Intervenciones sobre un concepto mal entendido, mal aplicado, mal afamado

Por Francisco Serratos

Sólo se necesita mencionar la palabra “teoría” en una conversación intelectual para arruinar todo: los ánimos se caldean, se pierden amistades y los insultos, como conceptos impronunciables en una tesis de postgrado, pringan el ambiente. Es como ese tío borracho que todos tenemos y que, en plena fiesta familiar, saca su guitarra y comienza a cantar canciones de desamor que reflejan, más que su carácter bohemio, su infelicidad amorosa y frustración sexual a los cuarenta y tantos años de edad; nadie se atreve a callarlo, pero tampoco a consolarlo: la escena es tan embarazosa que todo mundo prefiere retirarse a sus respectivas casas. ¿Por qué el llamado teórico, o académico, resulta tan incómodo como ese tío en el ambiente intelectual mexicano?

Quisiera responder esta pregunta comentando el siguiente debate entre un grupo de filósofos alemanes que son, por desgracia, menos divertidos que nuestro citado tío. Corrían los años 30 del siglo pasado cuando los jóvenes aburguesados que formarían la Escuela de Frankfurt —sus nombres a continuación— entraron en su primer debate intelectual con el más importante crítico de su época: el también hijo de una familia de banqueros judíos y húngaros, György Lukács. El tema: el realismo y el expresionismo en la novela contemporánea de principios de siglo XX. El orden de las intervenciones fue variado —Ernst Bloch vs Lukács, Bertolt Brecht vs Lukács, Brecht vs Walter Benjamin vs T. W. Adorno y, al final, Adorno vs Lukács—, pero todo comenzó cuando el pensador húngaro criticó la falta de compromiso del expresionismo ante la amenaza nazi: lo acusó de un solipsismo apasionado, subjetivista y, valga la pena recalcarlo, de expresionista en lugar de referencialista—o sea, realista. Lukács quería que la novela reflejara la realidad, algo que los jóvenes alemanes rechazaban contundentemente por ser un tanto retrógrado.

El debate se extendió varias décadas hasta llegar a la última revisión que Lukács hacía de su obra durante un doloroso proceso de “desestalinización”, cuando se descubrieron los crímenes del dictador soviético. En 1962, en el prólogo para su influyente Teoría de la novela arremetió una vez más contra la Escuela de Frankfurt —una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, había vuelto de su exilio en Estados Unidos a Alemania y ya estaba confirmada como academia— para reclamarles su negativa a salir de las aulas en un momento que, una vez derrocado Hitler, desenmascarado Stalin y los vientos de 1968 ya refrescaban Europa, era necesario redefinir la lucha social. Lukács dice, retomando palabras que había usado contra el filósofo del pesimismo, lo siguiente:

Una gran mayoría de la intelligentsia germana, incluido Adorno, se ha mudado a lo que llamo el Gran Hotel del Abismo y que describo, como parte de mi crítica a Schopenhauer, como ‘un hermoso hotel equipado con todos los conforts, situado en la orilla de un abismo, de la nada, de la absurdidad. Y la diaria contemplación del abismo, acompañada de excelsas comidas y entretenimientos artísticos, no hace sino incrementar el goce de aquellas sutiles comodidades’.

Esta diatriba iba, en realidad, contra la teoría crítica que los miembros de la escuela habían elaborado con tanto empeño: ¿por qué los sobrevivientes de la Escuela de Frankfurt —excepto Herbert Marcuse, quien sí tuvo una agenda social y política muy callejera en la década de 1960— se negaban a abandonar los salones de clase y se limitaban a hacer análisis teóricos del capitalismo en lugar de combatirlo de forma radical? ¿No fue acaso ésta la gran lección de Marx, transformar el mundo?

Éste es el mismo argumento que tanto los críticos conservadores — y la izquierda de la vieja escuela— dirigen contra la teoría y el lugar donde se “practica”. ¿Es la academia el Gran Hotel del Abismo? ¿Viven los teóricos/académicos en una habitación con vista al abismo desde la que contemplan —y teorizan— la destrucción del mundo? ¿Son los profesores universitarios realmente una clase privilegiada? ¿Es la academia un recinto elitista donde se presumen las preseas y posgrados obtenidos en el extranjero? El teórico, ¿es como el tío borracho de las fiestas que, en lugar de arruinar canciones, destruye la literatura con sus conceptos raros? Éstas y otras preguntas derivadas son las que intentaré, más que responder, problematizar, en el sentido que el filósofo francés Michel Foucault lo hizo en toda su obra: ¿por qué ciertas cosas —ideas, conductas, procesos, cuerpos— se convierten en un problema? En suma, ¿por qué la teoría es tan problemática?

La mejor manera de responder, me parece, es entendiendo el contexto en el que surgen estas preguntas y explicando, por otro lado, el pensamiento del que surgen. No pretendo definir un concepto, mucho menos una idea, sino un pensamiento que de pronto problematiza una manera de concebir, criticar y construir la realidad. En fin, no se trata de una historia de las ideas —es decir, del surgimiento de un concepto, su representación y evolución—, sino del pensamiento: cómo ciertas instituciones, prácticas y hábitos de lectura problematizan la teoría. Tomando el famoso consejo de Gombrowicz que dice que no hay que hablar poéticamente de la poesía, no teorizaré sobre la teoría; sería de muy mal gusto. Más bien, lo que me interesa es abordar ciertas ideas sobre los fenómenos y opiniones que circulan en los suplementos culturales y los recintos intelectuales mexicanos: ¿por qué la crítica literaria mexicana es tan reacia a lo teórico? y ¿por qué sólo se concibe un sólo tipo de escritura, la literaria, como la única capaz de ofrecer un discurso crítico sobre la realidad del país?

Sean bienvenidos.

(Prometo no ponerme a cantar.)

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Francisco Serratos es autor de Breve contra-historia de la democracia  (de próxima publicación) y profesor de la Washington State University.

Twitter: @_libretista

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