Alien: la tormenta y el ímpetu

Por Guillermo Núñez Jáuregui Al margen de la ¿crítica? que sólo hace écfrasis de lo que se ve en pantalla, o de los comentadores que participan de los ciclos promocionales del espectáculo sólo para avisarnos si les gustó o no una película, tal vez valga la pena tomar en serio, en la medida de lo posible, algunas de las abundantes referencias estéticas que puntean Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017).

Por Guillermo Núñez Jáuregui

Al margen de la ¿crítica? que sólo hace écfrasis de lo que se ve en pantalla, o de los comentadores que participan de los ciclos promocionales del espectáculo sólo para avisarnos si les gustó o no una película, tal vez valga la pena tomar en serio, en la medida de lo posible, algunas de las abundantes referencias estéticas que puntean Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017).

Empecemos por el segundo acto, el más interesante. Entonces se nos presenta, alumbrada por los relámpagos de una tormenta, una necrópolis que evoca la ciudad supuestamente abandonada descrita por H.P. Lovecraft en su novela breve En las montañas de la locura (1931):

Extrañas formaciones en las laderas de las montañas más altas. Grandes bloques angulares con lados verticales y líneas rectangulares de murallas bajas y verticales, como los viejos castillos asiáticos que cuelgan de escarpadas montañas en las pinturas de Roerich.


Esta novella de Lovecraft, que ha inspirado familiares cercanos de Alien, el octavo pasajero (1979) como La cosa del otro mundo (1982), surgió de la fascinación que tuvo el escritor norteamericano por la exploración antártica a lo largo de su vida (siguió de cerca, como ha anotado el académico S.T. Joshi, las aventuras de Borchgrevink, Scott y Amundsen, entre otros). Pero en contra del espíritu conquistador y humanista de esos hombres, la vena lovecraftiana, de la que la última entrega en la saga Alien participa (en lugar de científicos o mineros espaciales, los personajes humanos son colonizadores) sugiere que hay cosas que merecen no explorarse. Es una distancia interesante que Scott colocó respecto de sus incursiones recientes a la ciencia ficción, como los tonos esperanzadores que se apreciaban todavía en Prometeo (2012), o la superación personal de Misión rescate (2015).

Arnold Böcklin, La isla de los muertos.

También en el segundo acto del filme el espectador atento notará un homenaje a alguna de las versiones de La isla de los muertos (1880-86) del pintor suizo Arnold Böcklin. Ocurre, específicamente, cuando se revela el destino de uno de los personajes sobrevivientes de Prometeo, la Dra. Elizabeth Shaw (Noomi Rapace). Es un guiño interesante que en realidad rinde homenaje al diseñador del famoso xenomorfo (y su mitología), el también suizo H.R. Giger, quien no sólo creó, en 1976, Necronom IV, la pintura que habría de definir el aspecto que tendría el monstruo de la serie, sino que también realizó, en 1977 (un año antes de que iniciara la producción de la primera Alien), una versión propia de la La isla de los muertos.

Tal vez, como sugirió el desaparecido Tom Lubbock, La isla de los muertos no sea una obra de arte inmortal (en el sentido de “bella arte”) pero, al menos, se ha vuelto icónica (algo similar ha ocurrido con las películas de la saga Alien). En todo caso, es una pintura con cierta complejidad, llena de referencias a los mitos de la tradición humanista (que pudo lo mismo fascinar a célebres pintores mediocres como Adolf Hitler, que a coleccionistas de arte amateurs como Sigmund Freud). Ahí está una especie de Caronte, conduciendo a una extraña figura a su propia necrópolis. Y Alien: Covenant hace lo propio, pero participando de otra tradición: entre sus personajes, después de todo, no destacan los humanos, sino las creaturas sintéticas o biomecánicas. Tras verla, ¿alguien podrá negar que el personaje más interesante del filme es el androide David?

H. R. Giger, La isla de los muertos

A mí, que aún soy humano (para bien y mal), me resulta un poco grotesca la forma en que estas películas explotan la iconografía fúnebre del Holocausto (especialmente si se proyecta en una sala en la que se mascan palomitas). Con todo, puedo ver que es, al menos, interesante. Y sería engañoso, por supuesto, vincular a David con los horrores cometidos por los humanos a mediados del siglo pasado. Es cierto: se le presenta como un monstruo con algo de la cultura austriaca-bávara-suaba que fascinó a los nazis. No sólo tiene una sensibilidad artística y joie de vivre, también experimenta una debilidad por ¡Wagner! Pero, a diferencia de las representaciones en el cine bélico de los nazis, David no es un personaje inhumano, sino post-humano. No es un personaje militarista ni ascético como lo es, en cambio, el otro personaje sintético del filme, Walter, obsesionado con el deber. David se parece más a lo que en nuestras coordenadas podría ser un poeta maldito, para quien crear y amar implica destruir. Así, al margen de si gustó o no Alien: Covenant, de si decepcionó o logró récords esperados en taquilla, al menos podemos reconocer que arriesgó plantear una idea compleja: ¿qué ocurriría si el post-humanismo se alimentara de pasiones románticas?

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Guillermo Núñez Jáuregui es filósofo y escritor. Es jefe de redacción en Caín y colaborador en La Tempestad.

Twitter: @guillermoinj





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