‘Venom’ es una mezcla de comedia sometida al extraño horror corporal

Haríamos mal si de forma tajante decimos: Vayan a ver Venom o mejor ni se tomen la molestia. Ver una película y hablar de ella no se trata de eso, sino de partirla en partes distintas y ver qué nos puede servir y qué debemos desechar como audiencia porque, al parecer, estamos obligados a muchas segundas partes en una industria llena o cargada de películas basadas en cómics como lo es Venom

Sony se tardó muchos años en darle la oportunidad a los fanáticos de Venom de que este personaje tuviera su película en solitario. En 2007 nos presentaron una terrible parte de este villano a través de Topher Grace para la tercera entrega de Spider-Man, una de las primeras películas del nuevo milenio que comenzaron con la fiebre del superhéroe. Con la personificación poco apegada del cómic de estos dos personajes, vino la “innecesaria” lectura de las historietas por parte del público y de los mismos creadores. Sin embargo, con esta nueva entrega de Venom podemos desechar esa idea y ver una película que tiene muchos elementos originales. En pocas palabras, a todos aquellos que de verdad sienten un amor por Venom en el libro, lo van a ver y sentir en la cinta.

Sin embargo, de amor no vive el público y Venom se pierde en una maraña que va de la comedia romántica, las historias de superación personal, la comedia por sí misma y el horror corporal muy al estilo Cronenberg (nada mal, por cierto). Cuando decimos que Venom se pierde en esto, no nos referimos a la película, sino literal, al personaje mismo. Por acá les va un resumen: Eddie Brock, famoso reportero de investigación, tiene éxito en su programa y en su vida personal. No sólo es la imagen de la controversia en temas actuales, sino también está a punto de casarse con una exitosa abogada que trabaja en un corporativo que presta sus servicios a los malos. Pero aún así, se aman y están dispuestos a vivir una vida juntos hasta que el ego de Brock puede más que su equilibrio mental y en un sólo día pierde a su prometida, su gran trabajo, su departamento y estatus de hombre exitoso.

Todo esto, aunque parece poco, se lleva gran parte de la cinta, pero es el preámbulo para toda la acción que viene después: con tal de recuperar al amor de su vida, y con eso su credibilidad, decide entrar a una última investigación que tiene como objetivo desenmascarar los cimientos de muerte que están detrás de Life Foundation, una empresa de tecnología cuyo líder –un poco creíble Riz Ahmed– está dispuesto a todo para llevar al hombre al espacio.

Y aquí es donde Venom, un simbionte del espacio, entra en contacto con el cuerpo de Brock. ¿Qué es lo que sigue? Le sigue lo bueno, lo malo y lo que esperamos.

Primero vamos con lo malo. Quizá podríamos pensar que al tratarse de un espécimen del espacio, el personaje estaría asociado con mucha violencia, sangre, destrucción… pero no, llegan acciones violentas siempre intentándose justificar por la unión de estos dos personajes. Desde un principio nos queda claro que todo simbionte tiene hambre y no distingue entre buenos ni malo; sin embargo, parece demás ese constante recordatorio de que Venom tiene hambre. Y si la tiene, pues que coma. Y así es como llegamos al terrible tema de la clasificación. Es imposible saber qué pasó por la cabeza de los guionistas y el director Ruben Fleischer cuando Venom dejó de ser lo que todos esperaban, una película justa de clasificación R, y se convirtió en una comedia. Nos gustaría que en algún momento Venom se encuentre con su antítesis, pero no era necesario anticiparlo desde su primera entrega…

Lo bueno está relacionado con el horror corporal que comentamos en un principio y la comedia. Durante la película, Tom Hardy en dos personajes distintos, nos regala un cúmulo de chistes que podrían agradar a cualquiera. Desde que comenzó el universo cinematográfico de Marvel, nos presentaron un estilo de comedia con un humor muy americano. Por ejemplo, la típica frase de empoderamiento que hace un personaje antes de entrar a la escena de acción y cosas por el estilo. En 10 años, ese humor sumado a grandes efectos especiales, convirtieron a las franquicias de superhéroes en el cine del nuevo milenio. Venom y sus creadores quisieron darle por esta parte, y aunque no fallaron en el intento –sino todo lo contrario–, quizá se pudo haber convertido en la oportunidad perfecta para, dentro del mismo tema, ofrecernos una posibilidad o una salida a una franquicia de vengadores a la que le esperan otros 10 años y 20 películas.

Con esto llegamos al punto máximo de Venom: la relación entre hombre y simbionte, su amor apache en el que uno necesita del otro, y la cual trae como resultado una película que causa gracia sin querer hacerlo… o tal vez sí. No sabemos. En lo que Brock se hace a la idea de tener un parásito en su cuerpo y Venom comprende que en el mundo de los humanos hay una distinción entre bien y mal, el filme es chistoso y se suma a los episodios rápidos en que el cuerpo de Brock se adapta a Venom acompañado de ojeras, sudor, vómito, aparentes alucinaciones y cosas que nos recuerdan a La Mosca.

Lo que esperamos, al menos desde acá, es una segunda parte que no intente ser Marvel, sino una nueva franquicia. Finalmente, Tom Hardy es uno de los mejores actores de su generación que se especializa, por decirlo de alguna manera, en dramas cargados de seriedad y violencia, así que podrían aprovechar su físico, voz y dotes actorales para regalarle al mundo un verdadero antihéroe que si bien hace chistes que no lastiman a nadie, tenga la posibilidad de hacerlo con más humor negro. Por último, y como parte de las esperanzas que tenemos, llega la primera escena postcréditos con la promesa de una total “carnicería”. 

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