Podría decirse que vivimos en una ciudad infinita, donde es difícil definir sus límites y dimensionar la cantidad de lugares fascinantes pero pocos conocidos con los que cuenta.

Además de esa inmensidad de calles, edificios, construcciones coloniales, parques, centros comerciales, museos y monumentos a los que estamos acostumbrados, también hay rincones verdaderamente singulares, que escapan a la lógica y dinámica del resto de la ciudad. Este Vagando con Sopitas.com habla de uno de ellos.

 

Un rinconcito japonés

Aunque México está muy alejado de la parte oriente del continente asiático, hay varias zonas de la Ciudad de México que tienen lazos muy especiales con esa región del planeta.

Ejemplos de lo anterior son el Pabellón Coreano en el Bosque de Chapultepec, el barrio chino, la Iglesia en forma de Pagoda Japonesa que se localiza en la Delegación Iztacalco y de la que hace varios años escribimos un Vagando y, claro, el parque Akira Yamada.

No sé cuándo fue la primera vez que escuché sobre este sitio, pero frecuencia me topo con referencias a ese pequeño parque de estilo japonés que se encuentra en la colonia Country Club.

 

Curiosamente, aunque a menudo paso por la zona nunca me había aventurado a conocerlo. Las opiniones con las que me topaba en línea y en reportajes eran de lo más variadas. Unas califican a este parque como una autentica joya, capaz de transportarnos hasta el lejano oriente, otras hablan de un parque descuidado y en total abandono.

Uno de los objetivos de la sección Vagando con Sopitas.com es descubrir aquellos lugares ocultos de nuestra ciudad, así que una tarde cualquiera decidí ir y ver con mis propios ojos ese parque del que tanto había escuchado.

 

La granja que se volvió campo de golf

En 1900 fue inaugurado en la Ciudad de México el primer campo de golf de nuestro país. Su nombre fue San Pedro Golf Club y tuvo tanta demanda que para 1905 fue necesario hacerle una ampliación y adecuar sus instalaciones. Para ello se adquirió la granja lechera entonces conocida como La Natividad, y se construyó el México Country Club.

El éxito continuó hasta el grado de que grandes campeones de golf estadounidenses y británicos vinieron para jugar en esos campos.

Foto: news.urban360.com.mx

 

Esta zona se encontraba en una región que antes de su urbanización era conocida como El Ranchito. Se trataba de un lugar muy tranquilo, cerca del río Churubusco, donde había una vegetación exuberante.

Estaba interconectada gracias a un tranvía que recorría Calzada de Tlalpan, una de las estaciones incluso llevaba por nombre Country Club.

 

 

Lo que parecía sería un futuro esplendoroso se vio cortado de tajo con el estallido de la Revolución Mexicana. Este conflicto hizo que el portentoso club de golf fuera usado como cuartel general por los zapatistas como  cuartel militar.

Al terminar la revolución los dueños del Club de Golf se encontraban endeudados y para poder pagar tuvieron que arrendar el terreno a un ganadero y nuevamente se convirtió en granja lechera, aunque por poco tiempo, pues para 1920 el club de golf se reconstruyó (ahora bajo el nombre de México City Country Club) gracias a que se pusieron en venta sus acciones.

 

Un fraccionamiento para los actores

En la década de los 40, Ángela Alessio Robles se graduó como ingeniera civil de la UNAM, convirtiéndose en una de las primeras mujeres que concluía sus estudios en esta disciplina en la máxima casa de estudios del país.

Alessio Robles también estudió un posgrado en la Universidad de Columbia en Nueva York, se especializó en Planificación y Urbanismo, y a su regresó a México ocupó diferentes cargos en el Departamento del Distrito Federal, referentes a su rubro. Con el paso de los años se convertiría en una de las ingenieras civiles más destacadas de nuestro país durante el siglo XX.

Ella fue la encargada de diseñar la Colonia Country Club, un fraccionamiento exclusivo que en un principio estuvo pensado para que ahí vivieran los actores que con frecuencia participaban en las películas que se grababan en los Estudios Churubusco durante la llamada Época de Oro del Cine Mexicano.

En la década de los cincuenta era común ver por la colonia a muchos artistas consagrados de la época, además de que sus calles eran usadas como locaciones de películas.

A las calles de esta colonia se les puso el nombre de actividades deportivas, y en su interior contaba con un parque inaugurado por Javier Rojo Gómez.

 

Este espacio contaba con varias características que lo hacían muy peculiar, como una pagoda que además de funcionar como atractivo visual era la oficina donde se brindaban informes a los posibles compradores de viviendas en la colonia.

 

El parque también tenía un pequeño lago, elementos alusivos a varias culturas orientales, un laberinto, una fuente, un pozo y juegos infantiles.

 

A pesar de no tener un nombre oficial, los vecinos lo conocieron como El Parque de la Pagoda, que por cierto, también fue usado para algunas filmaciones, como El Señor Fotógrafo, que protagonizó Cantinflas en 1952.

 

Foto: Fundación Televisa/Fotográfica MX

 

La pagoda

La época dorada del cine nacional poco a poco fue perdiendo lustre y la mancha urbana creció y terminó absorbiendo a la colonia Country Club. El laberinto, el pozo y la fuente del parque poco a poco fueron desapareciendo y el parque fue cayendo en desuso.

Lamentablemente la famosa pagoda se incendió en 1974 en condiciones que aún hoy no son claras (hay quienes sostienen que el incidente fue provocado). Aún así, a este espacio se le siguió conociendo como el Parque de la Pagoda.

