CuadroXCuadro es una sección de cine que tiene como objetivo hablar de los directores y películas que han construido la historia del cine y, de paso, el imaginario de las audiencias, quienes evolucionan con el séptimo arte y viceversa: el cine evoluciona con y para ellas. Este 2018 abordamos siete series distintas sobre directores y corrientes o géneros fílmicos que han alcanzado un estatus de culto, por su complejidad en distintos aspectos de su producción y creación, y por las innovaciones que lo creadores, de alguna manera, imprimieron en sus proyectos fílmicos. 

Y no necesariamente nos referimos a innovaciones tecnológicas como las de Stanley Kubrick en Barry Lyndon, por ejemplo, sino también en la construcción de la atmósfera y la narrativa. Todos los temas que se abordaron a través de personajes y géneros como Hitchcock o el expresionismo alemán, apuntan a las primeras intenciones del cine como un medio de expresión meramente humana, pero también como una cuna de posibilidades ante sus realidades.

Stanley Kubrick

La adoración que existe alrededor del trabajo de Stanley Kubrick está totalmente justificada. No sólo fue un gran director, sino también abordó otras áreas de las producciones fílmicas como la construcción del guión, el diseño de arte, la fotografía y los contrastes de los colores, hasta la iluminación. Cada uno de los elementos que componen una película, fueron trabajados por Kubrick de una manera obsesiva que, afortunadamente, dio como resultado un número considerable de filmes que son representativos de la capacidad humana a través de esta expresión artística. Kubrick tiene en su historial apenas 13 largometrajes divididos en dos etapas distintas, la segunda más corta, pero más trascendente por las innovaciones tecnológicas y creativas que el director provocó. En CuadroXCuadro, sin hacer total justicia, abordamos cuatro películas de su segunda periodo que, como mencionamos, fue el más determinante.

Eyes Wide Shut, su último filme y el menos apreciado; The Shining, el cual sentó las bases del terror y el suspenso con una adaptación nada fiel a la obra de King; Barry Lyndon y la inmersión completa de tecnología espacial para un filme de época; y por último, 2001: A Space Odyssey para hablar de la humanización de la máquina a través de HAL, una máquina inteligente que ante la amenaza de no ver completada su misión o el objetivo por el cual fue diseñada, decide rebelarse ante el hombre y mostrar el único aspecto humano presente en ella (considerando que fue construida, precisamente, por hombres): “Una de las escenas de terror de la película, pero más humanas y reveladoras, es cuando Bowman se enfrenta a HAL después de que leyera sus labios y supiera de sus planes para apagar el sistema. Como si se tratara de una interacción entre dos humanos, Dave reacciona con pena y miedo ante la noticia de HAL mientras la máquina habla de la importancia de la misión como si se tratara de un sueño pero, ¿cómo razonar con sentimentalismos ante una máquina o viceversa?”.

CuadroXCuadro: ‘2001: A Space Odyssey’ y la humanización de la máquina

Akira Kurosawa

En Occidente tenemos una idea muy clara, pero no por eso acertada, de las sociedades orientales, en específico la japonesa. Para nosotros, los japoneses se han construido, sin error alguno, en la gratitud, la paciencia, la sumisión y el honor; sin embargo, se nos olvida que hablamos de comunidades politizadas. Lo que quiere decir que también se corrompen sin importar su filosofía base de vida. Un gran ejemplo es la figura del samurái quienes, junto a las geishas, forman parte del imaginario japonés ya establecido en Occidente. El samurái era un guerrero lleno de honor que vive por y para la guerra y que ante la deshonra de una batalla perdida, es preferible quitarse la vida. Por eso no es de extrañarse que el cine del siglo XX, retomara la importancia de su figura para plasmarla en la pantalla grande. Y quién mejor para hacerlo que Akira Kurosawa, quizá el más grande representante del cine japonés, para darles un sentido de identidad a los japoneses, quienes habían perdido hasta su dignidad después de la Segunda Guerra Mundial con las imposiciones de los estadounidenses y, por supuesto, los fatídicos ataques nucleares.

Para esto, el director creó dos filmes de gran belleza y determinantes para la construcción de su identidad: Rashōmon, basado en la obra de Ryunosuke Akutagawa sobre la vergüenza ante la verdad y el humanismo detrás del cine; y Los siete samuráis, la cual marcó la llegada de Kurosawa al Festival de Cine de Venecia en 1951 y, por ende, la presentación del cine japonés ante el mundo entero. Los siete samuráis, sin demeritar la importancia de Rashōmon, es la carta en blanco del Japón del siglo XX con base en una “trama que reinterpreta la historia –más reciente en aquel momento– de su país y la constante presencia de la muerte en ella. En pocas palabras, la historia de Japón y los rasgos más nobles de su sociedad”.

