Solté mi primera carcajada con La Oficina, la versión mexicana de The Office, cuando Jerónimo (quien representa a Michael Scott) le dice a Juanita (o sea, Jane) que Octavio Paz escribió El laberinto del fauno.

Este es el contexto. Jerónimo, el gerente de Jabones Olimpo, se enoja porque uno de sus empleados de apellido Mondragón, el cuate de RH, lo acusa con la administración al grado de que la vicepresidenta tuvo que hacerle una visita.

Jerónimo se refiere a su empleado como “tlaxcalteca”, y explica que los indígenas están resentidos porque aún no superan la Conquista, un fenómeno que Paz explicó en… *procede a equivocarse entre el título del libro y la película de Guillermo del Toro*.

‘La Oficina’, versión mexicana de ‘The Office’ / Captura de pantalla

El camino para el remate

Me dio mucha risa por dos razones. La primera es porque viene de una confusión probable. Me recordó al infame Mamado Nervo. Pero en el contexto de La Oficina es más gracioso porque lo de Jerónimo no es un accidente, sino que se trata de alguien que en teoría debería saber que El laberinto de la soledad es el título correcto, aunque no lo haya leído (o lo haya leído obligado).

Y la segunda es porque lo del El laberinto del fauno funciona como remate para un cúmulo de chistes que ya conocemos. Y decimos esto reconociendo que el humor se rompe en géneros y la gracia de un chiste viene de muchos lados.

A mí, personalmente, la mayoría de las cosas que pasan en La Oficina no me dieron risa. Pero lo que sí, valía la pena por el resto. ¿Se vale?

Esa es la dinámica de La Oficinaconstruir el escenario con algunos de los chistes o referencias más básicas del humor en México —comentarios clasistas, elitistas, racistas, misóginos, homofóbicos, sexistas y más— para de repente lanzar una bomba que resulta una sorpresa, a veces atinada, otras no tanto.

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Nepotismo

Los ocho episodios de esta nueva producción de Gary Alazraki y Marcos Bucay para Prime Video, con duración de media hora, retoman la comedia del absurdo que se encuentra en la cotidianidad de nuestro país en todos los niveles. Así crean un escenario que nos resulta bastante conocido: el godinato y el nepotismo.

Jerónimo Ponce III es nieto del fundador de Jabones Olimpo. Su padre lo asignó para liderar la oficina de Aguascalientes, y él lo hace con mucho orgullo hidrocálido. Dice que ser el jefe es como ser padre: los empleados son sus hijos; los debe cuidar, pero también darles lecciones.

Jerónimo es un completo imbécil, pero no es malintencionado. A pesar de tener una vida de privilegios económicos, en contraste ha sido maltratado por quienes debieron amarlo. Su padre lo humilla públicamente, su exesposa lo engañó y sus hijos no quieren ni verlo.

Jerónimo no está en su puesto porque sea competente, sino porque es heredero del negocio familiar. No sólo hay personas que podrían hacerlo mejor que él. Lo que hacen es mostrar tolerancia extrema hacia sus constantes errores, y eso le permite a La Oficina su continuidad.

La empresa puede funcionar mal, los empleados pueden frustrarse, pero la jerarquía permanece intacta porque está sostenida por relaciones familiares y no por mérito. Típico.

Fernando Bonilla como Jerónimo en La Oficina / Foto: Prime Video

Godinato

Lo mismo sucede con su equipo de trabajo. A su cargo están departamentos de una sola persona (para no perder la costumbre de la explotación laboral) como RH, contabilidad, legal, ventas, servicio al cliente y demás. Todos ansían que llegue la quincena para pagar las deudas que se acumulan porque la vida cada vez se pone más cara y los sueldos no tiran paro.

En uno de los episodios de La Oficina, los empleados demandan un aumento de sueldo. Jerónimo lleva a una persona sin hogar a la oficina por la que descubren que gana más dinero que un asalariado: mil pesos al día.

Pero eso no es todo. Monta una obra de teatro para decirles por qué no les puede subir el sueldo. El performance —y la creatividad para negarles lo que se merecen— viene del mismo lugar en el que los gobiernos se esfuerzan por aparentar procesos burocráticos, cuando al final hacen lo que se les da la gana.

La Oficina no tiene tiempo

Cuando le platiqué a alguien que ya había terminado de verla, me preguntaron si no me había dado cringe o esa sensación de disgusto, incomodidad y a veces vergüenza, pena ajena.

Mi respuesta es no. No me dio cringe porque ya había atravesado esa experiencia con The Office hace muchos años. Es raro. La primera temporada de la adaptación estadounidense de la idea de Rick Gervais llegó en 2005, hace más de veinte años.

En esa época, la incomodidad en ese formato era nueva. Nunca nos habíamos enfrentado a algo tan visceral, tan directo, incluso con la idea del documental en el que los personajes no estaban rompiendo la cuarta pared, sino que sabían perfectamente que alguien estaba ahí, viéndolos.

Lo crean o no, existen escenas eliminadas de ‘The Office’ que nunca vieron la luz. Foto: NBC

La primera temporada es complicadísima porque Michael Scott es desagradable en niveles estratosféricos. El tipo cree que es gracioso y exagera sus acciones frente a las cámaras. Lo mismo pasa con el resto de personajes de Dunder Mifflin Paper Company: aparentan algo que no son.

Con el paso del tiempo, se acostumbran a las cámaras y ya no hay necesidad de exagerar las cosas. La maravilla es que The Office se hizo más digerible cuando pudimos reconocer quién es quién y entender el porqué de sus acciones. Ya éramos uno más en la compañía.

La cosa es que La Oficina no se puede dar el lujo del tiempo porque llega veinte años después. Ya sabemos cómo funciona. Entonces, desde su inicio debe mantener un equilibrio entre la incomodidad extrema y el trasfondo de los personajes a quienes pretenden que acompañemos por más tiempo.

Un reboot de ‘The Office’ se podría anunciar una vez que se de por terminada la huelga de guionistas de Hollywood, según reporta Puck News. Foto: NBCUniversal.

Reírnos de la familiaridad

El secreto, en ese caso, es la familiaridad. Y no nos referimos a cuando el jefe le dice “familia” a los trabajadores, algo que pasa mucho en La Oficina y las oficinas.

La ventaja de esta serie es que nos podemos reír de lo que nos resulte familiar aunque el chiste ya esté dicho y sea viejo. Me reí pocas veces porque esos chistes que se burlan del físico de una persona o el doble sentido, siento, fueron tan explorados por el stand up que ya perdieron su gracia. Pero cuando me reí, me reí mucho.

Creo que también eso viene de cómo en muchas comedias, el jefe incompetente es una caricatura que sirve como punto de partida. En La Oficina, la torpeza de Jerónimo es bastante particular porque es plausible. Y esas fueron las partes más graciosas en mi experiencia.

Lo que me da risa de La Oficina es que Jerónimo habla con tanta seguridad sobre cualquier cosa, que da ternura. Y he conocido a algunas personas así, incluidos individuos en puestos de poder. La confianza de Jerónimo viene de que ha vivido toda su vida en un lugar en el que nadie lo cuestiona.

¿Pero qué pasa si, solito, se da cuenta de su realidad y cómo ha afectado la de los empleados?

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En 2017 entré a Sopitas.com donde soy Coordinadora de SopitasFM. Escribo de música y me toca ir a conciertos y festivales. Pero lo que más me gusta es hablar y recomendar series y películas de todos...

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