El Caso de México en el Mundial de Francia 98 requiere de largas horas de terapia. Ni Freud podría descifrarlo. Resulta increíble que durante esta justa, la selección azteca comenzara cada partido con una terrible jaqueca. No tenían forma de activarse de otra manera, como si primero interviniera el pesimismo con los galimatías de un gol en contra, y luego rompieran cadenas los del Tri.

Solo así se explica que en cada batalla que tuvo en la primera fase de Francia 98, el escuadrón de Manuel Lapuente, alcanzó el paraíso después de comenzar su aventura patas pa’arriba. Lapuente improvisó un partido sí, y el otro también. Producto de su propio fatalismo, la Selección de México no tuvo más remedio que retar al azar, ese duende haragán, desde el primer partido, precisamente ante Corea del Sur.

Cuesta determinar en que momento México se quitó el plomo de los pies, y se lo puso a Corea, seguramente tras aquel terrible infortunio de Duilio Davino. ¿Otra vez las calamidades sobre los mexicanos? Y esto apenas arrancaba. El equipo, debutó en Francia 98 el 13 de junio en el Stade Gerland de Lyon ante Corea del Sur. La desgracia tocó la puerta del TRI.

Si bien México se mostró superior, no logró abrir rápidamente el marcador. Al contrario, Gulliver cayó noqueado, cuando un ejercito de liliputienses asiáticos abrieron el marcador con ayuda de la fortuna. Entonces Seok-Ju lanzó un tiro libre en los linderos del área mexicana.

Fue entonces que se apareció por ahí, Duilio Davino. El americanista desvió el esférico, y el Gol se cantó como una tragedia. Pero como siempre hay alguien peor que tú, el mismo Seok-Ju fue expulsado tras cometerle falta a Ramón Ramírez.

Y ahí apareció Ricardo Peláez y Luis Hernández para salvarle los muebles a México y a Duilio Davino, el hombre que casi se convierte en villano.

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