CuadroXCuadro: ‘Los siete samuráis’ o la primera película de acción de la historia

Alfred Hitchcock

Mucho se ha visto, dicho, analizado y estudiado sobre Alfred Hitchcock a un nivel personal y profesional. Y con personal no nos referimos a su vida privada relacionada con sus relaciones amorosas, sino a sus obsesiones, demonios y pasiones que lo llevaron a construir una narrativa única que no ha sido superada a la fecha y que determinó el rumbo del cine de suspenso y el comercial en general. Hitchcock tuvo presencia en la industria desde que el cine era mudo, pero encontró en las cualidades sonoras y de color, su verdadero talento. Esto quiere decir a partir de la década de los 30, con un salto a su estatus de icono a partir de los 50, gracias también en gran medida a los rasgos distintivos de su universo: el color, la música incidental, el personaje femenino determinante, el misterio y, sobre todo, la muerte como protagonista. Resumir las películas de Hitchcock que marcaron su historia es imposible, pero sobresalen algunos títulos que ahora son considerados como clásicos como La ventana indiscreta, Vertigo y Psicosis. Esta última, la más conocida de todas por algunos detalles en específico, demostró el grado de complejidad del director en la creación de sus historias y su obsesión con personajes clásicos como Edipo; en cuanto a Vertigo, si bien la historia es fascinante, es su belleza visual la que la ha elevado a tal grado, que ha sido nombrada como la mejor película de todos los tiempos, compitiendo contra Citizen Kane de Welles.

Pero es La ventana indiscreta con Grace Kelly y James Stewart, la que da cuenta del genio de Hitchcock al utilizar todo, absolutamente todo a su alcance (y bajo su control) para manipular a las audiencias sin que estas siquiera se den cuenta.Esta condición del espectador, el cual depende de la perspectiva del personaje, supone un control en lo que Hitchcock quiere que veamos y entendamos. Es bien conocida la obsesión del autor por controlar cada aspecto de sus producciones, una obsesión que parecía cruzar la línea íntima de sus actrices, sobre todo. Esta forma de mirar el filme, con una sola perspectiva controlada por Hitchcock, es la prueba más grande que se tradujo en otras técnicas visuales en sus filmes posteriores”.

CuadroXCuadro: ‘La ventana indiscreta’ y la manipulación narrativa de Hitchcock

James Stewart y Wendell Corey en ‘La ventana indiscreta’.

Expresionismo alemán

El arte no sólo ha servido como una forma de expresar las pasiones o ideas del artistas, sino también como un catalizador de cambios y revoluciones, peligroso de alguna manera, a un nivel personal y social. Una de las pruebas más grandes la tenemos con las obras nacidas para darle voz y rostro a la Revolución francesa que, a su vez, trajeron como consecuencia otras más. Otro gran ejemplo es el expresionismo alemán a principios del siglo XX cuando Alemania apenas estaba procesando su derrota en la Primera Guerra Mundial. Esta corriente artística comenzó en la pintura, con obras crudas y pasajes de guerra y decadencia humana, para llegar al cine y la facultad de este de explorar diversos puntos como la lucha del hombre para adaptarse a la modernidad, la inmensidad de la Naturaleza, el cuerpo y sus límites y, como mencionamos, la asimilación de una pérdida que se traduce en dinero, dignidad, identidad y, por no decir menos, millones de personas. En la década de los 20, algunos cineastas retomaron el concepto de expresionismo alemán para crear obras fílmicas que construyeron la base de la historia del cine como Metrópolis de Fritz Lang, un filme que podría ser una profecía de la llegada de Hitler al poder en una “utopía” nacionalista industrializada; Nosferatu como un primer filme de terror; y El gabinete del Doctor Caligari de Robert Wiene para darle a los alemanes, como en el caso de Kurosawa después de la Segund Guerra Mundial, una posibilidad de esperanza a pesar de los escenarios de terror: “La autoridad bajo la imagen del doctor Caligari, se presentaba como la parte más funesta, dándole así a su obra un toque revolucionario que, extrañamente, encantó a los productores, sobre todo a Erich Pommer. Este ejecutivo había elegido al legendario de Fritz Lang para la dirección, pero por problemas de agenda salió del proyecto y llegó Robert Wiene, quien de forma abrupta cambió la trama como se presenta en la cinta, dejando mucho que desear a los autores por su aparente “conformismo”… pero no del todo. Wiene dejó mucho a la imaginación y aunque sea en una fantasía, el gobierno cae derrocado y nuestro héroe triunfa”.

CuadroXCuadro: ‘El gabinete del doctor Caligari’ y el principio del terror

Cesare, de 23 años, es enviado a asesinar a Jane, pero en lugar de eso, la secuestra y huye.