 

Masayoshi Ôhira

En 1980, Masayoshi Ôhira, entonces primer ministro japonés, se convirtió en el primer político nipón con ese rango en visitar México, lo que marcó el inicio de una relación más fuerte entre ambas naciones. Aquel viaje sería el último que realizaría Masayoshi Ôhira, quien falleció semanas después.

 

 

En su honor, el Parque de la Pagoda fue nombrado oficialmente como Parque Masayoshi Ôhira y tuvo una transformación radical en 1981, al ser acondicionó como si fuera un parque tradicional japonés.

Después de esta remodelación, el paso de los años provocó que el parque nuevamente fuera olvidado por las autoridades y por tres décadas la falta de mantenimiento hizo que este espacio público incluso fuera usado realizar actividades ilegales.

 

 

Entre ciclistas y corazones

Actualmente la Country Club es una colonia que tiene casetas de vigilancia en sus accesos y donde se le impide el paso a vehículos externos.  Aún así, llegar al Parque Masayoshi Ôhira no es complicado, al contrario.

La mejor forma de hacerlo es en Metro. Basta llegar a la estación General Anaya, de la línea 2 y salir por la puerta que está sobre Calzada de Tlalpan dirección Centro. De ahí podemos ingresar a la colonia por las calle ciclistas o bien en corredores y caminar 3 cuadras hasta la calle Country Club.

Precisamente esa fue la ruta que seguí hace unos días y que me llevó hasta ese pequeño parque de 2 mil ochocientos metros cuadrados, y que resultó ser un autentico tesoro.

 

 

Siguiendo las huellas del abuelo

En marzo del 2015 Tomonori Ohira, nieto de Masayoshi Ôhira, visitaba por primera vez México. El motivo que lo trajo fue asistir a la reapertura del Parque que desde hace más de 30 años tiene el nombre de su abuelo.

Y es que tras años de mantenerse en un estado deplorable, el parque fue rehabilitado tras una inversión de 6 millones de pesos, con el que se agregaron bancas nuevas, piso de concreto estampado, se rehabilitó un ojo de agua, se agregó grava en algunos andaderos, etc.

 

 

Estos gastos corrieron a cargo de la Delegación Coyoacán y la Fundación Japón (instancia que fomenta la cultura japonesa alrededor del mundo). El día de la reapertura se contó con la presencia del embajador de Japón en México, Akira Yamada.

Esa tarde, Tomonori Ohira, también director de la Fundación Memorial de Masayoshi Ohira, dijo…

“Hoy 12 de marzo sería el cumpleaños y centésimo quinto aniversario del natalicio de mi abuelo, esta es mi primera visita a México y estoy seguro que mi abuelo desde el cielo está muy agradecido con todos ustedes por recibir a su nieto este día y en esta tierra que él tuvo el honor de visitar.

Mi abuelo falleció un mes después de la visita a su país, aunque ya no está con nosotros sé que está muy contento y agradecido ya que en estos más de 30 años las relaciones económicas, sociales, políticas y culturales entre México y Japón han crecido y estoy seguro que desde el cielo mi abuelo está deseando que el intercambio entre ambos países continúe eternamente”.

 

 

Entre portales Torji y cerezos

Apenas divisé el Parque Masayoshi Ôhira supe que se convertiría en uno de mis espacios favoritos dentro de esta gigantesca ciudad. Basta comenzar a recorrerlo para verse invadido por una profunda tranquilidad.

Lo primero que seduce al visitante es el lago, los puentes y estructuras orientales en color rojo que de inmediato nos transportan a un típico parque japonés.

 

 

No obstante, el verdadero encanto de este parque surge conforme lo recorremos y vamos descubriendo pequeños detalles que lo vuelven toda una joya.

 

 

 

Obviamente sobresalen los portales Torji, que en la cultura japonesa son arcos tradicionales que se encuentran en las entradas de los santuarios sintoístas, y que según la tradición delimitan la frontera entre lo profano y lo sagrado.

 

 

También hay plantas y flores que habitualmente encontramos en Japón como arces, wisterias, peonias (emblema del gobierno civil de Japón), sauces, pinos, paulounias, ciruelos y cerezos. Por cierto, estos últimos florecen en primavera pintando el entorno de rosa, de hecho, tras la remodelación más reciente se colocaron 15 de estos árboles en el parque y sus alrededores.

Hay ardillas en los árboles, peces dorados en el lago, gente leyendo o simplemente admirando el paisaje, todo bajo un agradable silencio que nos resguarda del bullicio citadino.

 

 

 

Ha pasado más de un año desde que el Parque Masayoshi Ôhira fue remodelado, y si bien hay zonas a las que es evidente que comienzan a faltarles mantenimiento o fuentes que no funcionan (al menos cuando fuimos), en general todo se encuentra limpio.

 

 

 

Estuve ahí cerca de media hora, pero fue tanta mi fascinación que días después volví acompañado de un libro. Esta vez pasé un par de horas sumido en ese pedacito de Japón que pocos conocen y que sigue manteniéndose como uno de los secretos mejor guardados de la Ciudad de México.

Ahora sólo resta esperar que este parque reciba los cuidados adecuados para que se mantenga en estado óptimo por mucho tiempo.

 

 

Por @gabrielrevelo

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*** Con información de Ciudadanos en Red, Sefi.org.mx, Countryclubchurubusco.blogspot.mx, El Universal, Gamedots
*** Libro “Country Club” de la Asociación de Colonos, Wikipedia, l-v-df.blogspot.mx/

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