Netflix liberó las primeras imágenes oficiales del perrito que interpretará a Scooby-Doo en el live action programado para 2027. Por primera vez en una adaptación de este clásico de Hanna-Barbera, el protagonista será representado por un perro real y no por un personaje generado completamente con CGI.
El perrito es adorable. Es bellísimo. Perfecto. Completamente café y con unas enormes orejas caídas que hicieron pensar a varios usuarios que se trataba de un labrador y no de un gran danés.
Como suele ocurrir en el internet de las cosas, las quejas no tardaron en llegar, diciendo que ya ni respetan las razas, que Scooby-Doo no se ve así, que cambiaron al personaje, etcétera.

Mutilaciones en los perritos
¡Vaya error! Y es importante señalarlo porque toca un tema que va mucho más allá de una adaptación cinematográfica, y es el de las modificaciones físicas que sufren algunos perros por motivos puramente estéticos.
Los gran danés que muchas personas tienen en mente —incluido el propio Scooby-Doo en algunas versiones— suelen aparecer con las orejas erguidas. La cosa es que esa apariencia no es natural.
Se consigue mediante un procedimiento conocido como otectomía, una mutilación quirúrgica que consiste en cortar parte del cartílago de las orejas y modificar su forma para que permanezcan levantadas.
La práctica, insistimos, tiene fines estéticos. Es decir que no mejora la salud ni la funcionalidad del animal. Simplemente responde a una idea de cómo “debería” verse cierta raza.

Scooby-Doo se ve como siempre debió verse
Por eso creemos que es algo positivo que el Scooby-Doo de esta nueva adaptación aparezca con sus orejas naturales. De hecho, podríamos decir que Scooby-Doo siempre debió verse así.
Ahora bien. Nuestro optimismo viene de un lugar que no es necesariamente positivo, pero que sirve para ilustrar cómo el cine y la televisión pueden influir en la forma en que las personas perciben a ciertas especies, a veces para bien, otras para mal.
Cuando Buscando a Nemo se estrenó en 2003, la popularidad del pez payaso aumentó de manera considerable. La demanda fue tan alta que distintos programas de reproducción en cautiverio tuvieron que crearse para evitar el comercio ilegal.
La cosa con el pez payaso, es que de acuerdo con la Universidad de Queensland, 90 por ciento de los que llegan a una pecera, son extraídos de su habitat natural.

Lo paradójico es que la película hablaba, precisamente, de las consecuencias emocionales (en una familia de peces) y ecológicas de extraer un pez de su hábitat natural. Y aun así, la audiencia realizó lo que no debía.
A lo que vamos es que las películas pueden influir en la manera en que nos relacionamos con los animales.
Por eso esperamos que el live action de Scooby-Doo contribuya a normalizar algo tan sencillo como ver a los perros tal y como son.
Y, de paso, ayude a visibilizar que muchas modificaciones físicas realizadas por motivos estéticos no sólo son innecesarias, sino que en numerosos casos constituyen formas de maltrato animal que pueden afectar la salud y el bienestar de los lomitos.