Pier Paolo Pasolini

El destino fatal de Pier Paolo Pasolini estaba dictado en sus películas. El director, actor y poeta italiano fue asesinado en 1975 de una manera brutal, no idéntica a sus películas pero sí con la falta de humanidad que caracterizaron algunos de sus filmes más conocidos sin importar que fueran adaptaciones. Pasolini utilizó una narrativa descarnada para presentar la hipocresía no sólo de la sociedad italiana, sino europea y occidental. Para uno de sus filmes más conocidos, Los 120 días de Sodoma de 1975, Pasolini tomó la obra del Marqués de Sade y expuso con un “entorno social similar al de Sade, pero aún más trágico (por la diferencia de más de un siglo entre una sociedad y otra), la Italia de la posguerra, devastada por el régimen fascista de Benito Mussolini, los miles de muertos y desaparecidos que sobrevivieron para comprobar una de las épocas más terribles para Italia y una gran parte de Europa”. En cuanto a El Decamerón, adaptada del clásico de la literatura universal de Giovanni Boccaccio, Pasolini liberó su lado más provocador (y natural), para seguir los pasos del escritor italiano pero con conceptos filosóficos que presentaron las referencias marxistas, las cuales eran rechazadas en la época del director en todos sus niveles.

CuadroXCuadro: ‘Los 120 días de Sodoma’ de Pasolini y la hipocresía de la sociedad

Werner Herzog

La profundidad que imprime Werner Herzog en sus filmes, ya sea en las imágenes que elige o su voz al narrar algunos episodios de sus filmes documentales, es abrumadora. Así es como podríamos describir el trabajo del director alemán: abrumador, opresivo, pero al final, bello por su carga dramática, por la presencia desagradable de Klaus Kinski y por la hostilidad de sus escenarios. Sin embargo, estamos hablando de su parte más creativa en cuanto a la ficción, las historias fuera de nuestra realidad donde un hombre, consumido por un sueño, mueve un barco en medio de la selva sudamericana para llevar la música clásica a los “salvajes” como en Fitzcarraldo. Pero, ¿qué hay de su etapa como documentalista? No es por demeritar, de ninguna manera, sus cualidades como director de ficción. Pero sus documentales, le han otorgado a Herzog un elemento que sólo poetas (en su descripción como artistas) perciben: el entendimiento del hombre y sus limitantes. En Grizzly Man, Herzog llega a la terrible conclusión de que la Naturaleza, en todas sus formas, siempre será indiferente ante la existencia del hombre, reflejada en este filme en los ojos de los osos y la muerte del protagonista. “Si bien existe cierta indiferencia de la naturaleza hacia el hombre (quien también la conforma), entonces debe haber una contraparte: la indiferencia de ser humano ante la misma que lo ha llevado a algunas sociedades, grupos o personas, a marcar su fanatismo con base en el odio que nosotros mismos hemos creado”.

En cuanto a Encounters at the End of the World de 2007, una pregunta y un pingüino “suicida” como respuesta, bastaron para hacer un análisis del concepto de locura y soledad del hombre y cómo este podría traducirse a un entorno salvaje y hostil como lo es la Antártida. Ante la pregunta de Herzog a un experto en pingüinos sobre la locura: “‘Pues nunca he visto a un pingüino estrellar su cabeza contra las rocas. Lo que sí es que pueden desorientarse, terminan en lugares donde no deben estar, muy lejos del océano’. Mientras, Herzog nos introduce a una secuencia de un grupo de pingüinos dirigiéndose hacia el océano. Unos cuatro se mueven de forma instintiva hacia el agua, se van a la derecha como debe ser. Dos se quedan varados en medio de la magnitud del continente hasta que uno de ellos decide regresar por el camino que ya había recorrido. El último, desorientado como asegura el experto, se aleja 70 kilómetros a la nada”.

CuadroXCuadro: ‘Encounters at the End of the World’ y el pingüino suicida que todos tenemos dentro

Horror corporal

El horror corporal se ha convertido en un género dentro de terror para describir situaciones en la que el cuerpo de una persona pierde sus cualidades humanas y se transforma en algo grotesco. Para este tipo de cine, hay un director que se ha convertido en el más grande representante, y no sólo porque sus filmes obedezcan con fidelidad los elementos más básicos del tema, sino porque ha logrado llevar sus intenciones grotescas a historias donde no necesariamente el cuerpo se convierte en un animal repugnante. Estamos hablando de David Cronenberg con dos de sus más grandes obras que, precisamente, pertenecen a esta corriente: Naked Lunch y La mosca. La primera, grande por la capacidad del director de adaptar un obra literaria poco comprensible y traducirla en imágenes reales. Aquí, los dos comparten un amor por lo grotesco, lo asqueroso y, mejor aún, las partes en las que estas se traducen en la vida del hombre. La segunda es La mosca, más conocida por la presencia de Jeff Goldblum. Sin embargo, si hay un filme que describe a la perfección de que se trata el género, es Tetsuo: The Iron Man de Shinyu Tsukamoto de 1989. Este filme en blanco y negro que “va de lo experimental al horror, pero se define en un común acuerdo entre la crítica especializada como un filme cyberpunk de horror corporal gracias a las características industriales que sirven como mera circunstancia para que se desarrolle la historia”.

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