Si alguien le hubiera dicho a Don Mancini que Chucky, su creación de universitario, se convertiría en un ícono de la cultura pop, no lo hubiera creído y nosotros tampoco. Es un proceso largo y complejo el que se requiere para entrar al selecto grupo de símbolos representativos de una época, idea y sociedad, sobre todo dentro del género de terror de la industria del entretenimiento. 

El horror es tan variado, que dentro de sí mismo hay varias identidades que se definen por sus personajes centrales. Para finales de la década de los 80, ya había bastantes figuras dentro del imaginario de la audiencias como Michael Myers, Jason Voorhees, Leatherface, todos ellos asesinos en serie que no se prestaban a la fantasía y lo sobrenatural como Freddy Krueger, quien compartió un espacio con Chucky.

Este muñeco diabólico fue presentado al público en 1988 con Child’s Play de Tom Holland (hay un director y guionista llamado así) y la historia original de Mancini. Todo comienza cuando una madre regala a su hijo un muñeco Good Guys que se llama Chucky. Sin embargo, lo que ella no sabe es que este juguete está poseído por un asesino en serie que logró pasar su alma al muñeco a través de un ritual vudú. 

Chucky se aprovecha en todo momento de Andy, la víctima de la historia. Child’s Play recaudó millones de dólares en taquilla. Dos y tres años después se estrenó el resto de la trilogía… y lo demás sale sobrando. Cada una de las entregas con Chucky como protagonista, lo ha presentado como un muñeco tan malvado en historias tan divertidas, que al parecer merece una nueva oportunidad. Y es así como en 2018 se anunció el reboot de Child’s Play en manos del cineasta noruego, Lars Klevberg. 

En esta cinta, la madre soltera de nombre Karen, regala a su hijo con deficiencias en la audición, un muñeco Buddi de la marca Kaslan, la compañía más grande del mundo que básicamente dirige el curso de la tecnología y sus derivados. En esta versión, ningún asesino entra a cuerpo del muñeco, sino se trata de un “error” en la programación que simplemente ignora los filtros de seguridad, desde malas palabras hasta crímenes violentos. 

Los muñecos Buddi intentan representar la era digital en la que vivimos inmersos. Buddi o Chucky funciona como un sistema operativo que responde preguntas y realiza tareas básicas como prender la televisión, un recordatorio y hasta cuidar de los bebés. Kaslan, la enorme empresa creadora de Buddi y otras ramificaciones como aplicaciones, es una divertida crítica al consumismo desmedido y la oscura realidad de la mano de obra barata en países tercermundistas.

Los Buddi son manufacturados en Vietnam donde los trabajadores son explotados. Uno de ellos, harto de todo, decide programar a un Buddi sin esos filtros para luego suicidarse. Y como lo que mal empieza mal acaba, el pobre muñeco bautizado como Chucky estaba destinado al fracaso. 

Child’s Play juega con las emociones de las audiencias. Y es aquí donde llega nuestra primera recomendación: no vayan al cine pensando en una película de terror, sino en una divertida comedia que juega con el gore y estilo slasher, y en un ensayo de la inmersión de la tecnología en nuestra vida, así como nuestra necesidad de obtener novedades que no cambian entre modelos (sólo el precio, acaso). Consejo número dos: ríanse de los absurdo y lo ridículo de Child’s Play, porque en verdad lo es. 

Child’s Play, para que nos entiendan, es como si un aprendiz de Charlie Brooker le pidiera prestada la historia a Mancini para crear el peor episodio de Black Mirror; es decir, mucho potencial pero nada desarrollo. La película también juega con un dramatismo que nos lleva a Inteligencia Artificial de 2001 de Steven Spielberg donde el muñeco es creado para amar a su dueño y protegerlo. Mientras David fue programado para querer una figura materna, Chucky escanea el rostro de su próximo mejor amigo y lo protege a morir.

En una escena bastante triste, Chucky le pregunta a su dueño con voz de máquina: ¿Andy?, ¿qué está sucediendo?”, sin olvidar la cara de confusión del juguete mientras sus amigos lo desactivan. Lo que nos lleva a otra película, Yo, robot de Alex Proyas con Will Smith donde las tres leyes de la robótica de Isaac Asimov, son violadas por un robot que tiene la capacidad de soñar y hacer promesas. Chucky no es así, no sueña pero sí interpreta palabras y emociones por parte de Andy. Sus leyes parecen haberse perdido en un amor y sobreprotección a su dueño: Chucky hace daño a otros humanos con tal de cuidar los sentimientos de su niño (al estilo de Toy Story) con cuchillos y podadoras de pasto. 

Andy tiene una discapacidad auditiva y le cuesta trabajo hacer amigos. Chucky y sus filtros inexistentes, le dan a Andy la oportunidad de acercarse a la gente y, por fin, tener amigos en el vecindario. Cuando el niño es atacado por el novio de su madre, Chucky estalla en ira y decide tomar las cartas en el asunto. Y así sucede con cualquier persona y animal que decida interponerse entre él y la amistad de Andy. 

Esta nueva visión de Chucky, con base en la tecnología y la nube, es de muy mal gusto, pero es tan crítica, que vale la pena ver el regreso del muñeco en voz de Mark Hamill (con esa agradable la referencia a Han Solo y a Tupac). De ninguna manera estamos hablando de la mejor película dentro del universo de Chucky, nos atrevemos a decir que se encuentra entre las peores. Tampoco podemos hablar de una imagen aterradora del muñeco; sin embargo, su estética es tan exagerada y mal hecha, que nos lleva de vuelta a esos primeros intentos del cine por hacer de lo grotesco, algo artístico (y no necesariamente como un expresionismo de los 20). 

Chucky llegó en el 88 con una historia exagerada e irreverente que rompió con la elegancia del cine de terror de los 70 y principios de los 80, caracterizado por la ciencia ficción de Alien de Ridley Scott, el industrialismo en Eraserhead de David Lynch, el misticismo de Don’t Look Now de Nicolas Roeg, sin olvidar la obsesión al detalle y las metáforas de The Shining con Stanley Kubrick. 

Y ahora, con seguridad, podemos decir que Chucky no ha evolucionado bien, o al menos no para mejorar, pero sí para convertirse en un muñeco justiciero, en un gran amigo y una fuerte crítica, pero sobre todo una burla al sistema de consumismo que mantiene a la mayor parte de la sociedad obligada a comparar cosas que no necesita. ¿Lo peor? Esa misma sociedad que está obligada a ver el reboot de una película que no ha sabido envejecer. 

Quizá Chucky no nos espante ni un poco, pero vaya que este reboot nos ha hecho reír  y reflexionar en muchas cosas como la mano de obra barata, la incapacidad posmoderna de crear vínculos emocionales si no es a través de dispositivos, el consumo de un producto que no satisface ninguna necesidad, el acoso y bullying, hasta la rebelión de las máquinas.