nos aproximamos lentamente a un equivalente del Boom Latinoamericano de los cómics, ése sería mi sueño.

Y bueno, se avecina Habla María, ¿de dónde salió la idea de hablar sobre el autismo? Muchas personas tienen la idea de que este tipo de condiciones son enfermedades que tienen que rechazarse cual leprosos en la Edad Antigua. ¿Qué piensas al respecto?

Pues justamente, mi hija María, en la cual está basada la María de El instante amarillo, tiene autismo. María fue diagnosticada a los dos años. No sabemos bien ni qué es el autismo ni qué lo provoca, sigue siendo un misterio médico. Por lo menos ahora sabemos que es una condición, que no es una enfermedad y que no hay cura. Las condiciones no se pueden curar, las enfermedades sí. Además son personas con un potencial gigante, sólo que tienen que llevarse por otros caminos. Yo lo que cuento en la novela es ese momento terrible en el que nos dieron el diagnóstico, a la mamá y a mí, la confirmación de que María tiene autismo. Esto [la novela] es un testimonio en primera persona, en forma de cómic, para todas aquellas personas que hayan estado cercanas a cualquier tipo de discapacidad. Ese momento en el que le dicen “Su hijo es sordomudo”, “Su hija tiene síndrome de Down”, “Su hijo tiene ATR” o algo así, es un momento muy duro, ha sido el más duro de mi vida. Cierra [la novela] con la esperanza de que hay mucho por hacer, todo por hacer, y que todo tipo de desventaja frente al mundo es pequeña junto al amor de unos padres.

Esta entrevista fue editada para privilegiar la fluidez de las ideas de Bef.

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